‘Stripsody’. El pulp y la onomatopeya hechos música
No reconocía ninguna barrera porque nadie me había dicho que no pudiera hacer esto o aquello (…) La voz es uno de los instrumentos más ilimitados de los que dispone un músico”. Cathy Berberian
Esta primavera-verano de 2025 pudo verse en una de las salas de La Virreina. Centre de la Imatge de Barcelona una curiosa exposición / homenaje alrededor de una de las figuras más modernas y controvertidas del bel canto (Cathy Berberian, de cuyo nacimiento se cumplen 100 años) y de la composición y ejecución de una pieza icónica que desconocía: esta Stripsody que carecía completamente de sentido -algo que tampoco pretendía tener- si no la interpretaba ella.
Y es que la Berberian era mezzosoprano y en los registros de voz humanos esto viene a significar que podía atreverse con cualquier pieza rica en arabescos vocales, cuanto más enrevesados mejor. ¡Y vaya si explotó este don durante su vida profesional!

Cathy era estadounidense de padres armenios (lo cual le proporcionó un apellido contundente, de los que no pasan desapercibidos) y como buena diva tuvo el gusto de morir en Roma allá por 1983. No lo tuvo fácil: clases nocturnas, trabajos a media jornada para costearse los estudios, alguna beca liberadora (“la música era el único mundo al que podía escapar de la banalidad de una existencia del clase media-baja” (1)). Termina debutando pasados los 30 años y no tardan en regalarle una pieza-manifiesto parida ex-profeso para explotar sus virtudes vocales: la Aria dentro del Fontana Mix del inclasificable John Cage. Ahí estaba el germen de todo: la capacidad de la cantante para sobreponer y solapar fraseos musicales la convertía en un laboratorio acústico con patas, pudiendo pasar por un arreglo electrónico lo que era fruto exclusivamente de sus cuerdas vocales.
Durante sus 25 años de carrera se atrevió con absolutamente todo. Óperas, sí, pero eclecticismo total en sus recitales: música experimental, folklore armenio, hasta una reivindicación en clave barroca de los greatest hits de Los Beatles. Pero quizás sea esta Stripsody -tan radical incluso ahora, 60 años después de su composición- la que mejor describa el amplio espectro de sus intereses.
El lenguaje y sus límites le habían interesado desde siempre, colaborando en diversas traducciones al italiano de autores anglosajones. Uno de ellos no era un literato al uso: se trataba de Jules Feiffer, un historietista de los de a tira diaria. Y si viviendo como vivió en Italia desde que se casase con Luciano Berio te interesabas por el lenguaje y sus manifestaciones más populares… acababas trabando conocimiento con Umberto Eco sí o sí.
Pero terminemos de presentar a los sospechosos habituales involucrados en esta Stripsody. A Luciano Berio, el responsable del arreglo musical, lo conoció Kathy en el Conservatorio Giuseppe Verdi de Milán, donde él estudiaba composición.
Stripsody tenía el espíritu de las obras totales, con la confluencia de diversas disciplinas artísticas. Su presentación se acompañó del grafismo rompedor de Carmi y la partitura acabó siendo ni más ni menos que… una genuina tira de cómic. Todo ello para comunicar, en eterna sensación de duermevela, aconteceres diarios trocados en paisaje sonoro polifónico.
Y ya sé lo que estaréis pensando con tanta deconstrucción, aliteración y fusión de modos, temas y lenguajes: en James Joyce y no ya su Ulises, sino incluso su Finnegans Wake. No es ninguna casualidad: la Berberian ya se había acercado a su figura en Thema (Omaggio a Joyce), obra también de Berio y traduciría al italiano Il mondo di James Joyce de Patricia Hutchins. Si para ella interpretar cualquier cosa implicaba mimar la imagen, atreverse con un acercamiento performático y coronarlo todo con locuras vocales a costa de fonemas, guturaciones, “¡booms!” y “¡pums!”… pues no resulta extraño que el resultado tuviese un regusto a corriente de conciencia cantada.
Si a eso le sumamos las posibilidades de la edición de estudio, a partir de la voz pregrabada de la artista podía uno recrear aquel sucederse / asociarse de ideas, de lugares comunes, de estados de ánimo y de chistes casi privados que caracterizaban las dos obras finales (y más radicales) de Joyce.
Stripsody era cualquier cosa menos una partitura en blanco. Berberian controlaba muy bien los tiempos y la duración de todas y cada una de las interjecciones, palabras sueltas y frases de esta cascada sónica sin igual. Tenía hecha su propia chuleta interpretativa de la partitura, aclarando duraciones, acentos y prosodias. No olvidemos que fue ella la que recopiló las exclamaciones más habituales del octavo arte y quedó a la espera de que alguien… ¿lo musicase?
Es aquí donde aparece Umberto Eco, en una época de crítica integradora y transversal, de machihembrado desprejuiciado entre la alta cultura y… ¿lo pop? A Eco todo le valía si implicaba un cierto descubrimiento a nivel intelectual… que cada cual debía de saber llevar a un terreno personal, libre de prejuicios. ¿Por qué no cantar en formato de rapsodia aquél sucederse de planchazos, suspiros, disparos y consejos publicitarios?
Vale, la Berberian también quería trolear a aquella “música culta” que siempre había mirado con desdén su sempiterna voluntad de hibridación. Ella era cualquier cosa menos una intelectual posera: “cuando la revista francesa Communications publicó un sesudo análisis en calve estructuralista de 34 páginas sobre Stripsody, Berberian confesó que tras leer las 3 o 4 primeras páginas solo había obtenido un gran dolor de cabeza” (2).
Stripsody apareció primeramente en formato libro, acompañada de 14 ilustraciones de Eugenio Carmi y una presentación a cargo de Umberto Eco. La partitura a manera de 13, Rue del Percebe se la debemos, con posterioridad, a Roberto Zamarin. Y es esta concatenación entre el gesto y lo que sale por la boca de uno -que tanto tiene que ver con ser italiano- lo que acaba convirtiendo cada representación de Cathy en una función irrepetible; ágil, distendida y bullanguera.
Peleas entre perros y gatos, golpes, caracterización de instrumentos musicales, sonidos mecánicos, el paso del tiempo (tic-tac), una radio mal sintonizada, canciones de cuna, escenas del far west, trayectorias parabólicas, ronquidos, vuelos de moscardones. Este es el texto, prácticamente un manifiesto minimalista que da pie a imitar, trasponer, modular, tunear. Con su privilegiada caja de resonancia Berberian demostró que todo era cantable, que no había sino barreras artificiales entre lo supuestamente refinado y los placeres culpables, entre aquello que nos gusta de manera natural y aquello que para su disfrute presume de necesitar de elaborados procesos mentales.
Y ella fue todo eso: musa excesiva a la vez que intérprete superdotada de Monteverdi, Purcell, Debussy o Stravinsky.

