De la crítica amateur como patrocinadora de festivales de cines
De un lustro a esta parte ha terminado por consolidarse una triste tendencia consustancial a nuestro tiempo y sistema económico: acabar subsidiando una actividad cuando el ofertante de la misma entiende que nos proporciona un deleite incuestionable; tamaño goce que puede llevar a que el susodicho termine pagando por realizar una labor abiertamente desinteresada. Lisa y llanamente: pagar por trabajar, el sueño húmedo del capitalismo salvaje (con o sin apoyo de la IA).
Permitidme poneros en antecedentes. En cada gran ciudad de este país, la crítica de cine amateur -no he conocido otra- se aglutina, reconoce, celebra y retroalimenta en torno a muestras que han ido proliferando como champiñones al amparo de la socorrida y malhadada “cultura”, mágico vocablo que, a modo de conjuro de la creación merliniano, corre de boca en boca entre concejales de Ayuntamiento, prohombres de la diputación y adalides autonómicos.

El que quiera dedicarse a escribir de cine -no digo que pretenda seriamente vivir de ello: milagros a Lourdes- tarde o temprano acabará frecuentando algún festival radicado cerca de su lugar de residencia, cuando no le tocará peregrinar a las grandes capitales para disfrutar de una semana de pasión en vena. En Catalunya la cosa se ha ido tanto de madre que hace tiempo que la tupida red de certámenes quedó aglutinada bajo el paraguas de la conocida como Catalunya Film Festivals (es imprescindible bautizarse a lo anglófilo, por eso de la proyección y la repercusión allende tus fronteras).
La temporada está a punto de empezar y creedme que hay donde elegir. Así como los japoneses permanecen bien atentos al florecer de ciertas especies para celebrar la llegada de esta o de aquella estación, por estos lares podemos saber en qué periodo del año nos hallamos -semana arriba, semana abajo- atendiendo a la inauguración, seguida de maratonianas proyecciones, del festival de marras. Korean Film Festival Barcelona (KFFB), TRANSHUMANT Festival, Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona (MIFDB), Festival de Cinema Jove de Barcelona (u22), Festival Cinema Jueu de Barcelona, Festival Internacional de Cinema Social de Catalunya (CLAM), Festival de Cinema de Dansa de Barcelona (Choreoscope), Festival de Cinema Indígena de Barcelona (IndiFest), Festival Internacional de Cinema i Arts Visuals de Barcelona (Dart Festival), Festival Internacional de Sèries de Barcelona (Serielizados), Asian Film Festival Barcelona (AFFBCN), Festival Internacional de Cinema Documental Musical de Barcelona (IN-EDIT)… aunque no os lo creáis, este tan sólo es el menú de las próximas cinco semanas y únicamente en Barcelona ciudad.
No entraré en lo que tiene (o no) de demencial semejante sucederse de eventos cada vez más hiper especializados. Padezco el pecado de la gula y sólo puedo hacer que felicitarme por vivir en una ciudad con tamaña oferta cultural. Por supuesto. Foros en los que encontrarme con gente con la que comparto inquietudes (ver películas, sí, pero sobre todo escribir de ellas; debatir -qué demonios: ¡discutir a voz en grito!- en la puerta del cine, en torno a un café, al bajar al metro… para seguir insultándonos por whatsapp hasta la medianoche: “¿pero cómo demonios puede haberte gustado? ¡Tú molabas!”). Los festivales de cine han sido nuestra universidad: allí pudimos ver el cine que sabíamos que no se estrenaría jamás o competir en nuestras odas onanistas a aquello que más nos arrebataba. ¿Lo único necesario para concurrir a estos aquelarres? Hasta no hace mucho bastaba con tener tiempo, supremo don de la juventud.
Pero hablo del pasado. Porque ahora, además de tiempo, se te exige dinero.

