Caída y auge de dos Imperios: ‘Una casa llena de dinamita’ y ‘A la deriva’

El cine -sí, incluso el que llega a estrenarse- continúa siendo un testimonio bastante fiel de nuestro tiempo. O de los tiempos que les tocan vivir a sus directores, si se da la afortunada circunstancia de que además les apetezca hablar de los mismos.

A un lado del cuadrilátero sitúo a Jia Zhang-ke, camino de convertirse en el último clásico (todavía incorruptible) del cine chino. No es ni el más visto ni el más moderno… pero quizás por eso mismo puede seguir yendo a la suya en un país donde el individualismo y el ejercicio del libre pensamiento puede acarrearle graves consecuencias a la salud.

Al otro lado del ring, Kathryn Bigelow, nacida una generación antes y una de las tres únicas mujeres galardonadas con el Oscar a la mejor dirección. Su cine nunca se ha caracterizado precisamente por la militancia o el interés en despertar conciencias, aunque ahí quedan la impactante Detroit (2017) o la pesimista (y ahora podría decirse que visionaria) Días extraños (1995). Del escapismo cool de Los viajeros de la noche (1987) o Le llaman Bodhi (1991) a convertirse en la cronista oficiosa del U.S. Army (En tierra hostil (2008), La noche más oscura (2012)). Películas todas ellas notables, visualmente absorbentes… y sin claros posicionamientos morales (tampoco vayamos a incomodar a esa (muy armada) mayoría silenciosa).

No me cabe la menor duda de que su supuesta libertad creativa también debe de haberse visto afectada por la realidad política de su país y quién sabe si hoy en día ya estará igual o más condicionada que la de su colega de profesión chino. El caso es que aquellos thrillers contundentes -y también algo plúmbeos- de los 90 han dado paso al narrar sosegado y frío de supuestas hazañas bélicas que sólo lo fueron en el imaginario estadounidense. En Una casa llena de dinamita la Bigelow se aleja de la primera línea de batalla en guerras desiguales (tal es la abrumadora diferencia tecnológica) y nos devuelve al miedo atómico, a la devastación sin confrontación directa, a la deflagración niveladora y definitiva.

El subconsciente -siempre tan perverso- me dice que el director chino que estaría realmente a la par en este símil pugilístico sería Zhang Yimou. Por grandiosidad y loas nada sutiles a sus respectivos países, quiero decir. Aunque nuevamente sería injusto: Yimou ha terminado siendo un vocero de los parabienes del régimen, mientras que la Bigelow, al menos en esta su última película, introduce una duda razonable…

¿Qué pretendo juntando al muy independiente Jia Zhang-ke y a la muy comercial Kathryn Bigelow? Quizás quintaesenciar el cambio de tendencia global, ese testigo como líder de la economía global que China recibirá a regañadientes de parte de unos Estados Unidos desquiciados, incapaces de sobrevivir a esta segunda ronda de autosabotaje plutocrático.

En este 2025 ambos han levantado acta del precio exacto que tiene el ejercicio del poder absoluto sobre sus respectivos conciudadanos. Ese tipo de poder omnívoro que fuerza al desplazamiento forzoso de centenares de miles de personas para construir la gigantesca presa de las Tres Gargantas y del que Zhang-ke lleva haciéndose eco un cuarto de siglo. O esa soberbia de libertino ágrafo que lleva a hacer creer a 340 millones de estadounidenses que un escudo de defensa bautizado con nombre de hit hollywoodense les protege infaliblemente de cualquier vendetta termonuclear.

Zhang-ke vuelve al escenario del crimen. A la deriva parece estar hecha de hermosos descartes de algunas de sus películas anteriores. Con ellos glosa la mayor odisea de finales del siglo XX y principios del XXI: ese gran salto adelante (ahora sí) que ha permitido a China volver a recordarnos que junto a Mesopotamia, Egipto y la India… fue la primera civilización mastodóntica merecedora de tal nombre. Y que han vuelto.

