La trilogía de Marsella de Marcel Pagnol. Aquella Francia de entreguerras

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Cuando vi hace ya casi 30 años aquella Marius y Jeanette (1997) dirigida por otro marsellés de pro -y este lo era de nacimiento: Robert Guédiguian- no tenía ni idea de que el nombre masculino del título era un homenaje explícito a otro cineasta francés que en los albores del cine sonoro le había dedicado a esta ciudad un monumental tríptico costumbrista.

El susodicho respondía al nombre de Marcel Pagnol y las películas en cuestión fueron Marius (1931), Fanny (1932) y César (1936), primorosamente restauradas y puestas en valor en 2015. Son precisamente los nombres del trío protagonista: un marinero frustrado, una vendedora de frutos del mar (dejadme que emplee esta tosca traducción del francés) y el dueño de un bar -concurrido únicamente por sus escasos habituales- situado en primera línea de mar.

Dramaturgo en primera instancia, Pagnol empezó en esto del cine responsabilizándose de la trasposición al medio precisamente de su Marius. De la dirección se encargaría ni más ni menos que Alexander Korda, por aquél entonces recién arribado a la subsede francesa de la Paramount.

Marius es la puerta de entrada a este mundo arquetípico, a esta Arcadia de amistades para toda la vida, sentido del honor y joie de vivre tan del sur. El film arranca perezoso, en plena siesta canicular. En el Bar de la Marine su propietario hace tiempo estirado cuán largo es en un banco, a la espera de que se dejen caer por el establecimiento sus amigos y clientes. Tras la barra y a regañadientes, su hijo no termina de aceptar su condición de heredero de un negocio que lo ataría para siempre a tierra firme, máxime cuando ve pasar cada día frente a la puerta veleros que van o vuelven de destinos romantizados.

Frente al bar, Fanny comercia con marisco fresco. Entre los dos hay un entendimiento natural reconocido por todos… excepto por el alelado de Marius. Así que Fanny le hace entender que será mejor que no se duerma en los laureles: Panisse, un empresario talludito de indudable fortuna, la pretende. Se dedica a la venta de aparataje marítimo y a la confección de velas, es el mejor amigo de César y un fanfarrón sin rastro de maledicencia.

El resto de la comparsa está formado por algún lobo de mar reconvertido en vagabundo, un inspector de aduanas y un capitán de barco continuamente tachado de cornudo. Se toman el pelo mutuamente, tienen calentones fruto de la ingesta alcohólica y en última instancia… todo se lo perdonan. Un microuniverso buenista -siempre en contraposición a ese París donde se hacen los negocios, de donde vienen los amenazantes y nuevos motores que propulsan a los barcos- en el que no parece haber espacio para el resentimiento o la envidia.

Pero a nuestro Marius -joven e inconformista- no le vale. A pesar de querer a Fanny, el canto de las sirenas es más fuerte…

El dilema entre el navegante en espíritu y el enamorado en ciernes era un caramelo para Hollywood, que acabó adaptándolo en forma de musical (Fanny (Joshua Logan, 1961)) y en la que realmente se acabaron fusionando los argumentos de las tres películas canónicas. El propio cine francés se lanzaría al remake de la mano del actor y realizador Daniel Auteuil (2013-2014) que se reservaría precisamente el papel de César. 

El éxito de Marius llevo a Pagnol a fundar sus propios estudios (Les Films Marcel Pagnol), asumiendo muy diversos roles y teniendo un control total sobre la producción. Al año siguiente se estrenaría la continuación de las desventuras de esta pareja, dirigida esta vez por Marc Allégret, el que fuera durante más de una década amante oficioso de André Gidé y cuyos viajes al Congo había ilustrado en imágenes en un documental mudo.

Fanny retoma la historia donde la dejamos. Marius se nos ha ido -en principio, ¡por cinco años!- a ver mundo y desborricarse un poco. Y el caso es que ella incluso estaría dispuesta a esperarle, de no ser porque… sí, amigos: está embarazada.

Deshonra total en la familia (haceros la idea, la cinta tiene más de 90 años… hasta hay un incómodo monólogo de uno de los personajes manteniendo que si le engaña su mujer mataría a la susodicha… matizando al fin que la única condición para no hacerlo sería que no se enterase, que él tampoco es de hacer muchas preguntas). Un matrimonio de circunstancias se monta a contrarreloj: Panisse por fin tendrá a su joven pretendida, asegurándole sustento, apellido y posición. Fanny calla y se deja llevar, a rebufo de las circunstancias.

