Backrooms (Kane Parsons, 2026)

Cuartos trasteros

Imaginaros que entráis en una tienda de muebles. Una macrotienda. Sí, todo el mundo piensa en la misma. Imaginaros que la tenéis toda para vosotros. No hay nadie más. Pero, además, no hay prácticamente material en exhibición. Los espacios están vacíos. En principio sentís curiosidad, admiración incluso, por el vasto espacio. Pero, a medida que recorréis pasillos y salas, la estructura de las mismas empieza a antojarse arbitraria, mal construida, con ángulos extraños, rincones inadecuados para habilitar espacios de uso cotidiano o pasadizos misteriosos. Es más, cuando trazáis el camino de retorno al punto de salida, observáis que el espacio se ha modificado. Hay muebles acumulados unos sobre otros, sillas a medio montar, restos de exhibiciones anteriores y todo ello da una sensación desazonante. No se está en una gran tienda sino en una especie de almacén de material viejo, descartado, que va ocupándose de manera gratuita, irracional, como si tuviera vida propia… Es un mundo que crece a medida que se explora, un espacio que parece fagocitarse a sí mismo de modo tan rápido como se desarrolla. Un mundo inexplorable que tiene vida propia. Aproximadamente eso son las backrooms, unos espacios desconocidos que se abren en conexión con el mundo que llamamos real y que son también representación de los cuartos trasteros, los cuartos cerrados de nuestro pensamiento. Específicamente, de los pensamientos que preferimos ignorar.

El protagonista de la cinta, Clark, con su paranoia y su depresión, va a dar o crea, de modo inconsciente, uno de estos mundos. Su psiquiatra, Mary Kline, está destinada a permanecer en él no porque ahora entre de modo consciente sino porque entró en su infancia, forzada por la psicosis materna. Backrooms puede descolocar a muchos amantes del terror puesto que durante gran parte del metraje se crea la expectativa de que tenemos un monstruo acechando cuando, en realidad, tenemos al monstruo, a Clark, a plena vista y el espacio es una obra monstruosa a la que él y sus horrores colaboran. Cuando, en el último tramo de la película, el terror se materializa en unos personajes, éstos parecen más ridículos que amenazadores. El terror viene de lo inmensurable, indescifrable. Es un terror abstracto en que habitan los monstruos que nosotros creamos.

El mérito de Backrooms se basa en prolongar astutamente la inseguridad que se desprendía de los pasillos de Severance (D. Erickson, 2022), la opresión que se vivía en los cubículos de trabajo de Brazil (T. Gilliam,1985) o la inmensidad amenazante de una ciudad abstracta surgida de una mente tan distorsionada como su creación en Synecdoche, New York (C. Kaufman, 2008). En definitiva, el terror es el de un mundo que crece sin que podamos controlarlo, un mundo en el que la obsolescencia se despliega en torno a nosotros y en el que sus criaturas (muebles y espacios) evolucionan de modo tan caótico o imprevisible como lo hacían los humanos o animales infectados en La cosa (The Thing, J. Carpenter, 1982).

El extraordinario diseño de producción, con decorados reales o efectos digitales, es la baza principal de la película de Kane y lo que le da más sentido. Los espacios son amenazantes en su vacío y se repiten no sólo en los espacios (liminales, imaginarios, alternativos) de los backrooms sino en los espacios (teóricamente) reales en que habitan o trabajan los protagonistas (la casa y el despacho de Kline), espacios que dan la impresión de ser decorados faltos de vida. Al inicio, vemos como las excavadoras destruyen un espacio que anteriormente ha aparecido en la zona irreal. Junto a él, un cartel publicitario anuncia un inmenso rascacielos. Más adelante una proyección invertida de este diseño aparecerá como una suerte de pozo sin fondo en las backrooms. La vivienda de Kat y Bobby tiene todas las trazas de ser un enorme decorado y como tal volverá a aparecer repetida en el espacio alternativo, del mismo modo que la casa en que Mary Kline vivía con su madre reaparece en otro momento, adaptada a un nuevo destino…

Al final, parte de la audiencia atraída por el hype se sentirá desconcertada, defraudada, por la falta de gore, por la ausencia de un psychokiller a la altura de lo esperado, o, por un final ambiguo y falto de explicaciones. La explicación, no obstante, está en nuestro alrededor. En nuestra incapacidad de enfrentarnos a nuestros miedos sin necesidad de construir otros. En un mundo de consumo rápido, en el que los productos envejecen y son descartados en menos tiempo del que tardan en ser diseñados, fabricados y comercializados. Los objetos de este inframundo, en su aparente autonomía pero, a la par, con su ausencia de sentido, equivalente a la sensación neurótica que se puede tener frente a una vida que nos supera. Clark y Kline, sin objetivo claro en la vida, víctimas de sus acciones o de las de otros, devienen parte del mobiliario en desuso, condenados a permanecer en un infinito trastero. Quizás es así como se sentían antes de entrar en él, no siendo estos backrooms más que la representación física de su fracaso vital.

En cualquier caso, no dejemos esta cinta en el trastero de la memoria. Podemos dar por hecho que Backrooms va a devenir tanto una cinta de culto como un referente para posteriores cintas de género fantástico.

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