‘No hay otra opción’, de Park Chan-wook. El último hombre en activo

El auge del cine coreano -o su proyección internacional, mejor dicho- vino de la mano de directores especializados en tramas cafres, relaciones tóxicas sublimadas y arrebatos de violencia catártica. Desde entonces la lista de nombres se ha engrosado, pero es bueno recordar que en su momento nos subimos libres de prejuicio a aquel carro impulsado por el difundo Kim Ki-duk, el oscarizado Bong Joon-ho y este del que paso a hablaros acto seguido: Park Chan-wook. Los tres deslumbraban por su puesta en escena, su querencia por personajes traumados (o familias orgullosamente disfuncionales) y una decidida tendencia hacia el barroquismo visual.

Todos arrancaron sus carreras como guionistas y entre sus mejores películas se cuentan las escritas por ellos mismos. Park Chan-wook fue sinónimo de venganza a martillazos, de ajuste de cuentas y giros retorcidos. Tuvo su momentazo norteamericano sin renunciar a su mala baba (Stoker (2913) sigue siendo una película a reivindicar) y ya había demostrado tener muy buen ojo a la hora de elegir material literario para sus adaptaciones (La doncella (2016), con todo, no estuvo a la altura del maravilloso libro que la inspiró, Falsa identidad de Sarah Waters).

No hay otra opción es otra propuesta alrededor de The Ax, novela de Donald E. Westlake publicada en 1997 y que ya despertase el interés del insobornable Constantin Costa-Gavras (Arcadia (2005)). ¿Qué nos cuenta esta pérfida historia de distopía laboral escrita mucho antes de que la inteligencia artificial estuviese en boga?

Pues fantasea sobre lo que un hombre -tú o yo, si nos dan tiempo- es capaz de hacer con tal de conservar su puesto de trabajo; es decir: su estatus social y su preeminencia en la jerarquía familiar. Una familia que confía plenamente en sus aptitudes y que a pesar de no dedicarse a delinquir al alimón como la de Parásitos (Bong Joon-ho, 2019), se convierte en cooperante necesaria de las barrabasadas de papá en su empeño por conservar la nómina y lo que ello conlleva (dos perros, una barbacoa, las clases de chelo de la niña, las de tenis de la mujer).

Tras más de un cuarto de siglo en el sector papelero, Man-su recibe el finiquito y descubre aterrorizado que el puesto de trabajo al que opta es tan específico, que se pueden contar con los dedos de una mano los candidatos dentro de tan reducido mundillo. Tras un concienzudo estudio de campo llega a la conclusión de que, amén de quien ocupa la posición, serían 2 los contrincantes naturales. Su plan se describe por sí solo: muerto el perro, se acabó la rabia.

Pero claro: de matar, lo que se dice matar… Man-su no puede acreditar una gran experiencia al respecto. Así que tendrá que ser imaginativo y tirar de lo que tiene más a mano: la vieja pistola de un padre que combatió en el conflicto vietnamita, su avezada técnica como torturador amateur de bonsáis y sus dotes de comercial irredento. Su paro forzoso se demostrará pues muy provechoso, sacándose un máster en espionaje, persuasión y engaño mancomunado. Sus pobres víctimas ni tan siquiera lo ven venir, creyendo como creen en el fair play y la excelencia a la hora de optar a esa plaza que parece específicamente diseñada para ellos.

Chan-wook carga las tintas en unos crímenes que rondan el regodeo, como si su perpetrador descubriese tardíamente que toda su vida laboral ha sido un indisimulado entrenamiento para llevarlos a cabo. Y quizás haya algo de ello. No en vano las similitudes entre el mundo empresarial y el arte de la guerra van bastante más allá de lo saqueado al estratega Sun Tzu. Puestos en tamaña coyuntura (en esa en la que le señalan a uno que “no hay otra opción”) uno sospecha que serían bastantes los que estarían dispuestos a poner en práctica estas tácticas avanzadas de “eliminación de la competencia directa en un mercado reducido”.

Porque a su alrededor Man-su no cuenta con ninguna referencia moral, con nadie dispuesto a desviarlo de la senda tenebrosa que ha emprendido. Ni su mujer ni su hijo mayor están dispuestos a rescatarlo de su maquiavélico error, porque a fin de cuentas están convencidos de que el cabeza de familia está haciendo… lo que tiene que hacer.

El ganador, en este caso, se lo lleva todo. Y el premio de Man-su es la más estricta y tremebunda de las soledades: su puesto soñado consiste en interactuar con tecnología punta, en controlar a través de su tablet unas máquinas, mecanismos, algoritmos y próximamente entes que han terminado por substituir a cualquier compañero potencial. El plano final de No hay otra opción es premonitorio, una profecía que autocumpliremos a medio plazo, un terrible recordatorio de hacia dónde vamos y en qué corremos el peligro de convertirnos. Bípedos de apariencia humanoide integrados quirúrgicamente en un mundo de superconductores, relatividad especial de aplicación cotidiana y procesos interminables de mejora de la eficacia y optimización ad nauseam.

Park Chan-wook está más virguero que nunca (venga o no a cuento con la temática tratada), un amaneramiento formal marca de la casa y que ya parecía haber tocado techo en su anterior Decision to Leave (2022). Equilibrios -tiesto en mano- desde una terraza aledaña, ese crimen a todo volumen que hubiese firmado el Hitchcock de Cortina Rasgada (1966) o Frenesí (1972), el trasplante de cadáver en tierra abonada, la borrachera, preludio y fuga en re menor… ¿termina lo cuasi cómico por ahogar a lo dramático? ¿Cuánto humor negro es capaz de tolerar el espectador medio? ¿Tanto elemento bufo no eclipsa cualquier voluntad -¿la hay siquiera?- de denuncia social?

En breve (o quizás ya, mientras estoy escribiendo estas líneas sin recurrir a ningún boot generador de textos indistinguibles del supuesto patrón original), el salvaje impacto de las nuevas tecnologías será una dolorosa realidad para todos nosotros. Y este coreano poco piadoso nos adelanta la receta mágica para mantenernos dentro del sistema: estar dispuestos a pasar por encima de quien sea… olvidando cualquier sentido metafórico y subrayando lo textual de la expresión.

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