Obsesiones (masculinas) de trastienda

Dos directores veinteañeros han revolucionado lo que va de temporada con dos películas de terror anticonvencionales y perturbadoras. Hablo, claro está, del Kane Parsons de Backrooms y del Curry Barker de Obsession.

Ambas parten de dos fantasías adolescentes, de esa adolescencia que no hace tanto que han dejado atrás ellos mismos. El mundo convertido en un conjunto infinito de habitaciones / pantallas que hay que transitar / superar y la novia “perfecta” conforme al ideario de alguien que ni conoce ni tiene la más mínima intención de conocer al sexo opuesto. En realidad, dos fugas: un lugar en el que jugar y explorar sin parar y la creación frankensteiniana de esa persona que beberá los vientos por nosotros de manera incondicional, atentando por definición contra lo que significa la entrega genuina a otro. 

Los dos protagonistas son inadaptados vocaciones, seres antisociales que se regodean en su aparente desgracia. Clark, un arquitecto condenado a vender muebles de pésima calidad y Bear, un pagafantas traumado que no entiende por qué no le quieren, con lo buena persona que es. Así que cuidado con lo que deseas…

Los dos verán cumplidas sus respectivas quimeras: un espacio complejo e ilegible, imposible de racionalizar y una mujer supuestamente pluscuamperfecta (conforme a la mitología incel); de las que no rechistan, te esperan en casa cuál perrito faldero y están siempre dispuestas a calmar tus delirios lúbricos.

Así que quién nos lo iba a decir: estos dos barbilampiños han abierto dos sendas interesantísimas alrededor de dos temas que han conocido infinidad de acercamientos desde el ámbito de la comedia o el thriller condescendiente y aleccionador. Hay elemento sobrenatural, macguffin descomunal para plantear las dudas metódicas que les interesan: la pared fluida que sirve de entrada a otra manifestación del multiverso y el dispositivo aparentemente banal pero que permite materializar cualquiera de nuestros sueños. Ambos constructos contienen por supuesto un montón de letra pequeña que ninguno de los dos se molestará en leer previamente.

Imaginaos poder franquear a sentimiento un edificio hostil pero fascinante, concatenado de habitáculos que parecen happenings o restos de performances abandonados en las impolutas salas del museo de arte contemporáneo de vuestra elección. Nuestro antihéroe se acerca a ellos desde el miedo y el respeto, consciente de que son los restos de un naufragio… ¿pero de qué naufragio? ¿El de una civilización al completo o el de un individuo fracturado y mentalmente irrecuperable?

La existencia de una amenaza indeterminada sirve de acicate, de catalizador de una aventura que consiste en sumirse en la extrañeza. ¿Me están advirtiendo para que no traspase este umbral o me están invitando a hacerlo? Y… ¿qué aberración me aguarda al final del pasillo? ¿Una explicación a este plan maestro psicopático u otra manifestación de la broma infinita? Poco importa, porque mientras uno deambula por estas prisiones de Piranesi (¿o son actualizaciones incompletas del infierno musical de El Bosco?) puede permitirse no pensar en lo inmediato, en esa realidad alienante que nos recuerda -por acción u omisión- que no estaremos nunca dónde uno vez dijimos querer estar.

El protagonista de Obsession se llama Bear y la verdad es que a priori y sin conocerlo mucho, sí que parece achuchable cuál osito de peluche. Está perdidamente enamorado -bueno, eso cree él- de Nikki, una colega de toda la vida para la cual solo es… pues un colega de toda la vida, nos tememos.

He aquí la primera perversión: del lenguaje y de mis expectativas heterosexuales. “Nos tememos”, he escrito. ¿Y por qué? ¿Qué hay de malo en que la amiga continúe siendo sólo eso, una amiga? Nada, pero una nada imposible de asumir por quien quiere ver cumplidos a toda costa sus fantasías de posesión y que no duda en echar mano de un hechizo que no admite marcha atrás. Desigual pulso entre la honestidad y la lujuria en solitario: por supuesto que acabará imponiendo su voluntad, sin tener en cuenta la de la persona a quien dice amar.

Pues sí: la excusa rocambolesca y cruel con la que uno obtiene lo que quiere importa. Porque lo que para él supone una teórica bendición, para la otra parte no es sino… una terrible maldición. Que se ejecuten al completo los deseos de uno conlleva implícito el negarle el libre albedrío a la(s) víctima(s) de nuestras querencias imperiosas. La cosa deja de tener gracia: Obsession es una inteligentísima demostración -por reducción al absurdo- de lo importante que es el consentimiento en el ámbito de las relaciones humanas.

Nikki es un títere sin vida, con escasos instantes de desconexión entre su nueva normalidad (constituir un mero apéndice de otro ser humano) y el recuerdo de su verdadero Ser. La esquizofrenia es total: Nikki sólo puede odiar hasta lo más profundo a ese tipo pusilánime que la ha convertido en su esclava, en su sirvienta inanimada. Sin merecerla ni someterse al juicio de ella, huyendo de cualquier atisbo de sinceridad.

Paralelamente, Clark arrastra a su infierno de tramoya y superyos en cuarentena a Mary, su psicoanalista. Ella también está lejos de su mejor momento: se dedica a explotar las debilidades humanas en audiolibros que convierten su profesión en poco más que recetas recopiladas sin orden ni concierto, tan propias de la literatura de autoayuda. Ambos acabarán compartiendo mesa (al más puro estilo Hannibal) y descubriendo que esas puestas en escena surrealistas en salones amarillentos con iluminación indirecta son, ni más ni menos, proyecciones especulares de sus miedos más inconfesables.

El resultado final solo podía subscribirse al ámbito del terror psicológico con arrebatos gore, atildado retrato del ritmo de los tiempos. La sangre resulta aquí un elemento purificador a todos los niveles: es todo lo que queda de nosotros en ese lento viaje hacia el centro de la tierra, ese ser absorbidos por el Olvido y la Desesperación. Bear descubrirá -¡por fin!- que Nikki jamás será suya, por la sencilla razón de que ha elegido utilizar la violencia (mental) para hacerse merecedor de sus favores. En justa correspondencia Nikki arrasará con su ya bastante reducido mundo: amistades, trabajo y esa imposible paz espiritual que no podrá reclamar, finiquitada por su egoísmo inmaduro y fatal.

Dos veinteañeros, dos, hablándonos con una sorprendente madurez de la depresión, del amor y de las consecuencias de nuestros actos. El placer lo es cuando surge de una negociación, de un entendimiento. Y el pasado no puede encerrarse en ninguna habitación del pánico, como si fueran enseres inanimados puestos bajo llave. Ambos, a su manera, contradicen todos los tópicos que acumulamos sobre su generación y lanzan un grito en favor del diálogo sin tabúes, de la puesta en común de pareceres, de olvidarse de la infalibilidad del propio juicio y escuchar, escuchar y actuar pensando más allá del beneficio propio.

Abandonar las trastiendas mentales y dejarnos de obsesiones que apenas alcanzan para enmascarar nuestras miserias de machitos contrariados.

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