D’a Festival de Cinema de Barcelona 2026 (y III)
Desaparecer
La decimosexta edición del D’A llega ya a su fin, y el Palmarés ha premiado entre otras a la película Kingdom de Michal Ciechomski (en la sección de Talents) y a El vol de la cigonya, de Soumaya Hidalgo Djahdou y Berta Vicente Salas (en la sección Un impulso colectivo). Por desgracia no hemos tenido la oportunidad de verlas, pero sí que hemos podido ver tres interesantes películas de las que os hablamos en esta tercera y última crónica del festival. Películas que, casualmente, comparten una inquietante premisa: la desaparición de sus personajes, ya sea de modo literal, simbólico, voluntario o involuntario. En distintas épocas, en distintos contextos, en distintas situaciones.
La primera de ellas es la monumental The Sound of Falling, segundo largometraje de Mascha Schillinski y flamante Premio del Jurado en el Festival de Cannes. A lo largo de dos horas y media, The Sound of Falling retrata, con un pictoricismo mágico y casi preciosista, la infancia y adolescencia de cuatro generaciones de mujeres que habitan una misma casa, plagada de recuerdos y capas de historia. Mujeres que se enfrentarán a numerosas violencias (machistas, patriarcales, enquistadas en nuestra sociedad a lo largo de las décadas) que pondrán al límite su capacidad de resistencia. No es esta una película precisamente fácil: sus numerosos personajes, sus constantes saltos en el tiempo y sus abundantes elipsis piden al espectador un considerable esfuerzo. Esfuerzo que, eso sí, sin duda merece la pena, ya que estamos ante un film de una sutileza y fuerza poética extraordinarias, una obra que sabe sacar lo mejor de sus actrices protagonistas y, sobre todo, de su impecable puesta en escena y su envolvente trabajo sonoro. Un puzle lleno de misterio y habitado por fantasmas. Una historia tremendamente desgarradora, narrada, eso sí, de la mejor manera posible.

Y de las desapariciones traumáticas de The Sound of Falling pasamos a otra de carácter mucho más lúdico y juguetón. Se trata de la que tiene lugar en Dry Leaf, el último y radicalísimo experimento de Alexandre Koberidze, director de ¿Qué vemos cuando muramos al cielo? (obra que recibió el Premio Fipresci en La Berlinale de 2021 y que también se pudo ver en el D’A de 2022). En este nuevo film, el director georgiano se convierte en adalid del cine do it yourself low cost y, con un teléfono Sony Ericsson del año 2005 (no es broma) embauca a su padre para protagonizar un film cuyo argumento es casualmente parecido al de Sirat, ya que en ambas películas un padre busca a su hija desaparecida. Y obviamente, aquí terminan los parecidos, ya que la puesta en escena y los modos de narrar de Laxe y Koberidze no podrían estar más diametralmente alejados. Con un sentido del humor que a menudo cuesta encontrar en el cine de autor —más dado a los dramas y la seriedad—, Dry Leaf nos propone un recorrido por los paisajes georgianos, un viaje de incierto destino que el protagonista de la historia —el padre de la joven desaparecida— emprende con un buen amigo de esta. Personaje que, para más inri, resulta ser invisible (sí, habéis leído bien). La joven desaparecida, fotógrafa de profesión, estaba realizando un reportaje sobre campos de futbol en Georgia, y es por esta razón que este padre por partida doble —de la joven desaparecida en la película, y del propio director en la vida real— decidirá realizar una exhaustiva búsqueda recorriendo todas las canchas de fútbol posibles del país. Dry leaf no es una película dura en el sentido argumental, no es densa conceptualmente hablando, no es difícil de seguir, no hay una trama compleja ni demasiados personajes. El reto que Koberidze propone al espectador es, más bien, de otro tipo. Porque, acostumbrados como estamos a propuestas cada vez más barrocas, con un ritmo más acelerado, con más diálogos y más personajes, la desnudez radical de este film —que ni siquiera cuenta con actores profesionales— puede resultar apabullante para un espectador desprevenido. Es Dry Leaf una película que, invocando en cierto modo al espíritu de Jonas Mekas, reivindica la poesía de las pequeñas cosas y la belleza de la naturaleza. Una obra que saca el máximo partido de la mínima resolución. El mayor reproche que le podríamos hacer es en realidad una pregunta (bueno, tres para ser exactos). ¿Eran realmente necesarios 186 minutos para narrar esta historia? ¿no acaba esta larga duración jugando en contra de un film que apuesta por la defensa a ultranza de la pequeñez como virtud? ¿Tiene mucho sentido esa división en dos capítulos que el director nos propone?

Y ya por último, pero no por ello menos importante, hablamos de una tercera desaparición, en este caso progresiva, real y extremadamente dolorosa: la de las comunidades indígenas argentinas que se ven amenazadas por un sistema capitalista y extractivista que les despoja de sus tierras para venderlas al mejor postor. Este es el tema principal de Nuestra tierra, el nuevo film de Lucrecia Martel (al que ha dedicado nada menos que quince años de investigación y trabajo), un atípico documental que combina imágenes de archivo con grabaciones de un juicio real.
En Nuestra tierra, tres hombres armados que pretenden desalojar a los Chuschagasta —comunidad indígena del norte de Argentina— para así quedarse con sus tierras, matan a tiros a Javier Chocobar, líder de la comunidad. Por suerte, el asesinato queda registrado en vídeo y dichas imágenes serán utilizadas como prueba determinante durante el proceso judicial. Eso sí, los hechos acontecen en 2009 y el juicio no tendrá lugar hasta 2018. Durante todo ese tiempo, los asesinos de Chocobar estarán en libertad.
Aunque se trata del primer film largometraje documental dirigido por Lucrecia Martel, no es la primera vez que la directora reflexiona sobre cuestiones coloniales, algo que ya abordó tanto en la aclamada Zama (2017) como en varios de sus cortometrajes. Nuestra tierra tiene algo de documental de naturaleza (las hermosas imágenes aéreas de los inabarcables paisajes de Tucumán lo demuestran), pero también es una muestra del cine militante y de denuncia más contundente, que pone en relieve la crueldad de un sistema que agrede sin conmiseración a algunas comunidades arrebatándoles las tierras y borrando su cultura de la historia oficial, cometiendo una serie de crímenes que jamás deberían quedar impunes.

