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NOTAS SOBRE EL FESTIVAL DE CINE DE SITGES
Aviso para el lector: está crónica es fruto de unos determinados visionados llevados a cabo en el Festival de Sitges. De ahí el formato de notas. Con ella, no pretendo sismografiar ni convocar unos Estados generales del cine de terror y fantástico contemporáneo, sino aportar una serie de conclusiones (parceladas) en función de las películas que pude ver del 9 al 19 de octubre en esta localidad y las conversaciones que suscitaron dichos visionados.
1
Depositar gran parte del éxito de tu película en el giro de guion o en el golpe de efecto resulta desastroso en una época en la que el espectador ha perdido cualquier ápice de inocencia. Cada vez, somos más reticentes a creer en el cine. O, al menos, a creer de la misma forma, a través de los mismos canales. Aquel realizador que apueste por la sorpresa como eje vertebrador de su trabajo, se lo jugará todo a unas cartas demasiado manoseadas, ya marcadas muchas veces antes de ser barajadas. Tal vez esté generalizando demasiado, y vea en la sala de cine todos mis defectos. Me considero un espectador bastante crédulo, en muchos momentos soy devorado por la pantalla y me dejo llevar por la ficción. Pero cuando Javier Rey descuelga el teléfono y no escucho la voz del interlocutor al otro lado de la línea me hago ya a la idea de que el resto de lo que van a contemplar mis ojos en Singular de Alberto Gastesi es un telón que trata de esconderme algo. La sorpresa consistiría, en todo caso, en no haber notado la venda cegadora antes de que el director la desate. Lo mismo me ocurre con Bugonia, la marcianada de Yorgos Lanthimos. Cuando Emma Stone entra en el laboratorio del joven conspiranoico interpretado por Jesse Plemons y todas sus autopsias están, de alguna u otra forma, difuminadas comienzo a atisbar el final de la película. La gente habla de una dupla autor-actriz que está marcando nuestra contemporaneidad cinematográfica. Yo lo único que veo es a uno de los muchos herederos de una cierta mirada sádica o tendencia excéntrica hollywoodiense que alaba las interpretaciones en función de lo que haya sufrido, perdido o aguantado el cuerpo delante de la cámara.

2
Una de las películas-evento del festival fue el diuturno Dracula de Radu Jude. El cineasta rumano, que compartía título en Sitges con Luc Besson, quiere hacernos creer que es el alumno más salvaje de la clase. Sexo y blasfemia por doquier, lo mismo se cita a Heidegger que se agarra un dildo. Lo valoro más como manifiesto para hacer una película con las herramientas que se tengan, y empujar a los jóvenes realizadores a la aventura, que como película en sí. En este contenedor de posibles filmes que es esta obra de Jude, la IA constituye la gran cesura entre los creyentes y los escépticos de su proyecto. Su devoción a la virtualidad canalla acaba agotando el efecto de su dispositivo formal con el paso de las secuencias, desembocando en una actividad onanista y gris. Acabo la proyección con la sensación de que a este tipo de directores se les permite y alaba absolutamente todo, una vez han alcanzado el estatus autoral.
3
El cine de terror ha estado ligado desde sus orígenes a la metáfora. De hecho, este género es el canal ideal para encarnar (a través de un intermediador) los distintos males que asolan una sociedad. Sin embargo, tengo la sensación de que esa existencia metafórica llevaba una vida casi paralela al relato cinematográfico en épocas anteriores. O al menos, si se prefiere la terminología cronenbergiana, más orgánica. Permitía la convivencia de ambos registros. Venía a complementar, no a sustentar. Esta simbiosis ha desaparecido. El significado, en películas como Alpha de Julia Ducournau o Rabbit Trap de Bryn Chainey, lo ha devorado todo. El final de la segunda, de hecho, me hubiera sobrecogido muchísimo más (dado que lo considero, por la sencillez con la que aúna el secreto y el correr del viento, una de las grandes escenas del festival) si no llegara a ese momento agotado por la sobredosis de droga simbólica que se inocula hasta llegar hasta allí.
Es por ello que una propuesta como la de Lucile Hadzihalilovic en La tour de glace consigue hipnotizarme durante la mayor parte de su metraje. Me maravillan sus gestos, su mirada fascinada y la exploración de esa nueva cotidianidad de una niña que huye siguiendo los cantos de sirena. Hadzihalilovic me devuelve, mi último día en Sitges y acudiendo a la sesión in extremis, a esa visión de los cuerpos, los espacios y los objetos como símbolos de sí mismos, como continentes de una fotogenia que espera a ser capturada por la cámara. Al mismo tiempo, me recuerda que la oscuridad de la pantalla puede ser muy luminosa, que sigue confiando en las salas como espacios para albergar sucesos en condiciones excepcionales. Pese a que la cineasta francesa reviente su clímax con escenas de sexo y muerte, que emborronan un tanto mi fascinación previa, salgo de la proyección con la certeza que ha sobrevivido a la explosión del desenlace. Puede que se trate de un fenómeno festivalero, al igual que el oasis en el desierto es paraíso terrenal. El tiempo dirá.

