El Fantasma de la Ópera

Di’Anno: Iron Maiden’s Lost Singer (Wes Orshoski, 2025)

En mi familia escuchaban Heavy Metal. Y también Punk. Pero sobre todo Heavy. Mi aparentemente apacible infancia de hijo único se vio muchas veces cortocircuitada por melenudos con chupa de cuero que aparecían los fines de semana por casa con discos de Metallica o ACDC bajo el brazo, que venían a ver a mi tía y a su novio. Mi madre me confesaría, ya en mi adolescencia, que ella acudió (un mes antes de nacer el que esto escribe) al concierto de Iron Maiden de febrero de 1985 en Barcelona, en la gira del Powerslave. Así que, de tal palo… Recuerdo, ya en 2001, cuando un amigo del instituto y un servidor nos dejábamos caer, prácticamente todos los sábados, por las tiendas de discos de la calle Tallers de Barcelona. En una ocasión que entramos en Music World su carismático y pintoresco propietario salió a saludarnos como de costumbre: – ¿¿¿Sabéis quien estuvo ayer firmando en Music World??? ¡¡¡El cantante de los Maiden!!! – A lo que nosotros respondimos al unísono: “¡¡¡No jodas, Bruce Dickinson!!!” y él enseguida nos corrigió: “¡¡¡No, tíos, el de verdad!!!¡¡¡Paul Di’Anno!!!

Efectivamente: de los varios vocalistas que han pasado por Iron Maiden, Paul Di’Anno fue “el de verdad”. El más auténtico. El que realmente transmitía con su imagen la sensación de peligro que alertaban sus primeras canciones. Con él empezó todo: hizo que a la banda se la pusiese en el mapa no solamente en su UK natal sino que además traspasara rápidamente fronteras y se convirtiese en abanderada de la New Wave Of British Heavy Metal, en aquel difícil final de década de 1970 y principios de 1980, años en los que el Punk era la norma estética y musical, y el rock más adulto e intelectualizado, el blanco de sus escupitajos. Di’Anno lo tenía claro: él venía del punk, era un tipo duro curtido en las más sucias y peligrosas calles de su Londres natal y buscaba impregnar de contundencia e inmediatez un género musical que tradicionalmente tendía a lo plomizo y lo excesivamente ritualizado. Y, por su parte, lo consiguió. Eso fueron los primerísimos Iron Maiden: canciones de melodías frenéticas con punteos rabiosos que en sus letras hablaban de santuarios urbanos, condenados buscando la libertad, merodeadores en busca de segundas oportunidades, prostitutas sin redención, asesinos y, por supuesto, animadversión al poder y la autoridad.

A Paul Di’Anno le gustaba cantar sobre los paisajes de su adolescencia y sus protagonistas. Lo hacía con rebeldía, pero también con la soberbia y sensualidad de quien se sabe una estrella. Porque eso fue él como frontman de una banda que rápidamente vio abrirse las puertas del éxito. Para Steve Harris (auténtico cerebro del grupo) ese era el inicio pero no el destino, que él veía más cerca de la épica sinfónica y el misticismo de los argumentos universales y los relatos bíblicos. En el segundo disco, Killers, (aún cantado por Di’Anno), se incorporó la épica de los bajos fondos, los antihéroes urbanos y sus paraísos mundanos. Di’Anno siguió creciéndose, pero hasta tal punto que empezó a ser ese divo con ínfulas que desentona con el resto del grupo. En el tercer disco llegó la épica, sin más. Y a Iron Maiden el éxito y el reconocimiento unánimes. Pero para entonces Di’Anno ya había sido apeado de la banda (y suplido por Bruce Dickinson)… y acabó, como reza el título del documental que nos ocupa, perdido.

Wes Orshoski, que en sus dos anteriores trabajos se había dedicado a bucear en la historia de The Damned y de Lemmy Kilmister (alma de Motörhead), se acerca en este a la figura de Paul Di’Anno tan de cerca, que en ocasiones parece no tener pudor alguno. Aquí el punto de partida es (¿¡quién me lo iba a decir!?) el mismo que en el documental de Mikel Erentxun (¡!), visto en InEdit tres días antes: una operación de rodilla a la que se ha de someter el cantante para solventar un grave problema de movilidad en una pierna. El pequeño matiz (a diferencia del caso del donostiarra) es que Di’Anno está obligado a operarse, ya que corre el riesgo de tener que amputar toda la pierna por la aparición de gangrena, todo ello como resultado de una enfermedad por la que lleva perdiendo movilidad durante años. Ciertamente, el acercamiento del director a la figura del cantante londinense es valiente y la actitud del propio músico, más, además de estoica. Se nos muestran imágenes que para nada responden al glamour de una estrella del rock.

La narración arranca justo cuando empieza a grabarse el documental, esto es, cuando a Di’Anno se le detecta el problema en la rodilla. Además de seguirle en el periplo médico que lo lleva hasta Croacia para poder operarse de forma más asequible que en el Reino Unido, en paralelo, lo descubrimos postrado en una silla de ruedas lidiando con el citado problema de movilidad mientras intenta, por todos los medios, seguir con su actividad musical dando conciertos en salas e intentando retomar las tareas de composición con su formación actual. Orshoski es muy hábil con el montaje y, para remarcar el actual (crítico) estado de ánimo del londinense, va reconstruyendo dosificadamente la evolución del estado de su rodilla a la vez que inserta fogonazos de su exitoso pasado con Iron Maiden y entrevistas con destacadas figuras del heavy metal (James Hetfield o Gene Simmons, por ejemplo, el elenco es notable) y algunos excompañeros de oficio, que se consideran fans de Di’Anno (o, como poco, de los Maiden que él alumbró) y que refuerzan esa idea nada agradable de “lo que fue y en lo que se ha convertido”.

Él era esa prometedora estrella errática que se fue apagando por su rebeldía y sus excesos que, como se ha dicho antes, le llevaron a ser expulsado de la banda primero, y a una larga travesía por el desierto musical después, y hasta la actualidad. El talento del director en este documental es el de mostrarse como un auténtico cirujano de lo narrado, abriendo en canal la vida del protagonista para descubrirnos su interior tal cual, sin intervención y sin anestesia. No hay, por tanto, aquí ninguna condescendencia, pero tampoco un escarnio. Simplemente se muestra la decadencia de quien fue una figura prominente en la escena musical de los 80, que pudo tenerlo todo y al no morirse joven y dejar un bello cadáver ha quedado relegado a ser un nombre más en la historiografía musical. Y él, claro, se resiste a ser considerado sólo eso.

Di’Anno hace gala en todo momento de una fuerza y entereza admirables, pues la montaña rusa emocional en este film es intensa: amores y odios, patetismo y dignidad, zozobra y esperanza. Todo lo vive muy intensamente: de echarle la bronca a un fan que le empuja la silla de ruedas a enamorarse de una enfermera croata, de sentirse un trasto inservible a dar charlas sobre convivir con la frustración profesional, de querer morirse a recuperar su vida de músico. El final ya se sabe, pero, aun así, duele. La gran sinfonía que preludiaba la trayectoria de Iron Maiden devino una exitosa ópera en la que él, desde que fue defenestrado en plena función y mientras vivió, contempló desde las sombras, desde las bambalinas y los recovecos del gran teatro, como ese fantasma de la ópera al que Maiden le dedicó una canción en su debut discográfico, y que no es otra cosa que una sombra que arrastra dolorosamente su pasado.

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