Carlos Pérez Siquier. Esta España mía, esta España nuestra

El almeriense Pérez Siquier (1930-2021) está siendo objeto de una retrospectiva en el centro de fotografía KBr de Barcelona (y bien poco que le queda: ¡hasta el 24 de mayo tenéis!). Fijaos bien: me parecieron tan potentes las imágenes expuestas que olvidé el supuesto papel de telonero que representaba, llevando como llevaba la muestra principal el apellido de un tal Evans, Walker Evans. Pero… ¿¡quién demonios fue este figura!?

Hablar de Siquier es hablar de este país y hacerlo sin complacencia alguna. Lo de él tuvo más mérito, claro, porque lo hizo cuando uno no podía disparar con intenciones explícitas, cuando el hombre tras la cámara debía tener mucho cuidado con aquello que inmortalizaba. Su trabajo abarca desde mediados de los años 50 hasta la segunda década del presente siglo y va de lo colectivo -casi de lo psicopatológico- a lo personal e introspectivo.

El barrio de La Chanca, a priori, sonaba a periferia, a miserias compartidas y marginación en ciernes. ¿Qué núcleo urbano de la España del desarrollismo no contaba con uno de estos contubernios urbanos caracterizados por el amontonamiento y la precariedad? Hubiese sido relativamente sencillo acercarse a él desde un enfoque grandilocuente y pictórico, contrastando dramáticamente los rostros quemados por el sol y las casas encaladas. Pero no, esta serie no estaba pensada para consolidarlo en lo profesional, ni ponerlo en el radar de un (inexistente) mercado del arte nacional en lo que a su disciplina se refería -de hecho, no cobra su importancia actual hasta su “redescubrimiento” en el año 2001-. Pérez Siquier demostró que aquellas figuras y aquella geografía reinventada a golpe de espátula y maceta merecían un acercamiento luminoso que destacase su unicidad, sin intención moralizante alguna.

Sábanas al viento, niñas en el umbral de sus viviendas, gatos negros, capazo bajo el brazo, infante al costado, espíritu callejero, una pelota, brazos en jarras y orgullo de comunidad superviviente. La Chanca no fue “una oportunidad” y nada más: se trató de un lugar seguro en el que el fotógrafo se encontraba a sus anchas y al que volvió posteriormente no tanto para glosar transformación alguna como para reencontrase con amigos y conocidos.

Una declaración de principios: frente a la futura Almería colonizada por aquellos europeos que sí sabían lo que era la sociedad del ocio, frente a la Tabernas de tiroteos de pega, caballos relinchando tras ser tironeados por el bocado y subproductos coproducidos para menor gloria del western, su tierra y sus habitantes. Nada más. En bruto, sin maquillar, tirando -cierto es- de una estética neorrealista que no se quedó en los clásicos cinematográficos de los De Sica, Rossellini o Visconti. Es más, puestos a encontrarle referentes transalpinos, este primer Sequier me recuerda al Passolini de Accattone (1961). Hay algo de picaresca ensalzada, de elogio del buscavidas y del arrabal inmortal; porque sí: el mismo derecho tiene a llamarse ciudadano el que vive en la calle principal que el cavernario que le robó su alojamiento a la montaña.

Más allá de lo figurativo, digamos, Sequier utilizó también aquel paraje como campo de experimentación abstracto (Informalismos, 1965). En sus humedades, en sus paredes desconchadas, hasta en sus muros semiderruidos se podían encontrar odas al expresionismo abstracto, Rothkos de sol y grana.

¿Un solitario, un archipiélago en sí mismo? No señor: Siquier quería conocer a otros que compartiesen su búsqueda, una vanguardia desperdigada más allá de los referentes capitalinos. Y la buscó a través de la creación y dirección de la AFAL (Asociación Fotográfica Almeriense), a la que acabarían adscritos contemporáneos con los que compartía tantas filias como los Subirachs, Català-Roca o Maspons.

Guste o no, el Sequier más conocido es el que inmortalizó las playas del litoral de su provincia. Abandonando aquél blanco y negro que lo mismo nos retrotraía a Las Hurdes (filmada sin mala uva), que a las malas calles de la Barcelona de Joan Colom, desembarcamos a todo color entre dunas, chiringuitos y quemaduras de primer grado. Bienvenidos al origen del todo, a aquellos barros que trajeron estos lodos. En nómina del Ministerio de Turismo (como agente libre) aprovechó su ubicua condición para catalogar aquel bestiario sin parangón.

Qué decir cuando una imagen -pero de verdad, ¿eh?- agota cualquier intentona de descripción a través del verbo. Aquella España tardofranquista veía, deslumbrada, cómo bajaban hasta la península gentes más esbeltas, posiblemente mejor alimentadas e indudablemente dotadas de esa libertad teórica y formal llamada sufragio universal. Pero Sequier no se centrará en aquellas valquirias socarradas ni en aquellos vikingos que consumían la cerveza por galones, qué va. El contraste y el pandemónium es tal, que aquí su acercamiento solo puede tacharse de… perverso.

La playa (1972-1980) es un catálogo de desinhibiciones que rondan la vergüenza ajena: hombres y mujeres de naturaleza totémica y desbordante, paredes-reclamo, toallas-mortaja, lagartos humanos, bronceados chernobylianos, marabunta feísta, nadería, abandono, aceites y pescaíto frito a 40 grados a la sombra. Es lo que somos, así que tampoco tenemos mucho derecho a mirar hacia otro lado: el Spain is different reducido a cenizas, sangría, decorado de cartón piedra, malagueñas, exotismos bizetianos y unas bravas, bitte.

Trampas para incautos (1980-1992) prolonga este estudio del kitsch patrio, culminando en ese año 1992 que buscó la definitiva dignificación de la “marca España” a través, contradicción suprema, de la madre de todas las celebraciones. Su cámara explora las urbanizaciones, los ganchos turísticos, la conformación de esta Disneylandia sin Donalds ni Mickeys. Y de ese contraste surge una humorada digna de las novelas ejemplares de Cervantes.

Pero a poco que pueda, Siquier vuelve a rondarle a la belleza. Y sí, está ahí; continúa existiendo más allá de las sucesivas oleadas de invasiones bárbaras, a cuenta del turismo de masas. En Encuentros (2002) dulcifica la mirada y logra que el paisaje deje de resultarnos amenazante o intervenido. A través del encuadre estudiado y sin el concurso de virguerías técnicas, Siquier se vuelve Mondrian y esencializa su búsqueda.

Su vuelta al mundo sin necesidad de abandonar su tierra natal, concluyó… pues en Almería, por supuesto, haciendo bueno nuestro “roda el món i torna al Born”, pero sin necesidad siquiera de voltear el mundo. La Briseña (2015-2017) nos habla de un fotógrafo quizás ya impedido, sin grandes posibilidades de explorar mucho más allá que sus alrededores. Pero que persiste hasta el último momento en su búsqueda de la luz, del contraste y del color. Su último refugio se constituye así en baluarte inconquistable, en puesto defensivo desde el que aguardar agazapado un rayo de sol, una sombra prófuga; un rincón desde el que te miran, indiferentes, antepasados, pórticos, una sarta de ajos, dovelas, una azada decorativa y un mar de recuerdos encerrados en la rugosidad de una baldosa cien mil veces pisoteada.

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