4
A veces fantaseo con ver una película en la que alguien acuda a cenar a casa de unos amigos y piense que le van a envenenar o, por lo menos, que esa sensación de peligro se transmita al espectador de alguna forma. La cena transcurre de manera agradable y el protagonista vuelve a su hogar. Se mete en la cama. No pretendo decir con esto que este filme, o alguna obra similar, no exista. Sino que siento que el terror, o mi terror, se encuentra cada vez más cerca de esa sensación de llevar al límite ese horizonte de expectativas que no termina de explotar. En una época en la que ya hemos visto las entrañas a todo ser viviente, pienso que el terror debería volcarse y reconquistar de nuevo lo mental y, al mismo tiempo, la superficie de las cosas. Así pues, The True Beauty of Being Bitten by a Tick de Pete Ohs me causa más pavor cuando trata de ser realista que cuando deviene fantástica, al igual que La virgen de la tosquera de Laura Casabé. En el primer caso, me aterra la forma en la que los personajes que habitan esa casa rural perforada como un queso Emmental no acaban de entenderse; se mueven y actúan de manera desincronizada. La comida presenta una pinta asquerosa y, sin embargo, los inquilinos parecen disfrutar de los manjares que les ofrece la naturaleza. En el segundo caso, el largometraje argentino me atrapa con esa imagen del carrito pestilente bloqueando una calle a las afueras de Buenos Aires en el ardiente verano de 2001. Me interesa, y atemoriza, más la macabra sinestesia que Casabé convoca en ese achicharrado escenario, o la soledad de ese niño que pierde a su madre sin apenas inmutarse, que las citas a Carrie de De Palma.
5
El bestiario de esta edición fue de lo más dispar: garrapatas (The True Beauty of Being Bitten by a Tick), abejas (Bugonia), perros salvajes (La virgen de la tosquera y Balearic de Ion de Sosa) y domésticos (las decepcionantes Vieja loca de Martín Mauregui y Good Boy de Ben Leonberg), conejos (Rabbit Trap), aves (Astrid’s Saints de Mariano Baino), chimpancés (Primate de Johannes Roberts) y algún animal más que me dejaré por el camino. A la obscenidad babyyodesca que protagoniza The Legend of Ochi de Isaiah Saxon ni la cuento dentro de este catálogo.
6
Hablando con un compañero de industria (se dice, en este caso, el pecado pero no el pecador) me comenta que Astrid’s Saints le desagrada por su teatralidad. Yo, sin embargo, la encuentro una de las obras más genuinas de esta edición. En parte, por su capacidad para subrayar en todo momento el carácter manual y lo inconmensurable de su universo diegético. Tras la gran mayoría de su atrezzo y decoración encuentro la irregularidad de una mano que ha dedicado un tiempo y cariño inmenso a construir esta casa de muñecas gigantes en la que no sé muy bien ni dónde ni cuándo estoy (algo que me liga muy fuertemente al filme). De hecho, lo que en una puesta en escena regida por la «teatralidad» hubiera sido puro patetismo (la historia de una madre trastornada por la muerte de su hijo) pasa a ser una experiencia que se abre al juego, al descubrimiento y al vagabundeo por las catacumbas. Me resulta, en ese sentido, mucha más rígida una película como Dead Lover de Grace Glowicki que, sin embargo, destaca por tratar de hacer cien con tres o cuatro elementos.

Echando la vista atrás, caigo en la cuenta de que no hubo ninguna película en Sitges que me convenciera de principio a fin, si bien es cierto que La tour de glace y Astrid’s Saints (junto con Jigoku, la infernal fantasmagoría sesentera de Nobuo Nakagawa) me parecieron los mejores visionados. No obstante, considero que sí disfruté en bastantes momentos a lo largo de festival. Construyo, aquí, mi particular Frankenstein en el que paso a señalar lo destacable de algunas películas vistas: los experimentos con el formato loop en Exit 8 de Genki Kawamura, película que consigue vencer el minimalismo gracias a su formulación de la diferencia y la repetición; el ardiente rojo fuego que abrasa el final de Balearic; lo macarra que acaba siendo, aunque por poco tiempo, Together de Michael Shanks; la mandorla que cubrió el Auditori durante la reposición de Angel’s Egg de Mamoru Oshii y los manierismos de Riccardo Freda en Lo spettro.