El modelo de proximidad para consolidar esta villanía quizás haya sido el festival más importante de Catalunya: el de Sitges. Como cada año, mis masoquistas compañeros de la crítica empiezan a estas alturas a elucubrar sobre las películas que quieren ver (que se quedarán en eso, en meros deseos: Sitges fue pionera en tratar a los plumillas de la crítica como esos opinadores devaluados que quieren que sean, dificultando su tarea hasta extremos surrealistas) mientras vuelven a pagar por su acreditación una cantidad que ya ronda los 100 euros. Repito: las películas que acaben viendo las determina unos juegos del hambre digitales donde los grandes títulos cuelgan el sold out en cuestión de minutos. Prácticamente imposible establecer un itinerario, prácticamente imposible ejercer de facto la crítica -que implica elección, libre albedrío-, convertida en némesis de casi todos los transatlánticos culturales empoderados y orgullosamente aburguesados.
Porque al igual que en los festivales de música, acudir a festivales de cine ya es una cuestión de prestigio social que ha dejado de estar al alcance de cualquiera. A ejercer la crítica -o empezar a soñar con la idea de hacerlo- ya no acuden los mejores -actuales o futuros-, sino los que se lo pueden permitir. ¿Habéis calculado el presupuesto que se debe destinar cada año para acudir a esos mismos festivales que hace ni una década eran gratis para quienes sencillamente acreditaban cierta solvencia, cierta calidad en su quehacer?
Y es así como los festivales han dejado de ser la gloriosa cantera de cuantos odiábamos a los Boyero y compañía para devenir desfile de camisetas cuqui-freaks que rivalizan en precio con la equipación del F.C. Barcelona, acreditaciones del color adecuado llevadas cuál bisutería fina y móviles con la manzana para acreditar status; esos con los que postear en cuestión de segundos -con los títulos de crédito todavía desfilando- tu sesudo análisis post-visionado (“mola”, “caca”, “se sale”, “obra maestra: literal”).
Amigos, despertad cuanto antes: el producto de esos festivales -grandes o medianos- hemos acabado siendo nosotros, fuente de ingresos asegurada para unos contubernios culturales ya de por sí fuertemente subvencionados. Porque en cuanto el festival pequeño deja de serlo -merced, no lo olvidemos, a vuestra colaboración desinteresada desde desconocidos reductos online, gracias a vuestra labor como humildes altavoces de todo lo bueno y de todo lo malo-, pasa a exigir su tributo. Un tributo que acaba siendo una forma nada indirecta de ejercer la censura, filtrar y asegurarse de que las salas se pueblen de followers, incondicionales y demás voceros agradecidos. De la gente que toca.
Yo lo tengo claro desde hace años: vuelvo a disfrutar de mi condición de público generalista y no pienso acudir como acreditado a ningún festival en el que me exijan dinero por opinar. ¿Por qué? Pues porque aunque no se lo crean (ni ellos ni por lo que veo muchos de nosotros), escribir crónicas festivaleras -o autobiografías apenas encubiertas, según tu estilo- supone un trabajo y lo mínimo que se puede exigir a cambio es que no te desbalijen.

¿Qué allá yo, que eso que me pierdo? Indudablemente. Tener la oportunidad de ver muchas películas en pocos días te hace crecer como profesional, amén de posibilitarte entrar en contacto con gente brillante, curiosa, muchas veces sufrida, siempre apasionada. En esto, como en otras muchas cosas, empieza a haber un desgarro generacional: en breve únicamente verás a tu alrededor a mayores de 50, ociosos pudientes, consentidos o hijos de papá.
A quienes organizan estos festivales que van camino de ser premium, sólo me queda recordarles la definición de la palabra acreditar: “demostrar la verdad, certeza o autenticidad de algo, o bien dar reputación y confianza a una persona o cosa”. ¿Qué sentido tiene repartirlas en función de quien puede pagarlas? ¿No formar parte de la labor de los festivales confiar y alentar a ese amateur comparable en todo (menos en el sueldo) a un profesional?
