Michelle Wolf, o maridaje de risa e incomodidad

Pocas alegrías me da el hecho de que mi ciudad se haya convertido en un infierno turístico y en un destino acaramelado para nómadas digitales. Pero de vez en cuando, la realidad te da una sorpresa.

Ayer estuvimos en The Clubhouse (Via Laietana, 6), lugar de encuentro de aspirantes a cómicos de procedencia tanto local como internacional, para escuchar un rato a la buena de Michelle Wolf.

En una sala como The Clubhouse, el formato del stand-up recupera algo esencial: la proximidad. El humor sucede en tiempo real, a pocos metros de un público que debe decidir sobre la marcha si se ríe, si se incomoda o si necesita unos segundos para procesar lo que acaba de escuchar.

Hay cómicos que buscan la complicidad del público y otros que prefieren ponerlo contra las cuerdas. Sin demasiadas dudas, Michelle Wolf pertenece al segundo grupo. Esta estadounidense afincada en Barcelona nos ofreció una hora de comedia, durante la cual le dio un repaso a la actualidad, probó cosas nuevas y arrasó con su material más consolidado.

El escenario era íntimo. La artillería, de largo alcance. Michelle Wolf demuestra una y otra vez que humor puede ser bastante más peligroso que una tertulia política.

Wolf empezó sin dilaciones cargando contra el cómico Shane Gillis, concretamente contra su último monólogo en Saturday Night Live, en el que bromea sobre su experiencia en el gimnasio.

Con soltura y desenfado, Wolf fue tramando el tejido de su espectáculo. Utilizaba sin reparos el teléfono como chuleta, y hacía metacomentarios sobre el modo en el que recibíamos cada uno de sus chistes.

En el escenario, Michelle Wolf es una bestia a la altura de su apellido [Aplaudan aquí, por favor]. No necesita disfrazarse de personaje ni construir una elaborada escenografía para imponer su presencia. Su herramienta principal es la palabra, acompañada de una expresión que puede oscilar entre la inocencia fingida y la certeza de quien acaba de detectar una hipocresía monumental. Su comedia tiene algo de conversación que se ha salido de madre, de pensamiento que debería haberse quedado dentro de la cabeza y de verdad incómoda pronunciada justo cuando alguien empezaba a sentirse demasiado a gusto.

Quienes la descubrieron durante su célebre intervención en la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca de 2018 ya sabrán que Michelle Wolf no entiende el humor como un ejercicio de cortesía institucional. Su paso por The Daily Show, su trabajo en Late Night with Seth Meyers y sus especiales de comedia han consolidado una voz propia, capaz de combinar sátira política, observación cotidiana y una considerable afición por llevar las situaciones hasta sus últimas consecuencias. No solo es una cuestión de repartir golpes a diestro y siniestro… también es importante saber dónde van a doler más.

Ahí reside una de sus virtudes: Wolf no necesita convertir cada una de sus intervenciones en un manifiesto. La provocación funciona mejor cuando va integrada en una premisa aparentemente absurda, cuando la lógica empieza a torcerse o cuando una situación reconocible de pronto revela su dimensión grotesca. El mecanismo es tan sencillo como eficaz: seguir el razonamiento un poco más allá de lo razonable y comprobar que al otro lado aguarda el disparate.

A nivel de temáticas, Wolf dispara en múltiples direcciones: desde los genitales de su hijo pequeño hasta el pene de Donald Trump. Sí, hay mucha corporalidad.

Al terminar, queda la impresión de que el stand-up sigue siendo uno de los pocos espacios donde una persona puede subir a un escenario y poner en circulación ideas que en cualquier otro contexto desatarían polémicas y habladurías. Michelle Wolf no está ahí para reconciliar a nadie con sus contradicciones, sino para señalarlas, retorcerlas y extraer carcajadas de ellas.

Estad atentos a la programación de The Clubhouse, ya que se la puede ver a menudo por allí.

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