De la concatenación (aparentemente aleatoria) de imágenes, personajes y lugares
La constatación de que el consumo indiscriminado de instantes -que nos venden como cinematográficos- puede haber llegado a una zona oscura (a un punto de no retorno en el que no importa ya ni intención, ni función, ni goce) parte de la mera observación: decenas de personas en el mismo vagón de metro arrastrando aconteceres mustios en sus pantallas táctiles. ¿Existe mejor epítome de nuestros males comunitarios que ese scroll infinito?
Una selección perversa efectuada por un algoritmo inmortal e incógnito -salvado y perpetuado a golpe de talonario por el dueño de Meta-. ¿Su objetivo? Que te quedes con nosotros, anulado como un adicto al fentanilo, zombificado entre dos trayectos, en tu rincón favorito de casa o… frente a una pantalla ligeramente más grande -la del ordenador, la del televisor- que te ofrecía otro contenido inane que creías haber escogido. ¿No es cada vez más habitual ver a gente en el cine o frente a cualquier otro dispositivo… mirando compulsivamente sus teléfonos móviles? Cajas chinas de experiencias vacías, matrioskas de un tiempo perdido que no se busca.
No dejaba de preguntarme si el fenómeno era realmente nuevo, si la tragedia sería revertible. Si el propio cine -al que siempre termino por acudir en pos de respuestas- no guardaría algún ejemplo primigenio que dignificase esa cascada de fruslerías anónimas.
Observado con la debida distancia, el scroll infinito es el triunfo final del surrealismo, incluso del movimiento dadá si me apuráis. Piénsalo: en base a tus navegaciones pasadas, una pastilla de circuitos integrados diseña un itinerario con el único objetivo da darte placer, de permitir que te abandones a un mundo de asociaciones (presuntamente libres) que te definen como individuo. Sí, no sonrías. Ese video de la cacatúa danzante, un poquito de influencers que sientan cátedra sobre cualquier tema en 37 segundos, un monologuista estadounidense con orejas de soplillo, alguna catástrofe natural reciente, una japonesa metiendo tripa delante del espejo (vale, vale, estoy proyectando). Tú, que te crees tan elevado, reducido a una mezcla de portera, voyeur y memo global.

Más allá de la monetización de tus placeres culpables, ¿existen ejemplos de esta concatenación libérrima en la historia del cine? Pues dos programadores experimentados de la Filmoteca de Catalunya -Francisco Algarín Navarro y Carlos Saldaña- me rescataron este mes de septiembre de mi inopia, de esa ceguera que nos lleva a construir teorías conspiratorias cuando somos incapaces de encontrar las causas primigenias de cualquier fenómeno.
La respuesta vino primorosamente envuelta en el marco de un ciclo alrededor de la figura de Warren Sonbert. No, a mí tampoco me sonaba de nada. Figura central de la vanguardia estadounidense, irrumpe con desparpajo adolescente en tiempos de idolatría kerouacana, LSD y hastío social. Su credo: viajar, ser testigo, vivir para contarlo. Nada de lo que registras en estos devenires es accesorio; montado de la manera correcta, puede servir para ilustrar estados de ánimo, intuiciones, incluso derrotas vitales.
Me centraré en su único mediometraje: esa Carriage Trade (1971) que apenas supera la hora de duración, un tiempo más que suficiente para embelesarme y abandonarme a su carrusel de estampitas globales. Pero no adelantemos acontecimientos, porque antes de este monumento a la imagen esencial -que convierte en cochambre todas esas fotografías pretenciosas que tomamos en nuestros viajes- los perversos programadores tuvieron a bien proyectar La sexta parte del mundo (Dziga Vertov, 1926), uno de esos clasicorros del cine soviético. Y de repente, todo casó dentro de mi (sin llegar exactamente a una epifanía, no me sobrevaloréis).
¡Por supuesto que una edición responsable, que un montaje inteligente conlleva siempre una intención! Esta puede ir desde la glorificación de un sistema (democrático o dictatorial, Frank Capra o Leni Riefenstahl) a la elaboración de un diario íntimo, pero no nos engañemos: poner X después de Y -o viceversa- va más allá de la “moral” godardiana; es un ejercicio de construcción emocional, un intento romántico y naif por preservar… ¿los propios recuerdos? ¿Los de toda una generación?
Hace un siglo, Vertov erigió un National Geographic alrededor de su extensa patria -que en habitantes constituía exactamente eso: la sexta parte del mundo conocido- con la intención de mostrar la variedad de regiones, el esfuerzo conjunto y la subsistencia de algo tan primitivo -en su opinión- como las religiones, los campos pendientes de colectivización o… ¿el libre albedrío?
Mientras los burgueses bailan y se abandonan a su consustancial decadencia, la URSS utiliza el capital obtenido de la extracción y venta de sus materias primas para comprar máquinas que hacen máquinas que hacen máquinas que… en fin, ¡tiembla capitalismo! Un ejército disciplinado y silente cosecha, teje y prensa con el objetivo de… ya sabéis: el triunfo del socialismo, la paz mundial y dos huevos duros.