Culebrón al margen, la cinta contiene escenas francamente excelentes. Desde la llegada de la primera carta del hijo -y su lectura e inmediato redactado de la réplica a cuatro manos- a esa boda solucionada en unos cuántos planos sin diálogo (los vemos salir con gran pompa de la iglesia y coger el transbordador), pasando por la vuelta a casa de Fanny tras conocer la noticia de su embarazo (vagando por las calles como una orate, en medio de un público que no está avisado de que se está filmando una película). Se sigue apostando por los interiores, con elongadas escenas cargadas de diálogo. Eso sí, para los exteriores se mantiene el mismo propósito de veracidad: Marsella sin decorados, figurantes sin casting previo.

César empieza también con emociones fuertes: la agonía del bueno de Panisse. La historia de amor ha quedado arrinconada, y esta trilogía (se reconoce como tal, por primera vez, en los títulos de crédito de esta su última entrega) va sobre la amistad franca e incondicional entre dos tipos sencillos de una ciudad costera cualquiera de Francia.

La cinta es la menos lograda -y la más larga- de las tres y las causas posiblemente estén en su director: el mismísimo Marcel Pagnol. Moraleja: dejad que los cineastas dirijan las adaptaciones de vuestros libros, literatos. A César le falta un enfoque cinematográfico, resolviéndose la acción a través de larguísimas conversaciones / soliloquios, sin apostar por el poder de las imágenes, confiando ciegamente en la palabra.

Cuando los personajes se hallan contrariados… nos dicen que están contrariados. La película parece incluso ser más vieja que las dos primeras (¡que la anteceden en cinco años!), hasta tal punto se resiente el enfoque teatral, la falta de movilidad de la cámara en interiores y los manidos y torpes planos medios.

La cosa se anima cuando Césariot, el hijo de Fanny y Marius, decide ir en pos de su padre y cerciorarse de que es el hombre que le dicen que es. Nuevamente, exteriores: el gran logro de esta trilogía. Mar, pesca conjunta, deambular junto a los muelles… es ahí donde crece este conjunto de películas, donde respiran, donde logran transmitir plenamente su frescura.

El final -a cielo abierto y esta vez alejados del mar- es también genuinamente emocionante, en uno de esos entendimientos más allá de la fatalidad y los reveses de la fortuna tan… tan francés. 18 años después de la separación impuesta para guardar las formas que tenía lugar en Fanny, tendremos una conclusión para la historia de amor. Pragmática, honesta, ilusionante.

El triángulo protagonista -o al menos el que da nombre a cada una de las películas- merece también una mención aparte. Raimu (Jules Auguste Muraire) ya había interpretado al personaje de César en la versión teatral de 1928. Es el alma de esta historia: no en vano nació y murió en Tolón (donde padece su “exilio” el personaje de Marius), una localidad a pocos kilómetros de Marsella. Empezó en la cosa esta del cine en la época muda y su vendaval actoral (repleto de frases a la carrerilla, aspavientos y también hermosos silencios) me recuerda a colegas suyos italianos del estilo de Totò.

Pierre Fresnay (Marius) fue otro actor favorito entre los propios actores, llegando a trabajar a las órdenes de Hitchcock, Renoir o Clouzot. Orane Demazis (Fanny) nació como Henriette Marie Louise Burgart y era natural de Argelia. Marcel Pagnol la conoció también como actriz de una de sus obras y el papel de Fanny fue su mejor declaración de amor (tuvo un hijo con el director entre el rodaje de Fanny y César).

En un país de cineastas ilustres, Marcel Pagnol fue el primero al que la Academia Francesa considero digno de ingresar en sus filas… no os lo toméis muy a pecho, porque esta organización centenaria constituida a mayor gloria del idioma francés, solo ha aceptado en toda su historia a otro: René Clair.

Reconocimientos al margen, la trilogía de Marsella nos habla de un creador en conexión directa con sus contemporáneos; popular en el mejor sentido de la palabra. Así lo demuestra el que no fuese masacrado por los habitualmente injustos enfant terribles de la nouvelle vague, tan dados a matar al padre. Al contrario: Godard lo admiraba y consideraba que se había adelantado más de 10 años al enfoque neorrealista.

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