Hovik Keuchkerian, o el grito más incómodo y sugerente

La semana pasada, los asistentes al Paral·lel 62 pudimos ver por fin en directo al polifacético Hovik Keuchkerian. Si todavía no sabéis quién es este fenómeno, os hablamos de él aquí. Después de 15 años totalmente alejado del mundo de la comedia, Hovik vuelve a asaltar los escenarios para lanzar su Grito.

Grito es un monólogo. Pero un monólogo que no se parece a nada que hayas visto en tu vida. Hovik Keuchkerian no busca la carcajada fácil ni el aplauso automático. Lo que propone es algo más áspero y más honesto. Algo a medio camino entre la comedia, la confesión y la denuncia, y que utiliza el humor como herramienta para abrir grietas. No es un espectáculo para salir ligero, sino tal vez para salir despierto.

Desde que aparece en escena, con luces desnudas y una toalla al hombro, Keuchkerian impone una presencia contundente. Sus aires de boxeador no lo han abandonado. La puesta en escena es sobria, sin artificios innecesarios ni distracciones visuales. Todo está al servicio de la palabra y del cuerpo del intérprete. Esta austeridad refuerza el carácter casi confesional del monólogo y permite que toda la atención se centre siempre en el mensaje. Cada pausa, cada cambio de ritmo, todo está medido para subrayar lo que se dice… y también lo que se calla.

Su voz grave, su corporalidad y su forma directa de dirigirse al público generan una tensión constante que se mantiene durante todo el espectáculo. Grito no es un torrente de chistes encadenados, sino un discurso construido a base de reflexiones, silencios y golpes de humor que llegan cuando menos te lo esperas. La risa aparece, sí, pero casi siempre acompañada de un poso incómodo, como si cada carcajada llevara implícita una pregunta.

El cómico aborda temas diversísimos. Apunta a la gente de izquierdas y de derechas por igual, señala impúdicamente, insulta y te invita a autoinsultarte. Pero Hovik no se sitúa por encima, sino que se incluye en aquello que critica, se señala a sí mismo y se expone con una crudeza poco habitual en el circuito del humor. Y lo hace con una vulnerabilidad muy refrescante.

A lo largo de dos horas largas e intensas, Hovik alterna entre autodiálogos, meta-reflexiones, discursos y fragmentos frenéticos de poesía delirante y absolutamente brillante.

¿Puede un espectáculo ser íntimo y a la vez apocalíptico? Pues Hovik nos demuestra que sí. Pasa con una facilidad alarmante de la esfera más microscópica de sentimientos internos a la globalidad planetaria. Grito conecta lo personal con lo colectivo. Coloca un espejo en el que el público reconoce tensiones y realidades. Dialoga con la actualidad sin necesidad de referencias explícitas ni chistes coyunturales, apostando por un discurso que resulta sorprendentemente atemporal.

Más que un monólogo, Grito es un diálogo enfurecido consigo mismo. Cuando dice ‘tú’, no parece que te esté hablando a ti, espectador, sino que está descargando contra algún recoveco recóndito de sí mismo.

Grito no te dirá nada que no sepas. No habrá una gran revelación final. Pero el compendio de momentos hilarantes e incómodos te llevarán a empuñar una lupa o un telescopio para observar el ser humano.

No es un espectáculo complaciente ni pretende gustar a todo el mundo. De hecho, Grito parece asumir desde el inicio que habrá espectadores incómodos, incluso en desacuerdo. Pero ahí reside buena parte de su valor: en su voluntad de incomodar para provocar la reflexión. Si el humor suele funcionar como método de evasión, