‘Muerte por un rayo’ (miniserie). Esperando al hombre bueno.

Es bien sabido que el magnicidio ha sido, casi desde su mismísima fundación, uno de los grandes pasatiempos de la nación estadounidense. Cargarse a un presidente (o intentarlo) acostumbra a reservar un lugar en la historia a personajes eminentemente mediocres, aunque el estado de la política actual nos podría llevar a la precipitada conclusión de que nunca tan olvidables como la potencial víctima.

Más allá de la leyenda mórbida, lo cierto es que tan solo ocho presidentes han muerto durante el ejercicio de su cargo (un tal William Henry Harrison apenas llegó al mes) y cuatro fueron los asesinados por chalados, tipos airados o, ya en la actualidad, oscuras tramas ideales para mentes impresionables o abiertamente conspiranoicas. Uno de ellos fue James A. Gardfield, que ha acabado mereciendo su miniserie made in Netflix.

Muerte por un rayo afirma, como lo hace socarronamente el propio mandatario, que la probabilidad de que te jubilen anticipadamente a balazo limpio es más baja que el que te parta un rayo. Un aserto sin duda discutible, máxime en un país en el que una inquietante mayoría va precisamente armada…

Pero vamos a retrotraernos hasta ese nefasto año de 1881. Gardfield se nos presenta con ese halo de santidad establecido como canónico desde los primeros biopics que abordaron la pasión y muerte de Abraham Lincoln -alguno de ellos data de la era del cine mudo.- Hombre familiar, honesto, cabal; en fin: un dechado de virtudes con ese punto de ambición que ni él mismo es capaz de reconocerse a sí mismo, pero que le acabará aupando en el seno de un partido republicano que gozaba de muy buena prensa desde los tiempos inmediatamente posteriores a la guerra civil (si, hijos sí: hay que repetirlo muchas veces para no olvidarlo… Lincoln era republicano).

En un juego de espejos inteligente (ese reflejo que le devuelve al estadounidense no la imagen deformada de lo que querría ser… sino la de quién realmente es) se nos presenta en paralelo la trayectoria de su verdugo por accidente, un tal Charles Guiteau. Y digo por accidente porque Guiteau no hubiese pasado de ser un canalla de proximidad (un listillo, un ganapán esforzado) de no ser por su convencimiento final de estar haciéndole un favor a su país. Matando al presidente, sí.

Un presidente que se impone la imposible labor de acabar con el clientelismo en Washington, un mal endémico que ya apuntaba maneras hace siglo y medio. Garfield, ese hombre bueno en mitad del lodazal, se nos presenta como un renovador convencido, un iluso que no calcula debidamente con qué fuerzas cuenta en esta lucha desigual. Tras imponérsele un vicepresidente abiertamente corrupto (un Bárcenas necesario, un conseguidor que se encarga de la siempre ingrata labor de recaudación de fondos para el partido) osa plantear el pulso definitivo al hombre en la sombra, ese factótum que reparta y niega favores, privilegios y componendas.

Es en ese ambiente ilusionante y de cambio de ciclo en el que irrumpe Guiteau, ave de rapiña dispuesta a arramblar con los despojos que siempre deja una nueva administración. Un tipo con enfermizas tendencias chuscas, que se resumen en… ganarlo sin esfuerzo, gastarlo con premura. A Guiteau -siempre presumiendo de apellido francés, aunque apenas conozca seis palabras del idioma- le gusta presumir también de ser un hombre de su tiempo, de profesional liberal, de emprendedor rebosante de ideas. Lo mismo quiere crear un periódico de la nada que hacerse con el cargo de embajador en París. Porque a pesar de su absoluta estulticia, este tipo está convencido de que es el mejor para el puesto. El que sea.

Así comienza su peregrinación por los despachos donde -está convencido- comienzan a repartirse cargos, generosa rifa en la que hay que abrirse paso a codazos para obtener unos cuántos boletos. Su única virtud es la insistencia, la machaconería, incluso la grosería indisimulada. Porque este patán posee algo muy estadounidense: la capacidad infinita para autoengañarse y hacerse creer a uno mismo que algo malo… pues es bueno, oye.

Y aquí es donde uno encuentra las pertinentes similitudes con el estado actual (de derribo) de la política USA. Porque uno no hace una película protagonizada por un presidente sin una intención política. Guiteau (un alienado capaz de robarle a su propia hermana) moldea sus escasas opiniones propias en función de los inputs que recibe por parte de una prensa cada vez más mediatizada y que le da alas a un trastorno paranoico convenientemente sazonado de impúdicos delirios de grandeza. Porque si él no logra lo que quiere es porque hay gente que no le quiere bien. El presidente, por ejemplo, ese monstruo incapaz de reconocer su excepcionalidad. ¿Y acaso no dicen los periódicos, además, que va a arruinar al país (por la sencilla razón de que sus primeras medidas atentan contra los intereses de quienes controlan esa prensa escrita)?

Así que Guiteau -como la mitad del electorado de EEUU desde hace ya más de una década- opta por crearse una realidad alternativa. Confortable y segura, hecha a medida: todo lo que se ajusta a su pensamiento es la Verdad, nada alejado de su persona -de su conveniencia- puede ser otra cosa que maldad, amenaza, herejía. Sólo hace falta repetirlo con la suficiente insistencia (a los demás, a uno mismo) para que deje de ser una sarta de memeces y devenga… ideología.

Así que el hombre al que visitará su sufrida hermana en la cárcel se considera a sí mismo una estrella en ciernes, dispuesto a entregar a imprenta un libro que deje constancia de su hazaña. La negación llega hasta las escaleras del mismísimo cadalso: ¿acaso no le ha hecho un favor a su patria? ¿Por qué lo miran con ese rictus de pena y asco?

Guiteau-Gardfield, Garfield-Guiteau. Uno se siente tentado de afirmar que son las dos caras de la misma moneda; la de ese infantilismo crónico que cree poder moldear sociedades a base de discursos, buenas intenciones y beatería de conveniencia. El estadista y el miserable acaban topando con las mismas limitaciones: nada en este mundo es como ellos querrían que fuese. Y como buenos estadounidenses… no lo aceptan.

Detrás de este invento inusualmente atinado está el Mike Makovsky de Bad Education (2019) o Bronca (2023) y ese director y mil cosas más -invisibilizado en toda promoción del gigante del streaming que apadrina la producción- llamado Matt Ross y que merece una segunda oportunidad sobre la tierra, aunque solo sea por su Captain Fantastic (2016). Una historia bien contada y sin ridículos anacronismos con MAGA y su circunstancia: no le hace falta más que contarlo con cierto rigor y sano distanciamiento para parecer… hasta sutil para los tiempos que corren.

Quien sabe. Quizás sea verdad y a través de su martirio Garfield lograse que su sucesor -Chester A. Arthur, el ex-recaudador de la aduana de Nueva York convenientemente rehabilitado y ganado para la causa- llevase a cabo medias reformistas nunca antes vistas. De hecho, tan alejadas de los intereses bipartidistas que… no logró volver a ser nominado para la presidencia, a pesar de haberlo solicitado.

Y es que el sistema se protege de esos hombres buenos a los que tanto dice anhelar.

You may also like