D’A Festival de Cinema de Barcelona 2026 (II)
Tres viajes de incierto destino
Los días pasan, nos acercamos al epicentro del festival y lo hacemos con tres propuestas que destacan por su originalidad y valentía, una de ellas perteneciente a la sección de cine español Un impulso colectivo y las otras dos incluidas en Direccions, dedicada a cineastas internacionales consolidados.
El director Gabriel Azorín —uno de los miembros del Colectivo La Casinegra— presenta en el D’A su primer largometraje en solitario, Anoche conquisté Tebas, una de las propuestas más singulares y arriesgadas de este año que ya está empezando a cosechar premios en algunos festivales internacionales. Ambientada en unas antiguas termas romanas, la ópera prima de Azorín se atreve a experimentar con múltiples capas de tiempo a la vez que nos ofrece un íntimo y delicado retrato de la amistad entre hombres, ya sean adolescentes contemporáneos o soldados de la Antigua Roma. Gallego, portugués y latín son los tres idiomas que podremos escuchar a lo largo de la película. Una película de ritmo pausado en la que el tiempo, elástico e impredecible, se congela a ratos o transcurre mediante elipsis que abarcan siglos. Una obra de atmósferas oníricas y enigmáticas que, gracias a la magnífica fotografía de Giuseppe Truppi, se convierte en una inolvidable experiencia cuando es vivida en la gran pantalla. Una obra que capta con especial intensidad sensaciones atemporales como la importancia de la amistad entre los hombres, el miedo a la muerte y la incapacidad para decir ciertas cosas a las personas que más nos importan. Una obra, tan personal como política, que nos muestra —y demuestra— que la amistad, única relación humana que no está legislada ni institucionalizada, puede —y debe— ser revolucionaria.

Y de la atmósfera onírica que envuelve las termas romanas donde transcurre la película de Gabriel Azorín pasamos a ese enigma indescifrable que es la mente de Catalina, la protagonista de Las Corrientes, tercer largometraje de la directora argentina Milagros Mumenthaler. Catalina podría ser considerada por la sociedad como una incuestionable triunfadora. A sus 34 años es atractiva, se encuentra en la cima de su carrera como diseñadora de moda y parece tener la familia ideal; pero la entrega de un premio en Suiza provocará en ella un efecto cuanto menos inesperado. Porque, para sorpresa del espectador desprevenido, Catalina tirará el premio a la basura, empezará a callejear por Ginebra y se acabará lanzando de cabeza a las aguas del Ródano, inexplicablemente atraída por sus corrientes. Al final todo parecerá quedar en un susto y la policía la rescatará llevándola de regreso a su hotel, pero a partir de ese momento ya nada será como antes y Catarina estará sin estar, perdida, ausente, dejándose llevar por las corrientes que dan título al film. A su regreso a Buenos Aires, Catalina seguirá comportándose de un modo extraño y se convertirá en una desconocida para su marido, para su hija, para todos los que la rodean. Sin razón aparente, el agua le provocará un rechazo visceral y su cuerpo empezará a somatizar una inquietud extraña, una crisis incomprensible, un profundo desajuste emocional que tiene su origen en un pasado que Catalina ha ocultado durante años, convirtiéndolo en un tabú.
La directora de Abrir puertas y ventanas (2011) y La idea de un lago (2016) regresa en 2026 con un film considerablemente más hermético que los anteriores, repleto de sutilezas e interrogantes, que puede sin duda cautivar por su hipnótica puesta en escena, pero que también podría enervar a parte de su audiencia al plantear numerosas preguntas a las que no pretende dar respuesta. Y es que, a veces —especialmente en momentos de crisis— la mente humana es así, infranqueable y opaca.

Aunque poco a poco los tiempos van cambiando y cada vez resulta más fácil acceder a cinematografías de decenas de países, el continente africano sigue siendo para la mayoría de cinéfilos ese gran desconocido. A pesar de sus más de 1.570 millones de habitantes, a pesar de que Nollywood, la prolífica industria cinematográfica de Nigeria, supere en número de producciones a Hollywood, siguen siendo escasísimos los estrenos de países africanos que llegan a nuestras salas comerciales. Por eso es tan importante el papel de los festivales de cine, que nos ofrecen la inigualable oportunidad de descubrir poco a poco una cinematografía que, al menos por distancia geográfica, no debería resultarnos tan lejana.
Fue en el fatídico año pandémico cuando el D’A nos dio a conocer la obra de Lemohang Jemeriah Mosese. Recuerdo el impacto que me generó This Is Not a Burial, It’s a Resurrection (2019) a pesar de verla en la minúscula pantalla de mi ordenador portátil. Una obra que no se parecía a nada de lo que había visto, pero que al mismo tiempo me remitía a muchas cosas que me habían marcado a lo largo de mi vida. Han pasado ya seis años desde entonces, y el cineasta y artista visual de Lesoto regresa con un film incluso más arriesgado y personal si cabe. Tan arriesgado, que no aparece ni un solo diálogo en pantalla durante hora y media. Tan personal, que su director parte de recuerdos autobiográficos de infancia para narrar él mismo una historia tan poética como catártica. Valga decir de antemano que Ancestral Visions of The Future no es una película fácil. De hecho, no creo que pretenda serlo. Como en Anoche conquisté Tebas, en este film las distintas capas de tiempo se funden y confunden (ya desde el propio título podemos intuir que esto va a suceder). Y, mientras la narración en off transcurre por un lado, las imágenes, a menudo, proponen una fuga a otro bien distinto. Imágenes potentísimas, inolvidables, cargadas con una ingente carga simbólica y también, por qué no decirlo, de una belleza superlativa. Imágenes que, sin duda, se quedarán grabadas en nuestra retina por mucho tiempo: la enorme tela roja que se despliega en el paisaje desértico cual infinito río de sangre, las llamas recurrentes que destruyen a la vez que purifican, los gritos desgarrados, casi animales, como ladridos feroces y rabiosos, que transmiten una impotencia femenina que ha acabado por enquistarse en la sociedad. He visto Ancestral Visions of the Future, sí. Le he prestado la mayor atención, me he dejado llevar por sus imágenes, por el cuidadísimo e impactante diseño sonoro, pero aun así sería incapaz de resumirla si no es con sensaciones. ¿Hasta qué punto es real lo que Lemohang Jemeriah Mosese cuenta? ¿De qué modo la inusual puesta en escena condiciona mi mirada? ¿He visto un documental? ¿Un videoensayo? ¿Un poema visual? ¿O se trata más bien de una obra de videoarte? La verdad es que no lo sé, pero al fin y al cabo eso es algo que, en realidad, importa bien poco.

