Maika Makovski en el Palau: una noche de electricidad, amor y recuerdo

El pasado 4 de marzo, el Palau de la Música Catalana se transformó durante dos horas en algo más que un solemne auditorio modernista: fue el escenario de una celebración colectiva de los veinte años de trayectoria de nuestra adorada Maika Makovski. Un concierto integrado en el ciclo Cruïlla Hivern que tenía algo de acontecimiento irrepetible ya desde antes de empezar.

Había mucha expectación antes de que sonara la primera nota. La noche tenía la promesa implícita de ser un balance de la carrera de Maika Makovski: una conmemoración de veinte años de trayectoria. Maika apareció en escena visiblemente emocionada. Empezó advirtiéndonos de sus nervios por lo que estaba a punto de empezar. Estaba claro que iba a ser algo más que un concierto. Entonces llenó el Palau con esa voz capaz con aparente facilidad de lo frágil a lo rasgado.

El concierto estaba concebido como un viaje por distintas etapas de su obra. Pero no un recorrido lineal cronológico, sino más bien como un mapa en movimiento, que iba fluctuando de una canción a otra. Canciones de épocas distintas se codeaban sin jerarquía, como si Maika estuviera reconstruyendo su propio repertorio desde el presente. En algunos momentos el sonido recordaba a la crudeza de sus primeros discos, en otros a la sofisticación que ha ido incorporando con los años, cuando los arreglos del Quartet Brossa le dan un peso dramático, teatral.

Uno de los elementos que definieron la velada fue la presencia de músicos y colaboradores de diferentes momentos de su trayectoria. La aparición de la primera banda que la acompañó (JC Luque al bajo, David Martínez a la batería y Bobbi Relac a la guitarra) devolvió al escenario un espíritu garajero que me transportó a esos lejanos conciertos en el Sidecar, años ha.

A lo largo de la noche fueron apareciendo invitados que forman parte del extenso universo musical de Makovski. La presencia de artistas como Anni B Sweet, Howe Gelb, Paul Fuster o el dúo Niña Coyote eta Chico Tornado fue aportando diferentes tonalidades a la noche. Cada aparición añadía un matiz: folk desértico, pulsión indie, complicidad escénica o pura descarga rock. No faltó una intervención del explosivo punk rock de The Mani-las. Tampoco faltaron los problemas técnicos, que Maika y familia solucionaron sin pestañear: cuando Howe Gelb vio que su guitarra no sonaba, probó el piano y tras decir: “Esto es como la vida misma”, interpretó al piano su parte en ‘The Bastard and the Tramp’, dándole un inolvidable aire bluesero.

Maika saltaba de un tema a otro, de un disco a otro, de una época a otra, de una colaboración a otra, de un instrumento a otro. Y en todos estos saltos, habitaba el escenario con una frescura y espontaneidad tan refrescante, que los espectadores seguíamos su viaje con una sonrisa en los labios. Hubo momentos de delicadeza instrumental, momentos de voz fina y delicada, y momentos de sensacional estruendo maikamakóvskico que hicieron temblar los cimientos del Palau. Hubo emoción, hubo humor y sobre todo hubo amor, mucho amor.

Con sus diversas atmósferas distintas intercaladas, el concierto fue como una línea temporal donde todos sus momentos están prácticamente superpuestos. Fue precioso viajar en el tiempo hacia atrás y hacia adelante, con esa sensación de estar delante de alguien con una trayectoria sólida, auténtica, mutante, efervescente, única. Maika Makovski nos ha gustado, nos gusta y nos seguirá gustando.

El cierre llegó con la sensación de que el concierto había sido algo más que un espectáculo. El escenario se llenó a rebosar con todos los músicos que habían participado. Una gran familia repartida por el tiempo y el espacio.

Tras casi tres horas de miércoles, salimos del Palau con la certeza de haber vivido un momento único en la historia del rock.

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