Pero Jia Zhang-ke nunca ha sido de hagiografías nacionalistas. Sus antihéroes son las víctimas de esta reconversión, del “un país, dos sistemas” que sacó a millones de la situación (técnica y estética) de extrema pobreza, pero condenó a otros muchos a un vagar sin rumbo por entre las ruinas anegadas de… ¿la modernidad?

En su cine el capitalismo genera muchos más monstruos que la razón. The World (2004), Naturaleza muerta (2006), Un toque de violencia (2013) o Ash is Purest White (2018) están repletas de aquellos que deciden adaptarse -rebajando, digamos, sus estándares éticos- y aquellos que no. Ninguno triunfa: ni el neo-yuppie mafioso ni el proletario nómada que se cree inmune al cambio de paradigma. Las suyas son historias de ambición o de rendición incondicional: tanto les va a dar. La gran ola arrasará con todo y los neones que engalanan las megaurbes del gigante asiático se alimentarán de ese agro desangrado, movilizado, exiliado a perpetuidad.

Para la Bigelow, el capitalismo era más bien un terreno de juego. Atracas bancos, buscas nuevas drogas que te permitan vivir experiencias límite, te haces desactivador de explosivos para sentirte vivo. Es casi la broma infinita de Foster Wallace: un nihilismo al que se llega por mero aburrimiento (los personajes de Zhang-ke no tienen tiempo para vicios primermundistas: suficiente tienen con tratar de sobrevivir).

En Una casa llena de dinamita la broma ha dejado de tener gracia. Algunos hombres malos son más que suficientes para provocar una hecatombe nuclear. Claro está que la cosa tiene trampa: la cinta nos evita presenciar las consecuencias, esas que mostraba -¡con ironía y sorna!- el recién desaparecido Peter Watkins en El juego de la guerra (1965). Aquí se apuesta por el suspense anticlimático y los puntos de vista múltiples, aunque ninguno le aporte grandes novedades a la narración. Y es que puestos a crear una tensión insoportable… ¿qué tal aquella maravillosa Punto límite (1964) de Sidney Lumet, con un Henry Fonda capaz de inmolar a la mismísima capital del mundo con tal de apaciguar a la muy agraviada Moscú? A Lumet le bastaba con un cuartucho y un teléfono (suponemos que rojo, aunque se rodó en blanco y negro) para comunicarnos esa angustia infinita que en el cine de Bigelow necesita de pantallas gigantes, caravanas de coches oficiales, teleconferencias a muchas bandas e inminentes dramas familiares (¿qué familia? ¡Si se pasan todo el día trabajando!) sin posibilidad de conexión emocional con un espectador más aturdido que compungido. 

Si hace unos años Netflix -por mediación de Adam McKay- nos pedía que no mirásemos arriba -total, solo era un meteorito en trayectoria de colisión directa con la tierra-, ahora nos insta otra vez a que nos angustiemos con la palmaria ineptitud de nuestros gobernantes. En aquél entonces se había abierto un paréntesis entre los dos desgobiernos de Trump y todo parecía haber sido un mal sueño sin consecuencias. Ahora… ahora ya no.

Bigelow nos habla de unos EEUU asustados, pero empeñados en seguir adorando al líder, al que lo logra, a quién llega… donde sea, como sea. La ineptitud se le presupone, como a todo Emperador romano aupado en tiempos de crisis… pero ese ya no es el asunto. Lo importante es que está en condiciones de tomar todas las decisiones equivocadas que tenga a bien, porque… ¿porque no es esa la base de su democracia?

Para la China de Zhang-ke el problema no es el sistema, conocedor como siempre ha sido de que cualquiera que sea el perro acabará con idéntico collar al cuello. Sólo le queda componer elegías a los que se quedarán por el camino para conseguir esa preeminencia que solo es orgullo y constructo épico.

Dos Imperios (uno en franca decadencia, otro en clara ascensión) se miran cinematográficamente, se reconocen y se dan el pésame mutuamente: uno clase media nace mientras otra colapsa.

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