Catarsis femeninas transgeneracionales
Dos series recientes tienen el coraje de hablar del aquí y del ahora y de decir bien alto que no, que nada va bien. Desde estrategias próximas a la comedia (Se tiene que morir mucha gente) o al drama más neorrealista que costumbrista (Yo siempre a veces) estas odiseas del desvalimiento y la orfandad emocional están protagonizadas por mujeres (en solitario o coralmente) y ofrecen una foto fija sin adulterar de la precariedad, las expectativas incumplidas, las relaciones tóxicas y los autoengaños flagrantes… pero mantenidos en el tiempo.

Yo siempre a veces acontece a caballo entre Barcelona y Berlín. La capital alemana hace las veces de utopía vital: ese lugar -aparentemente mágico- en el que uno se hace merecedor de un salario que le permite no solo llegar a final de mes, sino prosperar y hasta hacer planes a medio plazo. El peaje es el desarraigo en un territorio frío que a la postre resulta mucho más habitable que la soleada ciudad mediterránea donde una ha nacido, se ha criado -en ese extrarradio infinito- y ha visto nacer a su hijo.
Se tiene que morir mucha gente también está protagonizada por urbanitas recalcitrantes. Un trío de amigas de la infancia que se aman / odian con denuedo, rozando casi el sadomasoquismo. La una se sabe hermosa y no duda en aprovecharse de tal ventaja, la otra se regodea en su depresión congénita y la última de ellas (que no es heterosexual) las observa sin saber muy bien cómo las puede todavía aguantar.
Ambos acercamientos resultan brillantes, tanto en lo argumental como en lo técnico. Diálogos como navajazos, crueldad mental, dolorosa honestidad, radiografía de esa educación sentimental que nos marca y parece que hasta nos predestine. Laura, la más joven de todas las retratadas, es venial y espontánea. Se cruza en su camino Rubén, un modernillo made in Barcelona que no está por asumir responsabilidades (a pesar de compartir con ella nada más y nada menos que un hijo). Es más: utilizará la inestabilidad laboral de ella para mantenerla bajo su influencia, incluso después de dar por concluida la relación (más allá del paripé con los padres de él).
Cada capítulo lleva el nombre de una casa (siempre ajena), una de las muchas que se ve obligada a habitar mientras encadena trabajos que no llegan ni a alimenticios y hace equilibrios imposibles con la crianza de un hijo que para su padre no supera la categoría de pasatiempo. Y con todo, la serie se las apaña para que él no nos resulte abiertamente odioso -por si ya estabais dispuestos a finiquitar la serie con el socorrido y muy patriarcal “otra en la que todos los hombres resultan odiosos”-.
En su ir y venir siempre a la carrera, en su tratar de contentar a todas las partes, en su intento desesperado por no dejar de ser ella misma, Laura terminará por pedirle consejo a la mismísima María de Medeiros, que ejerce aquí de hada madrina energética y new age. La solución es tan sencilla como parece: tomar una decisión soberana sobre la propia existencia.
Yo siempre a veces habla de una mujer que quiere divertirse y seguir soñando, por qué no, pero que sobre todo aspira a tomar las riendas de su destino. Y de una sociedad que mira hacia otro lado cuando se plantean problemas reales, cuestiones prácticas que afectan a ciudadanas que, como se despisten un poco, pueden acabar el borde mismo de la exclusión social.

Barcelona está filmada como ese espacio invadido que es, como ese campo de juegos reconvertido y arrebatado a sus (¿legítimos?) moradores. Chiringuitos de playa, plazas junto a transatlánticos culturales, festivales que parecen vertebrar la existencia de una juventud en fuga. La civilización pervertida, la ciudad rediseñada para el goce del extraño.
A nuestras supervivientes madrileñas no les va mucho mejor. Les separa media generación de la barcelonesa a punto de abrazar el exilio y siguen viviendo en un limbo que depende, como casi todas las ficciones, de la amabilidad de los extraños. Comparten piso, trabajan como camareras o como guionistas en una especie de El hormiguero 2.0 e incluso están a punto de ser madres si no por accidente, si por imposición social (casi por imperativo legal, para poder integrarse en cierta élite de casita pareada en urbanización exclusiva). La tan socorrida sororidad queda aquí substituida por aguijonazos, coces y envidias malsanas. Vivir sin trabajar o triunfar en lo profesional, encontrar a alguien que te quiera por lo que eres. Castillos en el aire que terminan derribando a manotazos, hartas de construir sobre cimientos a todas luces inestables.
Bárbara quizás sea la más autodestructiva de las tres. Su alter ego de colegio de pago -más mala que la tiña, dotada de una lengua viperina y con una mente privilegiada para el malmeter- está siempre ahí, dispuesta a hacerle ver el lado oscuro de las cosas… de cualquier cosa. Esto sumado a su dependencia de las dichosas pastillas antidepresivas (que consume a un ritmo hollywoodense) hace de ella la más vulnerable de la tríada, la menos preparada para las decepciones cotidianas. Aunque le guste presumir de decisión, de sinceridad o de desvalimiento… dependiendo del interlocutor.
Mujer allende la treintena a medio independizar -¿¡y cómo lograrlo en los dos epicentros de la vivienda tensionada en España!?-, padeciendo los rabiosos coletazos de una sociedad aleccionadora diseñada por y para ellos, tratando de convertir en ambivalencia la pura esquizofrenia de querer ser libre y seguir a flote en un sistema económico que todavía no las reconoce como cooperadoras necesarias, como entes productivos con entidad propia.
¿El logro de ambos acercamientos? La facilidad para identificarse no tanto con el fracaso compartido como con el espíritu de lucha (que precisa de un barniz de sarcasmo), de plantarle cara a un presente horrísono y sin perspectiva alguna de mejora.
Marta Bassols y Marta Loza capitanean una idea nacida para encarnarse en el rostro de Ana Boga y dirigida a seis manos por la misma Loza, Claudia Costafreda y Ginesta Guindal. Una ficción diríase que por accidente: aquí todo huele ha vivido / sufrido, a grito en la noche, a transfiguración (con o sin la ayuda de estimulantes), a pulso con un pasado que no quiere ser superado sino entendido, asimilado y celebrado. La producción a cargo de los todopoderosos Javis -requeteconsagrados en Cannes- logra ser aquí una mera anécdota: la idea es original y la vivencia intransferible.
Tras Se tiene que morir mucha gente está Victoria Martín, que versiona aquí su novela homónima. Atesora una experiencia profesional con múltiples frentes e intereses, de esas que terminan cristalizando en algo parecido a un manifiesto generacional. Y como cada temporada desde hace un porrón de años todas estas creadoras encuentran su altavoz en la inteligente agenda de Movistar +, acostumbrada a situar un par de sus cuidadísimos (y calculadísimos) productos entre las tres mejores series nacionales.

Frente a tantos motivos para la ira estas dos series apuestan por capitalizar el odio y convertirlo en… ¿argumentario para otra revolución que nunca será? Quizás no sea más que el marketing con el que ahora se vende el ‘no future’, quizás que tanta sinceridad -en la desesperanza- termina doliendo.
Pero aun así queremos saber más de ellas y rabiamos por una temporada final imposible, de esas en las que se enmiendan entuertos por arte de birlibirloque y se alcanzan éxitos largamente merecidos… y del todo incompatibles con la experiencia que todos tenemos ya de la vida.
