‘Valor sentimental’, de Joaquim Trier. Hacerse el sueco (con los que más deberías querer)

Mi primer encuentro / encontronazo con el cine de Trier data ya de hace 15 años. Los que la visteis no la habréis olvidado: aquella Oslo, 31 de agosto que parecía una trasposición en imágenes de El grito de Edvard Munch, soneto triste a mayor gloria de ese vacío (cada vez más tangible) que caracteriza… pues eso que hemos dado en llamar “la vida moderna”. Otra loa a la desesperanza urbana, casi un género europeo en sí mismo.

Pero el éxito le llegaría a su autor con La peor persona del mundo; mucho más excesiva, mucho más neurasténica. Quizás nos desubicó un poco a los que lo considerábamos un alma en pena consecuente y mendaz, pero todo se le perdona porque le dio un papel a la altura de su talento a Renate Reinsve, una actriz estratosférica que se consagra definitivamente con Valor sentimental. Sí, ya sabéis de la que os hablo: de ese pedazo de Ingmar Bergman que aseguran que se ha marcado este director nacido en Copenhague.

De tanto repetirlo, quizás hasta haya perdido su significado profundo: “¡es un Bergman!” Vale, ¿y qué es exactamente un Bergman? Para Woody Allen eran películas en blanco y negro protagonizadas por neoyorquinos ensimismados que paseaban por un Central Park convenientemente otoñal. Para Mia Hansen-Love, un estado mental (o más bien una prisión mental) a la que se llega a través de la admiración, casi de la devoción barroca. Para Joaquim Trier es la catarsis (personal, siempre personal) a través del arte… sin importar mucho los daños colaterales resultado de tratar de alcanzar tan noble objetivo. Contando siempre, como cuenta el artista emocionalmente discapacitado que protagoniza este film, con el perdón más o menos dilatado en el tiempo que le acabará otorgando la propia familia, la principal cantera de damnificados sin derecho a compensación de ningún tipo.

No, no es contradictorio. Alguien capaz de hacernos emocionar hasta las lágrimas puede ser un humano antiempático, un trozo de carne de ojos, incluso un perfecto hijo de puta. Por lo mucho que sabemos del sueco Ingmar Bergman, se ajustó bastante bien a este tipo controlador y manipulador, convencido de que tenía derecho a una definición propia de la palabra libertad (alcanzada a costa de la de las demás, ya fuesen actrices, periodistas, pianistas, musas de temporada o admiradoras que aprendieron a distinguir demasiado tarde al hombre de su obra). Bergman coleccionó affairs e hijos con los que no trató siquiera de ejercer de padre, mientas su carrera se prolongaba sin interrupción a lo largo de las décadas. Un genio del cinematógrafo y un piltrafilla en el ámbito de las relaciones humanas.

Nora (sí, como la protagonista de Casa de muñecas) es una actriz en la cresta de la ola. Trata de lidiar con sus miedos (el pánico escénico, la incapacidad crónica para el compromiso) mientras es cada vez más consciente de que todo ello se remonta y tiene su origen, por supuesto, en los tiempos de una infancia siempre determinante. No ayuda la reciente muerte de la madre -la casa paterna nos habla de una larga enfermedad, de gritos y susurros, de horas del lobo, de secretos de un matrimonio, de prisión, crisis, rostros, carcoma e infidelidades- ni la presunta felicidad en la que se haya instalada su hermana, alineada siempre con el dogma del patriarca, esa caricatura de padre que (re)aparece de tarde en tarde, entre proyecto y proyecto.

El padre, la casa. Un protagonista por sustracción, una construcción omnipresente. El escenario de nuestros melodramas y el actor que estuvo de paso, representó un par de funciones y decidió fundirse a negro cuando los problemas apenas empezaban a manifestarse. Quizás un cobarde, quizás un desalmado, quizás un descerebrado. Pero aun así… su puñetero padre.

