‘Bugonia’, de Yorgos Lanthimos. Un extraterrestre que hace cine
Bugonia o bugonía: (del griego βóς -buey- y γονíα -creación-, genesia -nacimiento, generación-) indica la creencia muy difundida en la antigüedad en la generación espontánea de la vida.
Diez años lleva ya en Hollywood este griego merecedor de que su apellido acabe convertido en adjetivo calificativo (como felliniano, como buñueliano). Una década en la que -contra todo pronóstico- ha sido capaz de dirigir media docena de películas, las 4 últimas con la masoquista de Emma Stone, enfermizamente predispuesta a someterse a sus chaladuras. Y que dure.

Y sí, hay una gran distancia entre Langosta (2015) y esta Bugonia (2025). Si la primera conservaba intacto mucho de su imaginario (incómodo, surrealista, genuinamente pesimista, profundo a su manera) esta última prosigue la senda de Kind of Kindness (2024): locura controlada, concatenación libérrima de imposibles, ciertas reglas en el pretendido caos. El giro impensable ha pasado a ser la opción evidente en los argumentos de Lanthimos y el espectador un poco avezado… ya lo sabe.
No estoy hablando tanto de una pérdida de frescura y originalidad como de un pulido de las formas, de los tempos cinematográficos. El montaje de Bugonia es posiblemente el más convencional de todas las películas que conforman su carrera, una carrera repleta de pausas incómodas, de personajes amantes del martirologio, de planos sostenidos hasta más allá de lo soportable. Bugonia es montaje norteamericano, es asimilación consciente… pero también es cualquier cosa menos rendición ante el mainstream.
Se da un aire a película de los hermanos Coen, a infierno de paletos con regusto conspiranoico. Pero en realidad volvemos a estar en la casa de Canino: hay un adulto irresponsable que dicta las normas, que sojuzga con su cosmovisión a un primo imbuido del don de la credulidad. Ahí fuera sigue estando el Mal y sus protagonistas pugnan por refugiarse en lugares pretendidamente seguros, junto a raritos de confianza. ¿No ocurría lo mismo con el palacio de La favorita (2018), con el hotel de Langosta (2015) o con ese grupo de autoayuda para sobrellevar la pérdida que se montaban en Alps (2011)?
Quizás el problema es que estábamos acostumbrados a que ese peligro, a que ese acechar, a que ese temor fuese más indeterminado. Bugonia no brilla por su sutileza: aquí está bien claro quién es el enemigo… aunque se trate de un constructo paranoico.
Teddy y Don temen la amenaza de Andrómeda, igual que Robert Wise a principios de los 70. Sus fuentes de información son las propias de todo iluminado de esta era: ninguna, todas, esta y la contraria, cualquier cosa que no merezca estar en una biblioteca pública. Porque este tipo de gente -ya lo sabéis- siempre presume de estar mucho mejor informada que tú. Dónde va a parar.

Sus mentes calenturientas los llevan a secuestrar a la CEO de una multinacional que, por supuesto, se merece todo lo malo que le pase. En un país -qué digo: ¡en un mundo!- de lobos solitarios convencidos de estar haciendo justicia, su iniciativa cuenta de inmediato con la simpatía del espectador. Hasta que se nos informa de a quién creen estar secuestrando: nada más y nada menos que a una alienígena.
Teddy tiene muchas horas de vuelo construyendo realidades alternativas. Las necesita, aunque sólo sea para sobrevivir a un empleo alienante, a una realidad nefanda, a una madre comatosa. Como él mismo reconoce, ha tocado todos los palos en un tiempo récord, pasando de explicaciones ultras de un signo político a las completamente contrarias. Está convencido de que la Tierra depende de su investigación de sótano, Telegram, pizza, kleenex y ducha mensual.
En un mundo en el que puedes creer en lo que te dé la real gana (no temas: siempre vas a tener a alguien con quién compartir tus demenciales opiniones), los asuntos prácticos -esos que no admiten estados especulativos- quedan en manos de los mismos que generan este ruido inaudito, esa Jauja donde nadie osa llamar ignorancia a creer en tierras planas, enemigos políticos que devoran niños en la intimidad o monedas desreguladas diseñadas para perpetrar timos a gran escala. Son… puntos de vista, oye. Y ahórrate el debate, porque… ¿acaso vas a poder demostrarle lo equivocado que está a alguien que no escucha?
Lanthimos, por supuesto, es mucho más enrevesado que todo eso. Y sabe que uno comienza a preguntarse… ¿y si fuera cierto? Si fuera cierto, este redneck sin huerto habría resuelto la cuadratura del círculo, ¡estaría en condiciones de salvar al mismísimo planeta! Si supiese lo que quiere, claro está.
Porque a la postre -como hemos visto en Una casa llena de dinamita (Kathryn Bigelow, 2025), en Eddington (Ari Aster, 2025), en No mires arriba (Adam McKay, 2021) – las grandes decisiones quedan en manos de perfectos idiotas. Y hasta un idiota -como el mono lanzando dardos en la diana- acierta de vez en cuando, paupérrima estadística que nos aboga al fracaso.

Y el fracaso -con un mucho de liberador- es para Yorgos Lanthimos la extinción, el fin de un mundo que ya no era gran cosa. Un apocalipsis del que nos hemos hecho merecedores por méritos propios, pero que como en todos sus filmes tiene algo de celebración: se acabó el tanto sufrir, tanto querer conectar con los demás, tanto equivocarse. Cuando el mundo se ha convertido en cárcel (cuatro paredes, un jardín, una reunión semanal… o también ese viaje infinito en pos del conocimiento -del dolor- de la Bella Baxter de Pobres criaturas (2023)) abandonarlo tiene algo de corolario teológico. Es justo y necesario.
Bugonia nos habla de un mundo grotesco del que hay que huir como alma que lleva el diablo. Un mundo gobernado por corporaciones, por matones que llegan a sheriff, por dinámicas laborales que rondan la esclavitud. Y por hombres blancos desencantados y peligrosos, capaces de cualquier cosa con tal de demostrar que tienen razón. Una sociedad, en suma, dispuesta a volver a creer -merced a la hecatombe neuronal de las últimas décadas- en la generación espontánea, la comunión de los santos, la curación por imposición de manos y cualquier elemento mágico que sirva para parchear lo que la razón no entiende.