Tanto da, porque Vertov -como Eisenstein, como Dovzhenko- está por lo que está: satisfacer las consignas del Politburó y rezar al mismo tiempo porque su interpretación resulte del agrado de cierto tipo con mostacho nativo de Georgia. Un difícil equilibrio, para el que opta por una serie de instantáneas épicas que funcionan por acumulación, una sinfonía a la que se van uniendo pueblos, fábricas, trenes, barcos rompehielos…
Frente a esta oda operística a la esclavitud (en nombre de un bien superior, como casi siempre), Carriage Trade vendría a ser algo así como el éxtasis de un coleccionista de sellos para su pasaporte. Warren Sonbert resulta en eso tópicamente estadounidense: el individualismo -un “desvío ideológico” en sí mismo en tiempos de Stalin- hecho imágenes, el yo magnificado.
Quizás por eso resulte tan moderno, entroncando con esta época de selfies, autoediciones y auto… Auto-Tune. Vertov construye una mitología colectiva, Sonbert hace de su vivir cada día un interminable trailer hollywoodense.
Y no, no es ninguna puya. ¿Acaso no aspiramos todos a ello a través de nuestras publicaciones en redes sociales? Ser capaces de transmitir no solo la idea de que hacemos -a veces hasta decimos- cosas interesantes, sino que además las ilustramos mediante imágenes cuidadosamente seleccionadas, capaces de hacer creer a nuestra cohorte de (secuestrados) incondicionales que somos… ¿divinos?
Pero Sonbert tiene algo que a nosotros a todas luces nos falta (aparte del talento): capacidad de autocrítica. La que le lleva a filtrar todo aquello que su cámara inmortalizó durante años de viajes y dejarlo en… 61 minutos. ¿Serías capaz de resumir tus odiseas veraniegas -en Magaluf, Torremolinos o Benidorm- a un lapso de tiempo similar?
Ver Carriage Trade es como asistir a una sesión de diapositivas con los deambulares de un amigo de toda la vida. Ha estado en sitios que te suenan, ha asistido a atardeceres similares. Pero hasta ahí llegan todos los paralelismos. Porque Sonbert hace de cada uno de estos flashes -la mayoría no llegan ni a 15 segundos- películas comprimidas de David Lean, qué digo, epopeyas italianas del cine silente.

Y, además, no todo es patearse el globo. La cinta está salpicada de momentos que se adivinan muy personales; de gente que le importa cazada en actitudes distendidas o actuando para él, desarrollando personajes glamourosos o pretendiendo… que algo fascinante les está pasando.
Así pues, no os confundáis. Frente a tanto ruido -frente a tanta adicción al vacío-, Vertov y Sonbert nos dan una clase de responsabilidad y respeto por las imágenes que generamos, ya sean presuntamente documentales o abiertamente ficcionadas. Es trabajo nuestro, consumidores inveterados, determinar si ese flujo interminable de instantes en el tiempo -la mayoría, autogenerados- nos aporta algo o nos roba la vida.
