D’A FESTIVAL DE CINEMA INDEPENDENT DE BARCELONA 2023 (III)

Somos violencia

Dos de las películas estrenadas este año en el D’A provienen de Colombia, y más allá de la mera coincidencia geográfica, podríamos decir que ambas reflexionan de algún modo sobre la violencia, sobre su origen y sus consecuencias en la sociedad contemporánea, no solo colombiana, sino de todo el mundo.

La primera de ellas, La Jauría, fue presentada en la Semana de la Crítica de Cannes y estuvo nominada a los Goya como Mejor Película Iberoamericana. El cineasta Andrés Ramírez Pulido, director de los cortometrajes El Edén (2016) y Damiana (2017), continúa reflexionando sobre la juventud y la violencia, y nos presenta una ópera prima oscura y elíptica ambientada en un centro de menores en lo más profundo de la selva colombiana. Allí cumple sentencia Eliú, un adolescente condenado por asesinato junto a su mejor amigo. Tanto él como el resto de condenados pasan las horas entre trabajos forzados para rehabilitar el ruinoso edificio, reconstrucciones fallidas de la escena del crimen, experimentales terapias religiosas de grupo, sesiones de yoga, castigos de sus superiores y zambullidas en la antigua piscina de un narco. Conversando en slang con el resto de reos sobre todas esas posibilidades que la vida no les dio y soñando con una vida mejor, con una vida en libertad. Jóvenes drogadictos, alcohólicos, estafadores y asesinos que no han tenido mucha más opción que sobrevivir a golpe de navaja en un contexto salvaje y hostil.

El filme de Ramírez Pulido no es fácil ni complaciente en absoluto. El retrato descarnado que el director hace de una sociedad sumida en una espiral de agresividad dificulta la empatía hacia los protagonistas por parte del espectador, y el uso continuado de las elipsis provoca una desubicación intencional que puede llegar a incomodar. La selva, tan despiadada como sus habitantes, tan semejante al infierno, se nos muestra como un lugar inhóspito del que los personajes no pueden huir, como un reducto al margen del tiempo. Eso, unido a la escasez de referentes temporales, hacen que en La Jauría sea constante una cierta sensación de atemporalidad, haciendo así referencia –voluntaria o involuntariamente– a la omnipresencia de la violencia a lo largo de los siglos. Esa misma violencia que ya retrató de un modo similar Alejandro Landes en la perturbadora Monos (2019). Esa misma violencia que les tiene preparados a los protagonistas de La Jauría un aciago destino. Esa misma violencia que se ceba con las clases sociales más bajas y que solo en contadas ocasiones decide darles algo parecido a una oportunidad.

Imagen del film La Jauría visto en el D'A

Ganadora del Premio Zinebi en el Festival de documentales y cortometrajes de Bilbao, del Premio Fipresci en el Festival de Gijón, del Golden Dove en el Festival de Leipzig, del Premio Feisal en el Festival de Mar de Plata o de la Mención Especial del jurado en el Festival de Venecia. Estas son solo algunas de las credenciales del apabullante debut en el largometraje de Theo Montoya. Una película híbrida en todos los sentidos, un film que transita entre el documental y la ficción, entre la autobiografía y la pesadilla, entre los vivos, los muertos y los fantasmas. Fantasmas que son, sin duda alguna, los protagonistas de Anhell69. Ocho de las personas que aparecen en el film han fallecido a lo largo de los cinco años de rodaje. Personas que se han suicidado, han muerto de sobredosis o han sido asesinadas. Personas víctimas de una violencia endémica que recorre las calles de Medellín y no respeta sueños, ilusiones o proyectos de futuro. En esta obra, tan poética como desconcertante, tan lisérgica como trágica, los fantasmas hablan a la cámara antes de serlo. Responden a las preguntas de un casting para una película que no sabemos si alguna vez existirá. Cuentan sus filias y sus fobias, sus pasiones, sus miedos. Brillan por su ausencia, eso sí, los planes de futuro a largo plazo. ¿Quién puede hacer planes a largo plazo en un lugar así? La muerte llegará cuando menos se la espere y acabará con todos esos planes, soplando para derribar ese precario castillo de naipes que ciertas personas parecen no tener derecho a construir. Por eso es mejor no hacer planes y limitarse a vivir el presente como si no hubiera un mañana. Y entre los asistentes al casting, Camilo Najar. Joven andrógino y frágil que causará un impacto imborrable en el director y que será el primero en desaparecer en este réquiem, en esta historia de ciencia ficción queer en la que la espectrofilia es castigada con la muerte.

Pero Anhell69 no es solo una película sobre fantasmas, es también una contundente reflexión sobre la identidad. En concreto, sobre todas aquellas identidades disidentes distintas a la hegemónica. Identidades trans, fluidas, que rehúyen el binarismo y buscan su lugar en un mundo convulso y violento que tiende a expulsarles hacia los márgenes. Voces que nos (de)muestran que el mundo no es homogéneo ni uniforme, y que justamente por eso merece la pena luchar por él. Voces que han permanecido silenciadas durante mucho, demasiado tiempo. Voces que merecen un altavoz como Anhell69, un film sincero y desgarrador, realizado desde las entrañas de un Medellín convulso. Sin duda, una de las mejores y más arriesgadas apuestas este año en el D’A Film Festival.

Imagen del film Anhell69 visto en el D'A

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