Robert Redford, el hombre al que sonreían hasta los caballos
La desaparición -sólo física- de Robert Redford me ha recordado otro deceso actoral que para muchos marcó otro pretendido final de época: el de Marlon Brando en 2004. Dos rostros, dos generaciones, dos formas distintas de moverse ante la cámara, dos actitudes ante la vida que conocieron el cénit de sus respectivas carreras allá por los años 70.

Y curiosamente la primera película remarcable de Redford fue una producción junto a Él: La jauría humana (1966, Arthur Penn). Los dos acababan ejerciendo de mártires -la especialidad de Brando, tendencia masoquista que alcanzaría cotas mesiánicas en su única película como director, El rostro impenetrable (1961)-: uno como falso culpable, el otro como agente de la ley realmente solo ante el peligro (aquí la comunidad como que no estaba por la labor de ayudarle, ni siquiera in extremis).
A caballo entre Broadway y Hollywood en aquellos primeros años, lo cierto es que Redford fue un tipo de repetir con sus sospechosos habituales. Y Jane Fonda siempre fue una de ellas. Desde la presente hasta Nosotros en la noche (Ritesh Batra, 2017), pasando por aquella Descalzos por el parque (Gene Saks, 1967) cuqui sin llegar nunca a cursi, jugada que repetiría con éxito junto a la Streisand en Tal como éramos (Sidney Pollack, 1973). Ya sabéis, de cuando se hacían películas románticas adultas y por consiguiente amargas.
Siempre me hizo gracia la principal razón que adujo Mike Nicols para no concederle el papel protagónico a Robert Redford en El graduado: “vamos, a ver, macho… pero ¿cómo vas a hacer tú de perdedor? ¿Alguna vez te ha rechazado una mujer?”. Redford, contrariado, se lo quedó mirando y le preguntó: “¿qué quieres decir?”. Pues eso. No hay más preguntas.
Apunto ya una de mis principales razones para tenerle ojeriza a este hombre portentoso: pues eso. Demasiado portentoso. Guapo, triunfador nato, con éxito en los negocios, paladín de las causas perdidas… ¡por favor! Seguro que hasta daba de comer a las palomas. ¡Qué agotador! Redford parecía hacerlo todo bien, regalar a espuertas su sonrisa cautivadora, tener conciencia política, ser amante de los animalitos… a mí no me engaña. El típico ex que resulta ser un psicópata en los true crimes de Netflix.
Bien, dejemos de proyectar. Llegamos a Dos hombres y un destino (1969), un antes y un después en su carrera dirigido por George Roy Hill, el tipo que tuvo los arrestos de adaptar Matadero cinco (1972). ¿Qué os puedo decir ya de este western hippie sencillamente redondo?
Claro que recuerdas aquello de las gotas de lluvia cayendo sobre tu cabeza y el paseíto en bicicleta. Y Newman tirando más a sugar daddy, mientras Redford se llevaba el gato al agua. Ah, eran tiempo de tríos en pueblos de montaña (La leyenda de la ciudad sin nombre (Joshua Logan, 1969)), de anticapitalismo de baja intensidad (atracar bancos… ¿existe pecado más venial?) y de convertirse en una guerrilla de dos para morir más o menos en el mismo lugar en que lo había hecho el Che Guevara dos años antes. Ya sabes: aquel activismo de baja intensidad de un Hollywood en pleno ocaso de los estudios, mientras el país entero se sumía en la esquizofrenia a consecuencia del sinsentido de la guerra de Vietnam.

