Milo Krmpotić, la información y la cultura como barrera protectora contra la oscuridad

Hoy tenemos el placer de entrevistar a Milo Krmpotić (Barcelona, 1974), autor de las novelas Sorbed mi sexo (2005), Las tres balas de Boris Bardin (2010), Historia de una gárgola (2012) y El Murmullo (2014), además de tres novelas juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer, y ha escrito en medios como Fotogramas, Go Mag o El Periódico de Catalunya. Actualmente ofrece sus escritos en Nocturnidad y alevosía (con tres opciones de suscripción: gratuita, 5€ al mes o 50€/año). Es escritor, traductor y periodista; nos vamos a centrar en esta última dimensión para hablar con él sobre la prensa en la actualidad. Con todos ustedes, Milo Krmpotić.

¡Hola, Milo! Para empezar, me gustaría hacerte cuatro preguntas genéricas que le hacemos a todos nuestros entrevistados:

¿Por qué periodismo?

Pues por culpa de la televisión y del cine. Me enamoré del oficio viendo Lou Grant, y todavía más la primera vez que vi Todos los hombres del presidente, a una edad sin duda demasiado temprana. A finales de los 70 y principios de los 80, además, comprábamos el periódico a diario, como en tantas otras casas donde existía la percepción de que la información y la cultura podían representar una barrera protectora contra la oscuridad. Y a veces informarse dolía (me recuerdo afligido al enterarme de un atentado de ETA gracias a la edición vespertina de El Correo Universal, volviendo del colegio, o del accidente del Challenger en una portada de El Periódico camino de clase: siempre me detenía en los quioscos a ver lo que había pasado entre una edición y la siguiente), pero la otra opción tenía que ser peor.

¿Hacia dónde va tu carrera como periodista?

Tuve la suerte de vivir los últimos años de la edad dorada del periodismo cultural, de trabajar para la revista Qué Leer cuando había tiempo y medios para hacer las cosas. En noviembre de 2008, con la venta de la cabecera a MC Ediciones, conocí su edad de bronce: seguí ganándome la vida con él, pero ya sin tiempo y cada vez con menos medios. Y, desde 2015, el periodismo se ha convertido en una afición, porque mis ingresos salen en un 90% de la traducción.

¿Qué figuras de la prensa dirías que te han influenciado más?

Pues me acuerdo ahora mismo de Eduardo Haro Tecglen, por ejemplo; también de Hermann Tertsch antes de que enloqueciera. En el primero había análisis con perspectiva y con contenido emocional. En el segundo, un conocimiento que trascendía el de muchos de sus coetáneos. Y, dentro del periodismo cultural, tengo en un altar a Carlos Pumares y a Jaume Figueras. Después de leer muchas críticas de Jorge de Cominges, acabé teniéndole como jefe. Pero sin duda quien más me ha influido ha sido Toni Iturbe, mi redactor jefe en Qué Leer, mi director en Librújula, mentor que me ha enseñado casi todo lo que sé y, para mi gran fortuna, amigo.

¿Cuál es tu medio de comunicación actual preferido, y por qué?

Cada vez leo más agencias (AP, Reuters, Europa Press), pero sigo repasando todos los medios de información que puedo: El País, El Mundo, elDiario.es, Público, ARA… Y supongo que mi favorito vendría a ser The Guardian, que es todo lo que debería ser un periódico en la actualidad. Si tuviera dinero, además, estaría suscrito a las ediciones en papel de Rolling Stone USA, Spin y Uncut.  

A continuación, me gustaría hacerte algunas preguntas concretas sobre ti.

¿Cómo definirías lo que es hacer prensa en el siglo XXI?

Un campo de minas. Seguimos sin saber cómo llevar a la red los beneficios que generaba el papel. Andamos a la greña con las redes sociales, que priman los bulos pero que también ofrecen una inmediatez que los medios rara vez pueden replicar. Y vivimos un contexto en el que buena parte del público busca sobre todo el sesgo de confirmación (cuando no enrocarse en su Dunning-Kruger). Es complicado y el periodismo cultural, más.