Su carrera como director está tocando a su fin. Le quedan las entrevistas, el peregrinar hablando de proyectos que ya solo son realidad en su cabeza, los homenajes en festivales de provincia, la socorrida botella y… Netflix. Un cheque en blanco (je) a cambio de prestigiar su catálogo de streaming y de sacarlo de la gran pantalla para encapsularlo en dispositivos bastardos muy por debajo del tamaño de su ego. ¿Pero acaso está en condiciones de elegir?

¿Y cuál será el argumento de su nueva película, esa en la que su nombre volverá a aparecer antes que el título? Alguna ficción apenas disimulada alrededor de su vida, por supuesto. Una falta de decoro -o fuente de inspiración, si os mostráis clementes- que ha dado como resultado algunas de las mejores películas de la historia del cine. Lástima que muchas veces sigan vivos algunos de los personajes apenas ficcionados. Lástima que tanto dolor -hermosamente puesto en imágenes- parezca la condición sine qua non para poder tener algo de lo que hablar. ¿Casualidad o regodeo? ¿Terapia o representación cruel?    

A Nora se le ofrece el papel protagónico, esa Nora que lleva media vida tratando de impresionar al hombre que nunca estuvo allí. Tarde, demasiado tarde. Bueno, no hay problema: siempre podrá hacer de ella alguna actriz estadounidense de método, una genuina profesional capaz de transmutarse en lo que diga el guion y dispuesta a aportar hasta un acento de pega, al más puro estilo Meryl Streep. La una quiere su Oscar y el otro demostrarse que todavía está en la brecha, que la decadencia -ya evidente en muchos de los que conformaron su equipo de colaboradores habituales- no va con él y su etílica circunstancia.

Gustav Borg (¿es necesario calificar también de excelente a un tipo tan colosal como Stellan Skarsgard?) es un verso libre, eso nos ha quedado claro. Capaz de regalarle a su nieto dos películas tan recomendables a los 10 años como La pianista (Michael Haneke, 2001) o Irreversible (Gaspar Noé, 2002), aunque yo hubiese redondeado el chiste incluyendo Rompiendo las olas, la obra maestra de Lars von Trier interpretada -hace ya 30 años- por el mismo Skarsgard. No le importan lo que digan de él… aunque no está tan claro que soportarse que dejasen de hablar de él.

La película, no conviene olvidarlo en ningún momento, está dirigida por un hombre. Y las conclusiones son aquí muy masculinas, incluyendo enormes dosis de comprensión (incluso una mirada enternecedora, digámoslo ya) hacia este epítome de lo que se entiende por “carrera exitosa como realizador”.  La crueldad de Joaquim Trier está muy bien controlada: nos queda meridianamente claro que considera que el talento le exime realmente de dar ulteriores explicaciones. ¿Para qué contar con el perdón de seres insignificantes a los que te unen difusos lazos consanguíneos si a lo que uno aspira es a la Eternidad?

Imagen del film Valor sentimental con Stellan Skarsgård

No me malinterpretéis: Valor sentimental es una película brutalmente deshonesta, brillantemente montada, excepcionalmente interpretada. Un espectáculo de cine adulto en el que pesan -¡por fin!- las palabras, los gestos, la intención, los movimientos de cámara, el orden en el que desfilan los planos. Tiene todo lo que tenía un Bergman, todo lo que ha hecho inmortales a ciertos arquetipos escandinavos que empiezan en el individualismo y terminan en el nihilismo como grito sordo de afirmación.

Su único ‘pero’ sería el vértigo que provoca en el espectador su total autoconsciencia; la de estar haciendo lo que se está haciendo, imbuido de un estado de gracia que le permite a su máxime artífice ser osado y sinvergüenza hasta el punto de alejarse del homenaje para caer en la recreación, casi en la ouija cinematográfica. ¡Qué delicia, que exaltación sádica y sonrojante del estilo propio y del arte al que uno está convencido de andar sirviendo!

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