‘Así llegó la noche’, de Ángel Santos Touza. Estados de excepción.
Antes de que la temporada cinematográfica hasta la mar os lleve por valles y barrancas, impelidos por los abanderados de un supuesto éxito ¿patrio? en ese festival francés donde te consagran por turnos, quiero anotar en mi cartera la gracia de una rama verdecida que nos llegó, meses ha, de donde la tierra (decían) que terminaba.
Los amores jóvenes del director gallego Ángel Santos ya no lo son tanto. Pero el campo de batalla sigue siendo el mismo que el de Las altas presiones (2014): el pasado, las aspiraciones truncadas, nuestro lugar en un mundo… en descomposición. Quizás, también, nuestro derecho a seguir cultivando quimeras adolescentes.

En esta entrega Santos perfecciona todos los mecanismos que ya sabíamos funcionaban en sus baladas solipsistas: ensimismamiento, reivindicación de la propia voz, ostracismo de motu proprio y, por qué no, hasta cierta esperanza tras el naufragio.
En la noble tradición de las películas escindidas, arrancamos de la mano de un aspirante a personaje. Si los hombres de Truffaut se enamoraban del amor, los de Ángel Santos se regodean en el desamor, en lo limitado de sus perspectivas vitales. Tanto da cómo hayan llegado hasta ahí: si revestidos de cierta legitimidad moral o como meros Quijotes trasnochados. Están solos y lo van a estar más.
El símil genérico lo acabará estableciendo la protagonista del segundo tramo de la historia. El western, sí. Hay taberna, hay indios en moto, hay grandes horizontes que se han ido estrechando. Y hay un hombre sin nombre, un pistolero desencantado que recala en ese pueblo ideal que lo es por una sola cosa: nadie lo conoce.
También hay un chamán, un Roberto Bolaño que escudriña el mundo (y saca sus conclusiones) desde su privilegiada atalaya como guardia de un camping (a las afueras, siempre a las afueras). Invisible también por propia voluntad, pero frecuentado por nuestro anti-Ulises empeñado en reconocerlo como… ¿un igual?
No, media vida les separa. El uno ha vivido y se ha equivocado hasta la extenuación. El otro sencillamente tiene demasiado miedo a resultar herido. El aislamiento de nuestro literario y jubilado capitán Ahab (no tanto porque persiguiese ballenas albinas como por su tendencia a sus aforismos pararreligiosos, mierda mediante) llega tras haber pasado su correspondiente temporada en el infierno. Nuestro escultor, por el contrario, luce barba premeditada, mirada huidiza y timidez por pura desidia.

Y prisas, demasiadas prisas por descubrir los secretos primordiales que todos escondemos bien adentro. Su cicerone por el tercer círculo dantesco le advierte: esto conlleva años de escucha, de monosílabos, de comprender sin atisbo de misericordia. Y es que el zagal no ha conocido todavía ese “horno” -casi en el sentido del infierno musical de El Bosco- del que le habla su bragado contertulio. Ese punto de no retorno, esa caída del caballo que no te lleva a ser una mejor persona… pero te cambia para siempre. Mientras tanto nuestro pequeño saltamontes deberá de contentarse con otro galimatías bien poco zen: esa fructosa y esa coyunda que terminan por ser el binomio existencialista por antonomasia. O no.
…y en estas que aparece ella. Su némesis, no necesariamente su primer amor. Alguien por quien hubiese merecido la pena luchar si uno no fuese tan… tan uno. Frente al artista ensimismado que entiende como claudicación cualquier escaparate público, la profesional que emigró y vive (holgadamente) al otro lado del mundo. ¿Vendida? Ni más ni menos que él: frente al conformismo y el miedo, la valentía del salto al vacío, aunque sea a costa de regalarle tus mejores años a otra institución elitista norteamericana.
Pocas veces el cine de Santos había resultado tan luminoso. Su encuentro apenas cubre una tercera parte del metraje, pero nos permite descubrir otro tipo. Frente al silencio de los primeros compases de la película (el ir y venir al taller, el escarbar entre los materiales de construcción desechados, el no contestar a las llamadas telefónicas), el súbito esplendor del sentirse querido, arropado, escuchado, vilipendiado. El Otro irrumpe en su micro universo estrictamente controlado y lo trastoca todo.
Otro día concluye. Un día al que uno -tan huraño, tan nihilista de salón, en realidad… tan pagado de sí mismo- fácilmente podría llegar a acostumbrarse. Pánico ante la tentación burguesa. Nuestro escultor sale descalzo a la noche, esa noche en la que está dispuesto a adentrarse y perderse, sin importar las consecuencias.
Nuestra turista accidental -nuestra romántica empedernida, que no se cruza el Atlántico por ninguna otra razón- despierta sola y sin ninguna explicación. Aunque la intuye. Ella ha sido el empujón final, el ‘horno’ en el que se ha adentrado nuestro moldeador de sueños (con o sin torno). No puede entender sus razones, aunque acabará por respetarlas. Su camino es otro, aunque no se engaña al respecto: será igual de poco venturoso, repleto de decepciones y fracasos programados y, como tales, remunerados en consecuencia.
Pero hete aquí que experimenta, sin comerlo ni beberlo y gracias a su repentino estado de abandono, un nuevo impulso creativo. Quizás ese fuese el secreto que tan celosamente guardaba su pésimo anfitrión: la recompensa que se halla en el silencio, en el desarraigo, en el no conocer a ninguna persona por su nombre. Cuando en lugar de vivir no te queda otra que… ¿jugar al legado, a habitar en la memoria de tus paisanos, a la eternidad contrita?

Sin epílogos tendenciosos ni enervantes finales-poema, Así llego la noche concluye como esa pieza de cámara que es. Dos solistas que se encuentran por un breve espacio de tiempo, refuerzan sus votos (él: la filantropía y el trote cadencioso al atardecer; ella: el teatrillo de las querencias y la salvadora fe en el prójimo) y continúan sus caminos, superando o regodeándose en una pena que parece tentarles morbosamente.
Un último apunte, quizás un deseo decadentista acorde con este nocturno en tierra quemada. Las heroínas en tránsito y los Percevales masoquistas de este cine galego que ya sólo es novo para los desinformados quizás se merezcan segundas y terceras oportunidades al estilo de los Antes de… de Richard Linklater. Piénsalo, Ángel, y devuélvenoslos dentro de una década, a ver cómo se han dejado violentar por una vida que -eso al menos ya lo tienen claro- no se parecerá en nada a la que habían imaginado.
