Desde Ghana con amor (y mucha, mucha imaginación)

Mientras a principios de los años 90 tú y yo peregrinábamos cada viernes al videoclub, temblando de emoción ante la nimia posibilidad de hacer un genuino descubrimiento trash fundamentado únicamente en aquello que nos mostraba la carátula de un rijoso y manoseado videocasete… en un país africano nos ganaban de calle en lo que a elucubración y creación de falsas expectativas se refiere.

Ghana, un pueblo cualquiera entre Acra y Tongo. La bautizada por los británicos como “costa de oro” se sumía en aquella fiebre cinéfila de géneros, taquillazos y demás productos destinados al entretenimiento con mayúsculas. No penséis en términos de calidad, bellacos: aquello era purito disfrute. De los USA, de China, de Bombay o de Nollywood: se consumía con glotonería, con desprejuiciado criterio adolescente.

Como supondréis, en lo político aquello no era precisamente una balsa de aceite. Como casi todos los países africanos Ghana obtuvo la independencia en los 60, para sufrir acto seguido el consabido vía crucis: el país occidental se desentiende de su antigua colonia (aparentemente) y los golpes de Estado (motivados y patrocinados por los intereses económicos de quienes decían haberse ido) se suceden. En los 80 tocó alzamiento de los tenientes coroneles de aviación y un tal Jerry Rawlings (que sí, que tiene nombre de cantante de banda de blues) se mantuvo 20 años en el poder.

Mientras aquí andábamos de Olimpiadas, en Ghana se disparaba un 30% la deuda externa y el Banco Mundial les “instaba” a introducir una especie de IVA que debía de contener la sangría. El resultado: encarecimiento generalizado de bienes de primera necesidad, pérdida de poder adquisitivo de las clases bajas, más miseria. ¿Qué nos queda? Pues qué demonios, ¡el cine, a ver qué ponen! Ay, calla, que han cerrado las pocas salas que quedaban…

Así que ver películas significó a partir de aquél entonces acudir a salas efímeras, dispuestas a cielo abierto para la sesión de noche. Y olvidaos de purismos de filmoteca: la proyección consistía en meter la cinta en el video y darle al ‘play’, con la venia del imprescindible grupo electrógeno.

Ni derechos de autor, ni gastos de explotación ni cálculo ponderado de los beneficios netos en taquilla. Aquí se trata de ponerle a la gente lo que quiere ver, sin mayor criterio que el “la tengo calentita, oiga, ¡recién pirateada!”. Y para lograr que la sesión sea un éxito, igual que las compañías itinerantes de toda la vida hacía falta… pues crear un hype. Que la gente no sepa muy bien qué va a ver, pero que un cartel explícito y deslumbrante lo deje patidifuso, le genere la necesidad imperiosa de consumir el sublime engendro (no presumáis: ahora os hacen lo mismo pero con la dichosa IA, que es como más fino).

Pintadas sobre sacos de harina fabricados en algodón que facilitaban su ubicuidad, estos ganchos desprejuiciados contaban con el pacto táctico entre autor y potenciales espectadores: tú no las visto, yo tampoco, pero nos gustaría que fuera algo parecido a… ¡ESTO!

Pues bien, en la sala de exposiciones de la Filmoteca de Catalunya podéis ver hasta el 31 de enero de 2026 una treintena de estos carteles que, ya os lo digo, os van a cambiar la vida. La fiesta se titula Col-lisió Extrema y os insto a que os hagáis con la hoja (qué digo: ¡periódico!) de sala redactada por Beatriz Leal-Riesco. Pocas veces he visto una unión tan perfecta de hilaridad y erudición, de alta y baja cultura (¡Umberto Eco vive!).

Porque los autores de estos descacharrantes y personalísimos carteles provenían algunas veces de facultades de arte y otras no eran más que amateurs en estado de gracia que acabaron formando en sus propios talleres a sus discípulos, como toda buena escuela de pintura desbordada por la demanda que se precie. Ya os aviso que mi aproximación en este artículo es meramente lúdica, pero que lo que hacían tenía motivaciones y respondía a backgrounds culturales que se nos escapan, un océano de ignorancia del que, repito, os rescatará el análisis pormenorizado de cada cartel. Creencias ancestrales, acervo cultural y expectativas sociales se funden en un todo delirante y contundente.

Lo primero que descubriréis es que el espectador ghanés era bastante más abierto que el europeo, con un crisol de influencias al que no era ajena la cruda realidad de un cine nacional realizado a salto de mata, la mayoría de las veces directamente en formato video. La curiosidad insaciable que demuestran estos carteles superará cualquiera de tus fantasías pantagruélicas: en sesiones maratonianas que duraban lo que duraba el material en continuo  trasiego se ponían al día de todo lo que lo petaba en los cuatro rincones del mundo.

Aunque cada cuál forjó su cinefilia a su manera (sí, conozco casos que presumen de haber comenzado con Tarkovski, Bergman y Godard, lo cual asegura un futuro y claro perfil psicopático) lo cierto es que mi generación llegó al cine (también) a través del tortuoso camino de cineclub. Y muchas veces daba mucho más de sí lo que se podía imaginar a través de la carátula que lo que realmente acababa siendo… pues otra película más del videoclub.

En Ghana vieron al mismo tiempo que nosotros En busca del arca perdida, Braindead, Hardboiled, Ghost, Critters 3 o American Ninja 4, pero amigo… ¡qué maravilla lo que el cartelista hubiese querido que vieran! Las películas de acción glorificaban a héroes con el rostro venoso y escopetas recortadas en ristre, empuñadas por brazos con claros síntomas de hipertrofia (ni más ni menos que lo que veíamos también nosotros pero en luminosos de neón). Olvidaos de las proporciones o del principio de verosimilitud: ángeles de la muerte te observan con mirada estrábica desde sus altares recauchutados, dispuestos a hacer lo que quiera que para ellos signifique la palabra “justicia”.

El título le permite a uno elucubrar, porque si a la película la han llamado Dyng Time… pues oye, puedo marcarme una oda mórbida con llamaradas y cuerpo embalsamado. Émulos de Bruce Lee, películas chinas de artes marciales que no ha visto ni Tarantino y también ese cine del continente -de todo un continente- del que muchos que nos llamamos cinéfilos no hemos visto ni dos docenas de films.

Aquí te encontrarás con los sospechosos habituales de John Woo y Chow Yun Fat, con Rambos con una merecida mirada oligofrénica, con macarras sin pelo en pecho que se parecen siempre a Michael Jackson y bichos reinventados que hubiesen hecho las delicias de Jim Henson. Pero mi favorito, de lejos, es ese surrealista cartel de Ghost, una gloriosa mezcla entre La casa de Bernarda Alba, El exorcista y Scanners II.

Por supuesto que esta revalorización de un quehacer coyuntural y povera fruto de las terribles estrecheces por las que atravesaba todo un país tiene algo de condescendencia primermundista. Y que su puesta en valor -¡hasta pervive un mercado internacional con pedidos a la carta!- no esconde la moda -camino de pandemia- del kitsch, de ese ecce homo que nos regodeamos en buscar en cualquier práctica que nos precipitamos en tildar de amateur.

Id con el espíritu que gustéis, pero disfrutad de esta celebración del cine como lo que siempre fue: un punto de encuentro, una fábrica de pesadillas recicladas, un sentir colectivo, una perversión y readecuación de la tradición oral, porque… ¿cuántas veces te han contado una película que nada tiene que ver con la que acabas viendo? ¿Y cuántas veces no has lamentado que no se pareciese más a todos los prejuicios que ya te habías fabricado? 

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