Del derecho a rodear, palpar y habitar la obra

“Yo en el País Vasco me siento en mi sitio, como un árbol que está adecuado a su territorio, pero con los brazos abiertos al mundo. Estoy tratando de hacer la obra de un hombre que es la mía, y como soy de aquí, esa obra tendrá unos tintes particulares, una luz negra que es la nuestra”. Eduardo Chillida

Vizcaya y Guipúzcoa albergan dos demostraciones artísticas parejas y singulares, pensadas ambas para ser disfrutadas (vividas) en parajes que definen y adjetivan la obra. Contenidos sin aparente continente: un bosque de pinos tatuados que te miran contrariados y el mausoleo definitivo del arquitecto del vacío.

¿Land art o reformulación museística? Ibarrola trabajó tres años en el bosque de Oma, ubicado en la que ahora conocemos como reserva de la biosfera de Urdaibai. Sus árboles padecieron las vicisitudes de su tiempo, de sus moradores y de sus antagonistas, consecuencia de ese posicionamiento (político y moral) que hizo del escultor y pintor vasco un referente ciudadano.

La historia de Chillida, en paralelo, es sobre todo una historia de éxito. Murió 20 años antes que Ibarrola, aunque tras su triunfal periplo internacional tenía claro que… todo tenía que acabar allá donde empezó. Junto a su mujer (la imprescindible Pilar Belzunce) buscó un paraje no muy lejos de donde había nacido. Y lo halló en Hernani, en un antiguo pago presidido por un caserío camino ya de los 500 años.

Veo imágenes de Ibarrola “en acción” y es como ver a uno de mis abuelos norteños: boina (llamémosla txapela), vehemencia, resolución, gesto socarrón. Chillida, en cambio -y me vais a perdonar- me recuerda más a Carlos Saura; quizás sea ese aire afrancesado y culto que no aspiraba a ser mucho más que eso… un “aire”, una declaración de principios, un certificado de curiosidad.

En ambos predomina un halo autodidacta. Agustín Ibarrola comienza a hacer sus pinitos con tan solo 16 años, mientras Chillida iba ni más ni menos que para portero de la Real Sociedad. Una lesión truncó su carrera futbolística: le siguió un periodo de búsqueda y experimentación que culminó a principios de los 50.

Ambos tuvieron su etapa parisina poco antes de que París dejase de ser esa capital de la bohemia hiperbólica -en favor de Nueva York, por supuesto-. El uno llegó en el 48, el otro el 56. Pusieron así distancia respecto a una sociedad cerrada (¿sitiada?), ampliaron horizontes vitales hasta que sus propias vidas devinieron lejanía, se dejaron influir e influyeron (sobre todo a su vuelta, con las alforjas rebosando utopía). Ambos representan esa dualidad- tan romantizada, tan simplificada- de lo que sus exégetas dieron en llamar “lo vasco”: el caserío (como lugar de trabajo, como repliegue espiritual) y la Naturaleza expansiva de ecos resonantes (valles y barrancas, lluvia reciente o inminente, coletazos de niebla… ¿podía haber mejor lugar para albergar sus creaciones?).

Al bosque de Oma se accede tras un paseo con un par de repechos de unos tres cuartos de hora. No está en un lugar cualquiera: es tierra de primeros asentamientos, de hombres de las cavernas, de mar y ríos chocando dramáticamente, diríase que pangea deudora de la propia Humanidad. Más que por un camino forestal, diríase que has avanzado directamente por un cortafuegos franqueado por el más combustible de los árboles: el eucalipto. Cuando coronas -sin necesitar de mucho reposo- te descubres a ti mismo en mitad de una arboleda primigenia, de un lugar diríase que elegido por una cultura extinta para algún tipo de culto arcano.

El Chillida Leku -un museo ejemplar en todos los sentidos del término- abrió al arrancar el presente siglo y sufrió como ningún otro los vaivenes de la crisis (llegó a estar cerrado entre los años 2010 y 2019). Una campa inmensa alberga esculturas hieráticas con nombres tan evocadores como Arco de la libertad, Homenaje a Braque o Buscando la luz. Moles contundentes en las que abstraerse, distintas de los muros sinuosos de un Richard Serra… aunque igualmente le llaman a uno y exijan -prácticamente- el contacto físico, el ejercicio del tacto y el olisqueo conejil (que nos lleva a la sangre, del mismo modo que la hemoglobina evoca al hierro).

Tras rondar por paseos punteados por monumentos que se observan entre sí con armonía o desconfianza (depende de tu estado emocional) terminas desembocando en el caserío. Un caserío deconstruido, vaciado, presentado en bruto. Sólo quedan las entrañas, un entramado de vigas centenarias y maderos retorcidos por el mismo peso del tiempo. Un hogar habitado por el resto de trabajos de Eduardo, ya sean en madera, alabastro o sobre papel. Desde dentro, uno no cesa de asomarse a las ventanas que delimitan la separación con esa supuesta “afuera”, Polifemos amenazantes que parecen asediar este hogar sublimado.

Si todo el Chillida Leku se articula alrededor de ese pulso -inexistente- entre el interior y el exterior (ese caserío-centro al que uno es arrastrado por la fuerza centrípeta de una lógica autoimpuesta), el bosque de Oma funciona como una espiral que te arrastra hacia abajo (el valle, la supuesta vaguada) para impulsarte acto seguido de nuevo hacia las alturas.

Te saluda a la llegada la más sencilla de las composiciones (una raya horizontal a la altura de los ojos, una simple marca que señala y condena cada árbol). Tras un beso de bienvenida, se suceden los efectos del color sobre el horizonte, ya sea en forma de arco iris, rayo, ondulaciones, culebreo vertical o círculo primigenio. El resto, dependerá de ti: descubrir el gigante rojo, el homenaje a Malévich, a El Greco o al Equipo 57, los motoristas, el incendio que prende desde los helechos, la mezquita de Córdoba o esa amenaza nuclear que señala el carácter efímero -por mor del hombre- de cualquier ambición artística.

Los sueños (quizás también pesadillas para sus creadores, que no supieron calibrar muy bien la magnitud de sus ambiciones) tanto del Chillida Leku como del bosque de Oma nacieron prácticamente al unísono. En 1982 comienza Ibarrola a dotar a la espesura de animales, signos y pupilas (que quizás siempre estuvieron ahí, que quizás no hacían más que exponer un misterio mil años oculto). En 1983 compraron el tándem Eduardo-Pilar la finca de Zabalaga con la intención de respetar el legado, de cambiar las reses pastando por iconos en acero Corten, con esa superficie cúprica a manera de protección no contra el esquivo sol, sino contra los envites de una meteorología cambiante.

Y vuelvo a pensar en esa “luz negra” de la que hablaba Chillida. Porque los dos erigían sus tótems partiendo de materiales listos para su moldeado, convirtiendo la metalurgia en propuesta de eternidad. Revistieron las superficies de árboles o del acero (que no sería hierro sin ese aporte de carbono, la diferencia entre la química orgánica y la inorgánica) de una capa en apariencia antioxidante que no es más que un escudo efímero frente al agua, el viento y el fuego.

La luz que va y viene, el nubarrón y el sol en ocasiones impenitente harán el resto. ¿Y nuestro papel en todo esto? Acariciarlo, otearlo y percibirlo… mientras siga ahí.

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