‘Godland’, de Hlynur Pálmason. Ácratas y santurrones en el país de los Dioses ausentes

El viaje, la geografía extraña, la soledad que contagian las puestas de sol por donde no tocan. Ese tránsito entendido como camino de perfección, como poderosa (y dolorosa) ascensión en pos de cumbres que querríamos fuesen espirituales. Sí, hasta se han parido religiones con tan pocas premisas.

En lo literario también ha habido decenas de epifanías pendientes de rima. Diarios donde glosar ese periplo que comienza con alguien del continente arribando… a alguna isla, cualesquiera. Esa isla, de simbolismo obvio, terminará siendo una reclusión en lo sentimental, en lo vital, incluso delimitará el ámbito y el alcance de los sueños y de las ambiciones de partida. Vuelvo a las ínsulas indonesias de La locura de  Almayer (uno de los muchos relatos de memoria, encantamiento y sed de aventuras más allá de la jubilación firmado por Joseph Conrad), a aquella Tahipi. Paraíso de los mares del sur de Herman Melville (también la encontraréis como Taipi. Un Edén caníbal, un título-spoiler en toda regla) o a Voss (Tierra ignota), un novelón de iniciación y muerte en Australia, la isla-continente. La escribió el único australiano con el Nobel de Literatura, Patrick White, allá por 1957.

El director Hlynur Pálmason nos invita -con un preciosismo que tacharía de malévolo- a escuchar la confesión de un pecador consumado a un pastor vencido y sin rumbo, mecidos ambos por el paisaje sonoro diseñado por Alex Zhang Hungtai (quien fuera “apadrinado” por David Lynch en la tercera temporada de Twin Peaks, actuación en vivo incluida). Pero para llegar a esta catarsis ha hecho falta recorrer una tierra desarbolada y devolvernos a oscuridades dreyerianas, a abismos de fe bergmanianos. Lo logra, digo, con un filme-milagro en el que se presupone como genuina aventura, para empezar, el propio rodaje.

Si queréis acudir todavía más condicionados -¿de verdad estáis leyendo esta crítica antes de ver la película?- os diré que estamos ante un hermoso concubinato entre Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972) y Zama (Lucrecia Martel, 2017), con un tramo final pastoral y sedentario que parece invocar la luz de los cuadros de Hammershoi (gentileza del deslumbrante trabajo en el apartado cinematográfico (sí, la fotografía de toda la vida) de Maria von Hausswolff).

La propia formación del islandés Hlynur Pálmason deja constancia de esas extrañas relaciones de vasallaje escandinavo, de esos guiños a un pasado vikingo mancomunado. Estudió en una escuela de cine danesa y de sus tres películas, dos han concurrido a festivales y selecciones bajo la bandera de Dinamarca. Y sin embargo…

… y sin embargo hay algo de orgulloso paseo colonialista en los preparativos del viaje de Lucas, joven pastor danés, antes de adentrarse por tierra en su futura parroquia, todavía por erigirse. Quizás la juventud se alía con la soberbia de un hábito que está convencido debe cambiar la consideración que se merece ante sus semejantes. Pero no imagina que en esa Islandia de la que nadie sabe (más allá de los comentarios despectivos que le dedica su mentor), el respeto hay que ganárselo y repartirlo entre dioses y hombres.

Su cicerone, su guía del desfiladero, será un tal Ragnar. Un nombre que es toda una declaración de principios: evoca (más allá de su existencia real o no) a uno de los primeros paganos que además de sembrar de hijos aventureros las sagas nórdicas… acabó siendo víctima de las primeras oleadas de predicadores (tan persistentes como proselitistas) cristianos. ¿Abrazó la nueva fe? ¿Optó por un sincretismo imposible entre aquel Dios que presumía de único y el panteón liderado por Odín?

Tampoco desdeñemos la simbología asociada al nombre de Lucas. Tirando de iconografía (y perdón, porque nos movemos en territorio protestante) a este evangelista se le suele representar como pintor, y eso es lo que hace en el film: retratar con su cámara primitiva a quien elige y se deja. También se le suele simbolizar como un toro alado… y deberemos de aguardar dos horas para verlo embestir.