Entre Propiedad Condenada (1966) y Habana (1990), Robert Redford trabajó hasta 7 veces a las órdenes de Sidney Pollack. Entramos en su década prodigiosa, una década en la que el tío se lo montó para no elegir un mal papel. Y viene aquí la que es mi película favorita de toda su carrera: Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972).
Como los libros de Herman Hesse, las películas transformadoras tienen que verse a la edad adecuada. Entre los 12 y los 16, pongamos, cuando uno es barbilampiño e impresionable. Para un europeíto urbanita y lelo, el encuentro con aquellos espacios abiertos amenazadores y aquellas ansias de supervivencia supusieron un verdadero shock. Desde entonces no hay bosque nevado que no me haya remitido a aquellas imágenes cuasi panteístas, a aquella extraña comunión entre un don nadie y un todo blanco, azul y cruel.
El candidato (Michael Ritchie, 1972) -eran tiempos de Nixon, sí- nos presentaba a un Redford instrumentalizado y a la vez empoderado por un sistema que ha dejado atrás la ingenuidad: todo es imagen, todo es decir las palabras adecuadas en el momento adecuado frente a las cámaras que gobiernan el mundo. Este abogado parece majete, va de naif y directo, pero… ¿durante cuánto tiempo más?
Al año siguiente Redford y Newman repetirían jugada -y director- con El golpe (1973). Particularmente siempre me pareció la versión intelectualizada de Dos hombres y un destino: más autoconsciente, más alambicada, más todo. Eran ya tiempos de tomaduras de pelo filmadas (El día de los tramposos (Joseph L. Mankiewicz, 1970)), de escasa fe en las apariencias (el panorama político mandaba). Siempre me he preguntado cuántas veces debió de ver esta película David Mamet (sí, hubo un tiempo en que molaba).
¿Un tío aburrido de tenerlo todo, inapetente y hastiado? Se me ocurren… ¡Leonardo di Caprio -triste y mustio al corroborar que su novia de temporada cumple los 21 años- y Robert Redford! Sí, los dos hicieron de Gatsby, los dos nos invitaron a fiestas fastuosas y se hicieron los misteriosos en este clásico decadentista de F. Scott Fitzgerald. El gran Gatsby (Jack Clayton, 1974) contó con el empujoncito de Francis Ford Coppola en el guion, pero sigue sin tener una versión cinematográfica que le haga justicia.

Termino década con una andanada de films políticos, conspiranoicos, casi ingenuos en su reivindicación del hombre solitario que realmente quiere (y puede) cambiar las cosas, contraponiéndose ni más ni menos que al propio sistema, corrompido de arriba a abajo. Los tres días del Cóndor (Sidney Pollack, 1975) es la madre de todos los thrillers políticos, Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) escenifica la investigación e implosión del caso Watergate -de cuando los diarios podían hacer esas cosas sin exponerse a demandas millonarias por insinuar… ¿la verdad?- y la muy televisiva y terriblemente efectiva Brubaker (1980), dirigida por Stuart Rosenberg (futuro profesor de Darren Aronofsky en el American Film Institute), que planteaba otra utopía buenista: que un alcaide se haga pasar por preso para saber qué falla en el sistema penitenciario (claro, claro).
Memorias de África (Sidney Pollack, 1985) me reafirma en una teoría mía: de Natalie Wood a Meryl Streep, cuando Redford se ponía en modo romance… sus compañeras de reparto se lo comían. Quizás fuese por tanto sonreír, por tanto saberse guapo. O quizás -y sólo quizás- fuese un tipo capaz de reconocer el talento ajeno y no trataba de ir más allá de lo que natura non da y Salamanca non presta.
Dejadme que concluya con Leones por corderos, dirigida por él mismo en 2007. Ya en pleno siglo XXI Robert Redford dirigió la mitad de sus películas y ninguna resultó precisamente memorable. Esta fue quizás la más decente, quizás porque apelaba a eso, a la decencia. Tras el ataque a las torres gemelas el terrorismo se convirtió en la gran excusa para justificarlo todo (hasta el debilitamiento y desarme de nuestras democracias) y aquí Redford -excesivamente discursivo, sí, pero él era así- apela a esa decencia olvidada del pueblo estadounidense… madre mía, ¡no le quedaba poco ni nada por ver!
No soy un gran entusiasta de su faceta como director. Siempre me pareció mucho más osado su colega Paul Newman, autor de una media docena de películas mucho menos conocidas pero que indudablemente perdurarán, como si fuese el que mejor hubiese asimilado el espíritu primigenio que impulsó el Festival de Sundance. De hecho, debo de reconocer que durante mucho tiempo hice de menos a su ópera prima -esta sí, excelente- Gente corriente (1980), despechado ante el hecho de que en aquella ceremonia de los Oscars se impusiese como mejor realizador a tres directores icónicos y a tres películas imprescindibles: El hombre elefante (David Lynch, 1980), Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980) y Tess (Roman Polanski, 1980).

Y es que Robert Redford… maldita sea, le caía bien a propios y extraños (¿cómo no a los miembros de la Academia, que veían en él lo que ellos nunca serían?). ¿Quién le negaría nada a este californiano prototípico? ¡Si hasta murió mientras dormía!
