‘Kokuho. El maestro de kabuki’ de Lee Sang-il. El mejor actor actriz.

Cada poco tiempo a los japoneses les da por hacer proselitismo de sus valores inmanentes como país. O quizás a esa imagen que siempre les ha gustado proyectar en Occidente y a la que deben gran parte de su (merecido) prestigio. Vayan ustedes a saber.

Porque a ver… ¿acaso no es Japón sinónimo de esfuerzo, tesón y búsqueda incansable de la excelencia? Pensad en la cantidad enorme de films que hay en los que un personaje persigue enconadamente ser el mejor en lo suyo, ya se trate de hacer ramen, construir chozas, envolver regalos con papel de celofán o saltar a la pata coja. La sublimación del ceremonial: entrena y repite tus movimientos sin parar hasta que ya no sepas ni quién los está haciendo.

Dejadme hacer un repaso azaroso, sin ánimo alguno de resultar exhaustivo. Dejemos de banda las historias con samuráis obsesionados con el camino de la espada, que hay cantidad de títulos para aburrir o de las adaptaciones de mangas sobre hazañas deportivas o martirios laborales llevados con estoicismo zen.

Tampopo (Juzo Itami, 1985) nos demostraba que lo de los fideos calientes era una cuestión de estado en el país del sol naciente y que dar con una receta insuperable te puede llegar a convertir en un ser de luz venerado por clientes dispuestos a peregrinar hasta tu puesto callejero. Rikyu (Hiroshi Teshigahara, 1989) ilustraba el camino de perfección del maestro que forjó la leyenda ritualista alrededor de la ceremonia del té. En Despedidas (Yojiro Takita, 2008), el denostado oficio de embalsamador (o todo lo que sea trajinar con muertos, ocupación históricamente desarrollada por parias) merecía también sus 15 minutos de enconada apología. Jiro Dreams of Sushi (David Gelb, 2011) era una oda-epitafio a un tipo arrebatado por el pescado crudo -por supuesto- y que se hizo acreedor de tres estrellas Michelín… ganadas con un localito ubicado en una estación de metro de la capital. Y en Perfect Days (Wim Wenders, 2023) el mantra se repetía: haz lo que sea (limpiar baños públicos en Tokio, por ejemplo) pero hazlo como si te fuera la vida en ello, carajo.

En fin, esta gente lo tiene claro: llegar a shokunin (un artesano tan obsesionado por lo suyo que deviene artista del caldo, el lonchado, las letrinas o el té macha) constituye uno de los mayores honores para un japonés, demostrando -tras 40, 50, 60 años de dedicación- que uno se ha convertido en un crack sin parangón. El propio estado celebra esta circunstancia otorgándole al susodicho el título de tesoro nacional viviente, una especie de medalla al mérito en el trabajo (pero bien hecho, ¿eh?).

Parte de las películas anteriormente citadas fueron por supuesto candidatas a los premios Oscar, porque los nipones entienden que pocas cosas los definen mejor que… pues eso, su “dedicación”. La que hoy nos ocupa también fue la elegida para concurrir a la última edición de los premios hollywoodenses y no es de extrañar, porque lo tiene todo para constituirse como abanderada del país.

Ya sabéis que el teatro 100% japonés se ha presentado tradicionalmente en tres formatos: el teatro noh (venga, el de las “máscaras” para entendernos), el bunraku (de marionetas) y el kabuki. Si el noh es capaz de aburrir a las ovejas (con perdón), en comparación el kabuki es como una película de Jason Statham; un no parar de situaciones dramáticas primorosamente resueltas a través de la danza, el canto y… y el mero gesto. Ni que decir tiene que siempre ha sido el más popular, representándose desde gestas militares a amores imposibles de final fatídico.

Desde su mismísimo título Kokuho. El maestro de kabuki, no ofrece mucho lugar para la imaginación. Estamos ante la típica película-río de gran presupuesto (y larga duración) en la que asistiremos al auge, caída y triunfo final de un onnagata, actores especializados en roles femeninos desde hace 4 siglos merced al puritanismo del shogunato de por aquél entonces.

Una excusa, en definitiva, para asistir a la evolución del país desde los años 60 hasta la actualidad. Y para resaltar ese clasismo que -como en casi todos los ámbitos profesionales- hace del apellido valor de ley y convierte en inútiles muchos esfuerzos que no vienen acompañados… de los preceptivos y bien relacionados padrinos.

Dos jóvenes pupilos adiestrados con disciplina espartana por Hanai Hanjiro II, representante de una de esas sagas actorales cuyos ecos conocemos a través de las imágenes del mundo flotante, estampas que popularizaron a obras e intérpretes -ambas disciplinas artísticas arrancaron a la par y vivieron su momento de máximo esplendor a mediados del siglo XVIII-. Generaciones que se suceden haciendo el mismo tipo de papel (muchas veces especializados en una sola obra en particular) hasta una edad avanzada, porque en esto del kabuki no hay jubilación que valga. Así es como puedes acabar viendo a un octogenario evolucionando sobre las tablas cuál grácil damisela de la corte, un milagro del que hace partícipe al público mediante un elaborado vocabulario gestual que no remite tanto a lo femenino como a la representación idealizada de lo bello y lo triste, parafraseando a Kawabata.

Ni que decir tiene que será una historia de rivalidad entre el hijo del actor consagrado y el huérfano de la yakuza, un chaval crecido en un ambiente totalmente contrapuesto al de esas ficciones no siempre ejemplarizantes que propone el kabuki… o quizás no tanto. De hecho, el asesinato de su padre -por el ambiente de barrio de placer, por la fauna de rostros arrebatados y cuerpos tatuados- remite justamente a uno de esos momentos cumbre que esta disciplina teatral se empeñó en fijar y congelar en el tiempo.

Lo primero que sorprende es el nombre claramente coreano del director, un Lee Sang-il que a pesar de haber nacido y crecido en Japón, ha querido siempre honrar sus orígenes familiares a través de su cine. Entiendo que en el cada vez más nacionalista Japón este tema habrá escocido, del mismo modo que no sentó nada bien que la protagonista de Memorias de una geisha (Rob Marshall, 2005) fuese la china (y excelente en su rol) Zhang Ziyi.

El duelo actoral necesitó de año y medio de preparación y disciplina masoquista para resultar verosímil, siendo educados ambos por otro maestro igualmente puntero. El resultado final -una odisea de amoríos cruzados, hijas ilegítimas, discriminación y ambición- fue recortado para su carrera comercial, esperándose una versión del director que rondará las cuatro horas y media (a la que se tiene acceso en la actualidad es a la de menos de tres horas, con lo cual posiblemente se hayan quedado fuera del montaje muchas de las historias estilizadas que se ambientaban antes o durante el periodo Edo).

Para qué negarlo: estamos ante un cine pictórico, melodramático… clásico -si me permitís- en el buen sentido. Una epopeya-culebrón de dolor y gloria que recurre a una narrativa lineal, consciente de cuales son sus escenas cumbre: las propias obras de un arte al que quiere rendir homenaje. Así que solo nos queda hacer lo que se le pide al público en esas larguísimas representaciones en el exclusivo teatro Kabukiza del barrio de Ginza: silencio, capacidad de embeleso y voluntad de abandonarse a unas emociones sublimadas en las que a buen seguro hallareis reminiscencias de las propias.  

You may also like