Lucas es un imberbe, un naif, un imperialista con la Biblia bajo el brazo. Pero sobre todo es un tipo inseguro, que compensa con salidas autoritarias su eterno aire dubitativo (esas uñas devoradas, ese aire contrariado cuando alguien no le trata con lo que él supone que debería de ser “el debido respeto”). Ragnar -que quiere hacernos creer que apenas sabe danés- puede ser tratado como un nativo inculto, como un salvaje ateo… pero lo cierto es que su concurso es imprescindible para que Lucas logre alcanzar el otro extremo de la isla y erigir allí su iglesia antes de la llegada de las nieves.

Un duelo silencioso entablado entre el habitante histórico de Islandia y el colono, en este caso el ciudadano de una Dinamarca que ejerció de facto un protectorado sobre la isla hasta finales de la Segunda Guerra Mundial. Lucas tiene por fin la oportunidad de ejercer la libertad, un libre albedrío que se quedará en bien poca cosa confrontando con los elementos: un tiempo cambiante, unos cursos de agua traidores, volcanes amenazantes… Ragnar, irónico y sagaz, se deleita a su manera viendo la caída de un hombre endiosado y condenado por su evidente desconocimiento del medio. Ese en el que Ragnar es dueño y señor. “¿De qué le servirán aquí sus libros?”.

Una primera parte que cala hasta los huesos: junto a los protagonistas, quedamos empapados por esa lluvia persistente y ese viento sibilante que substituye al silencio de Dios. La mañana les sorprenderá a ambos en actitudes confrontadas: Ragnar descalzo y ejercitando el cuerpo, Lucas entumecido y murmurando sus oraciones por lo bajines. Si es que todavía las recuerda.

No debía de hacer tanto tiempo de la publicación de El origen de las especies (1859) y cualquier ser humano al que se le obsequiaba con el regalo de un viaje estaba dispuesto a convertirlo en una odisea contemplativa, en ese camino de exploración y autoconocimiento del que hablábamos al comienzo. Junto a su intérprete y amigo, Lucas se imagina protagonista de un cuadro de Friedrich, oteando el horizonte (exento, eso sí, de ruinas románticas) y reivindicando su lugar en el mundo. Un lugar al que solo puede acceder de prestado, con el engañoso Poder que le concede ser portavoz del Misterio.

Más muerto que vivo, Lucas arriba a la meta. Allí le aguardan un prohombre y sus dos hijas, exigua muestra de las fuerzas vivas de la región. Por el camino lo ha perdido todo, incluida la fe. Es un hombre derrotado, a merced no tanto de las circunstancias como de los hombres. Su retraimiento crónico ya no puede apelar a ningún ente superior. No hay milagro posible a través de la Palabra.

Pero la aventura -poco novedosa para él- también ha cambiado a Ragnar. Porque llegado al poblado e integrado en sociedad, de nada le sirven sus habilidades de lobo estepario. El superviviente se reconoce como un hombre poco mañoso, torpe en el trato con sus semejantes. Capaz de apelar al elemento dionisíaco a través de la música, sí, pero incapaz de participar en los ritos de la comunidad. Y la religión (la luterana, impuesta siglos ha) es uno de ellos.

Ragnar comienza por el principio: su acto de contrición es básico, garrulo, directo. Pero no deja de ser un deseo de penitencia, el primer y único éxito de la hégira pastoral de Lucas… y que llega demasiado tarde, porque este ya no se encuentra en condiciones de dispensarle el perdón. Ni a él ni a nadie.

La terrible conclusión de Godland haría las delicias de Kierkegaard y Nietzsche. En la tierra de los Dioses (el lugar del mundo donde más empoderada se halla la Naturaleza, donde más sentido tiene profesar el panteísmo) no hay lugar para los evangelistas de nuevo cuño. Sólo les aguarda un sino: reintegrarse en ese ciclo vital que parecen despreciar, ya sea en las estribaciones de un glaciar en perpetuo retroceso o en los rompientes que delimitan un océano impenitente.

La perversidad de los hombres malos (que saben que lo son) y la de los pretendidamente buenos (por falta de imaginación, de estímulos o de oportunidades) encuentra así un mismo epílogo, bendecidos por el aliento pútrido que emana de cráteres catedralicios. Pulvis es et in pulverem reverteris

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