En un momento en que la confianza en los grandes medios parece erosionarse, ¿qué papel crees que juega actualmente la prensa independiente?

Toda la prensa depende de algo. ¿Dónde hay más libertad, en los grandes medios donde una decisión X podría hacerles perder un 1% de su presupuesto o en los medios independientes donde una decisión X podría hacerles perder un 90% de su presupuesto? Pero mi objetivo es antes escapar a la lírica que pecar de escéptico: he encontrado información valiosísima en LaMarea.com, por citar un solo medio independiente, que las principales cabeceras del país o no reproducirían o esconderían en la página 37. Hay que reconocerles su labor y su importancia. Apoyarlos en la medida de lo posible. Y ser conscientes de su carácter complementario.

Tu trayectoria ha pasado por distintos formatos y espacios editoriales. ¿En qué momento sentiste la necesidad de apostar por un modelo autónomo de publicación y crear tu Substack personal, Nocturnidad y alevosía?

Casi todos los medios culturales con los que colaboré entre 1996 y 2016 han dejado de existir. Nocturnidad y alevosía es un proyecto con el que busco obligarme a seguir realizando ese tipo de contenidos desde la profesionalidad. Durante los últimos años no he dejado de publicar críticas de discos, cine y televisión en Facebook (mientras la vertiente literaria seguía cubierta, afortunadamente, por Librújula, de la que soy subdirector). Pero Facebook, como los blogs de antaño, está sujeto a las circunstancias personales de su dueño. Y sus opciones de monetización son un tanto turbias. Hablaba antes de “profesionalidad”. Pues bien, el lector de Nocturnidad y alevosía sabe que tendrá seis contenidos originales y una hemeroteca por semana (en total, son cinco gratuitos y dos de pago), y que eso depende de mi trabajo diario y no de mi humor o de que se me ponga un crío enfermo. Y valoro mucho que haya gente que considere que vale la pena recompensar esa labor (la primera suscriptora de pago me dijo “Te lo debíamos”, refiriéndose a lo mucho que venía escribiendo en FB). Resumiendo, Nocturnidad y alevosía me permite pasar de la afición de la última década a la obligación de antaño, cuando había fechas de cierre y se cobraba algo. Y esa obligación me permite disfrutar de una tarea de documentación, análisis y redacción que de otra manera no realizaría, o cuando menos no con la misma profundidad.  

¿Crees que plataformas como Substack son simplemente una nueva infraestructura tecnológica o constituyen una revolución real del periodismo?

No diría que Substack sea revolucionario, pero permite trascender la imagen amateur de los blogs tradicionales y las redes sociales. Su gestión es sencilla. Valoro que permita alternar entre contenidos gratuitos y de pago. Y que todo un Paul Krugman haya saltado de los editoriales en el NY Times a Substack da fe tanto de la libertad que implica como de las posibilidades que ofrece. 

¿Qué ventajas encuentras en el modelo de Substack frente al periodismo tradicional en redacciones o medios consolidados?

A esto debo contestar en clave norteamericana. La ventaja es que permite un periodismo de guerrilla en un momento en que, en Estados Unidos, los medios consolidados están controlados en su casi totalidad por una élite empresarial que ha hincado la rodilla ante un gobierno fascista. A la vez, no nos engañemos: Krugman tiene 540 000 suscriptores y 10 000 de pago. Él sí puede realizar una labor de resistencia. La gran mayoría, en cambio, debemos contentarnos con sumar y aportar desde la humildad.

¿Qué tipo de relación se establece con los lectores cuando el medio depende directamente de ellos y no de grandes anunciantes o corporaciones?

La relación con los lectores es muy parecida. Lo que deja de existir es la relación con los grandes anunciantes (sniff) y las corporaciones. Lo cual tiene sus cosas buenas si eres Krugman y tiene sus cosas no tan buenas si no logras monetizar tu trabajo como deberías. A la vez, al no existir gastos, en mi caso es una circunstancia que no tengo problema en asumir.

¿Crees que este modelo favorece un periodismo más personal, más ensayístico o más subjetivo?

