Backrooms (Kane Parsons, 2026)
Imaginaros que entráis en una tienda de muebles. Una macrotienda. Si, todo el mundo piensa en la misma. Imaginaros un mundo que crece a medida que se explora y que se devora, se degrada, tan rápidamente como crece. Un mundo inexplorable, con vida propia.
El terror viene de lo inmensurable, indescifrable. Es un terror abstracto en que habitan los monstruos que nosotros creamos.
Clark, con su paranoia y su depresión, crea uno de estos mundos y Kline está destinada a permanecer en él no porque ahora entre de modo consciente sino porque entró en su infancia, forzada por la psicosis materna.
Puede descolocar a muchos amantes del terror puesto que durante gran parte del metraje se crea la expectativa de que tenemos un monstruo acechando cuando, en realidad, tenemos al monstruo, a Clark, a plena vista y el espacio es una obra monstruosa a la que él y sus horrores colaboran. Cuando, en el último tramo de la película, el terror se materializa en unos personajes que parecen más ridículos que amenazadores.
El mérito de Backrooms se basa en prolongar astutamente la inseguridad que se desprendía de los pasillos de Severance, la opresión que se vivía en los cubículos de trabajo de Brazil o la inmensidad amenazante de una ciudad abstracta surgida de una mente tan distorsionada como su creación en Synecdoche, New York (C. Kaufman, 2008). En definitiva, el terror es el de un mundo que crece sin que podamos controlarlo, un mundo en el que la obsolescencia se despliega en torno a nosotros y en el que sus criaturas (muebles y espacios) evolucionan de modo tan caótico o imprevisible como lo hacían los humanos o animales infectados en La cosa (The Thing, J. Carpenter, 1982).

