L’Alternativa Festival de Cinema Independent de Barcelona 2025 (I)

Ubicadnos en el intersticio

1993, este fue el año en que se celebró la primera edición de L’Alternativa Festival de Cinema Independent de Barcelona. Uno de los primeros festivales del país en apostar por el cine de autor más comprometido e independiente. El año en que Checoslovaquia se dividió en dos estados y Bill Clinton se convirtió en presidente de los Estados Unidos. El año en que murió Brandon Lee y Fernando Arrabal se convirtió en el primer dramaturgo español galardonado con el Premio de Teatro de la Academia Francesa. Mil novecientos noventa y tres. Un contexto radicalmente distinto al actual. Sin la omnipresencia de Internet, de las pantallas que a día de hoy captan nuestra atención. Sin redes sociales, sin plataformas VOD, sin inteligencias artificiales. Un contexto que precedió al auge imparable del cine digital. Muchas cosas han cambiado desde entonces; en los cines, en los films, en los espectadores. En los modos de hacer, mostrar, distribuir y ver las películas. Los festivales, sensibles a todos estos cambios (unos más que otros, todo hay que decirlo), se han ido adaptando al contexto y palabras como accesibilidad, sostenibilidad, inclusividad, paridad o feminismo forman ya parte de su lenguaje habitual. Festivales que han diversificado su programación –con labs, masterclasses, jornadas profesionales etc.– y también el modo en que muestran sus películas. Ahí, el pandémico 2020 fue, en efecto, un punto de inflexión que convirtió en híbridos muchos festivales, que empezaron a mostrar online parte de su programación. Entre ellos L’Alternativa, que desde entonces tiene en Filmin su principal sede virtual, además de los ya clásicos espacios de proyección en el CCCB, la Filmoteca, el cine Zumzeig o el cine Maldá.

Muchos, como decimos, han sido los cambios que se han ido sucediendo en este festival a lo largo de sus más de tres décadas de vida, pero uno de los más importantes fue, sin duda, en el año 2012, cuando ficción y documental dejaron de ser secciones separadas. Un gesto aparentemente trivial pero que, en el fondo, define a la perfección las transformaciones que empezaban a tener lugar en aquel momento en el mundo del cine y que modificarían para siempre nuestra manera de entender –y cuestionar– las etiquetas y los géneros. De hecho, varias de las películas presentadas este año en el festival desafían esta binaria clasificación situándose en ese lugar en que ficción y documental confluyen y se hibridan, dando lugar a interesantes films que nos permiten reflexionar, entre muchas obras cosas, sobre cómo se configura(n) la(s) historia(s) que más nos interpela(n).

Little, Big and Far (Jem Cohen, 2025)

No podemos evitarlo, por mucho que nos esforcemos. Vemos las cosas desde un único punto de vista –el nuestro– y la mayor parte del tiempo pensamos que todo gira a nuestro alrededor. Como seres egoístamente antropocéntricos que somos, a menudo se nos olvida que no representamos más que una parte minúscula, infinitesimal del universo y que, por mucho que creamos saber, desconocemos la mayor parte de las cosas. De ahí la importancia fundamental de la ciencia y una de sus principales misiones: darnos de vez en cuando un baño de humildad recordándonos todo aquello que todavía no sabemos, todo aquello que nos queda por aprender.

Retomando el peculiar estilo que tan bien le funcionó en Museum Hours (presentada en L’Alternativa en el año 2013), el director Jem Cohen regresa con Little, Big and Far, una obra que introduce, con sutileza e inteligencia, elementos de ficción en un documental que nos muestra –y demuestra– la inmensidad del universo que habitamos. A partir de una serie de cartas y reflexiones de los tres protagonistas –Karl, Sarah y Eleonor–, el film pone en relación la física, la astronomía, la política, la historia o la sociología en una suerte de collage cósmico, visual y sonoro sobre el estado del mundo y la posición que los humanos ocupamos en el mismo. Un film reposado e introspectivo que nos invita a observar el firmamento y tomar conciencia de quiénes somos en realidad. Una película salpicada de ciencia y poesía a partes iguales, dotada de una profundidad poco frecuente en el apresurado cine contemporáneo.

Una película de miedo (Sergio Oksman, 2025)

En el año 2012, un todavía desconocido Sergio Oksman irrumpía en el panorama de festivales con A Story for the Modlins, film que ganaría un buen puñado de premios nacionales e internacionales, entre ellos el Goya al mejor cortometraje documental y el premio al mejor cortometraje en L’Alternativa. Tres años después, presentó en la sección oficial de este mismo festival O futebol, su tercer largometraje y una obra tan futbolística como autoficcional.

Una década más tarde, el realizador brasileño regresa una vez más al festival con Una película de miedo, un delicioso y lúdico ejercicio metacinematográfico y autoficcional, ubicado en eso que hemos decidido llamar los límites del documental más personal. Tan personal, que son él mismo y su hijo adolescente Nuno los protagonistas casi absolutos del film. Y digo casi, porque –en un jocoso guiño a El Resplandor de Stanley Kubrick– el hotel semiabandonado en el que ambos pasarán una temporada, adquirirá también un gran protagonismo. Y es que dicho edificio servirá de escenario perfecto para que el director, mediante la atenta observación de su hijo adolescente, reflexione sobre el miedo. ¿Por qué Nuno no parece asustarse ante ningún potencial peligro? ¿Por qué las películas de miedo no le dan miedo? ¿Acaso somos –en contra de la opinión generalizada– más miedosos cuanto más vivimos? ¿Acaso “aprendemos” con el tiempo a tener miedo de todo aquello que supone un riesgo para nosotros? ¿Es la experiencia de vida la que nos hace temer las cosas que podrían perjudicarnos? ¿Puede la realización de una película ayudarnos a exorcizar todos esos miedos que nos atenazan? ¿Por qué, en pleno S. XXI siguen existiendo miedos que parecen atemporales? ¿Será acaso que, en lo fundamental, los seres humanos no hemos cambiado tanto?

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