Depende del enfoque. Por un lado tienes a Krugman y, por el otro, los Substacks de autoría múltiple, de espíritu parecido al que podría tener una revista digital. En mi caso, el tono que uso en los “Temas del día”, el repaso que realizo lunes, miércoles y viernes a la actualidad nacional e internacional, difícilmente tendría cabida en un medio tradicional. Pero claro, más que informar regurgito con sentido crítico. Es un paso más allá.

En un medio de comunicación unipersonal, ¿dónde queda la figura del fact-checker?

La mala noticia es que eres tu propio fact-checker, con los riesgos que ello conlleva (de momento, soy consciente de mis errores por los comentarios de amigos lectores). La “buena”, y esas comillas deberían ser XXXL, es que los medios tradicionales han sido los primeros en relegar a esa figura, así que no estás en una desventaja tan clara respecto a ellos. Mi aproximación a la actualidad internacional es, como decía, divulgativa y muy personal. Pero me esfuerzo por partir de fuentes fiables (dos, en la medida de lo posible) y por usar el criterio y el sentido común.

En la prensa tradicional del siglo pasado, era relativamente sencillo ubicar los medios dentro del espectro político. ¿Cómo crees que es para el lector actual orientarse entre la oferta de medios?

Por desgracia, para el lector medio de medios, diríase que se prima el sesgo de confirmación al que me refería antes, así que no hay mucho problema para encontrar una o más publicaciones de cabecera. Pero hay un ejercicio maravilloso, que consiste en comparar el tratamiento de una misma noticia, por ejemplo, entre El País y El Mundo. O entre El Jueves y OK Diario. Se aprende mucho.

Las fake news han pasado de ser un recurso satírico a una herramienta letal para la desinformación, tristemente demasiado utilizada en la prensa y la política actual. ¿Cómo se gana esta guerra?

Con dos elementos que ya he citado: comparación y sentido común. Lo primero requiere de una voluntad. Lo segundo, de una cierta capacidad. Y quizá haya demasiada gente que carezca de lo segundo o que, pese a disponer de ello, se niegue a hacer el esfuerzo primero. Es evidente que, si solo lees un medio, y si te quedas en los titulares de ese medio, y si ese medio es OK Diario, bueno, hay poca esperanza. 

¿Qué habilidades nuevas exige hoy el periodismo independiente que quizá no eran necesarias en el modelo clásico de redacción?

El periodismo, tanto independiente como dependiente, está sometido a la capacidad económica y a la rapidez. Volvemos a lo del principio: los medios y el tiempo para hacer las cosas. Hoy no se cobra lo que se cobraba antes y, además, se exige inmediatez. El resultado es siempre fruto de una negociación entre los objetivos propios y la capacidad para llevarlos a cabo en ese marco económico-temporal.

Si observas el panorama actual del periodismo, ¿qué tendencias te parecen más prometedoras y cuáles más preocupantes?

Nunca había habido tanto periodismo. Eso, si uno no escarba demasiado, es prometedor. Lo preocupante es la actitud mayoritaria ante ese periodismo. Lo preocupante (bis) es que muchos, tantos, no busquen informarse, sino ratificarse en sus prejuicios.

Para terminar: si tuvieras que imaginar cómo será el periodismo dentro de diez años, ¿crees que el futuro será más independiente o volveremos a ver una concentración fuerte en grandes medios?

Si el futuro es los Estados Unidos de 2026, y espero que no pero tampoco sería descabellado, porque suelen sentar la norma occidental y además estarían encantados de exportar sus maneras, nos dirigiremos hacia un monopolio ideológico de grandes medios en propiedad de la élite económica y pequeños grupúsculos que, cual poblado de galos irreductibles, se dedicarán a hacer frente al invasor (hay quien dice que eso ya pasó en España allá por 2014, con la caída casi simultánea de los directores de El País, El Mundo y La Vanguardia como parte de un enroque económico-monárquico, pero dudo que se pueda comparar con lo que ha pasado allí con el Washington Post, el New York Times, la CNN, CBSNews… y al tratamiento del genocidio de Gaza me remito).

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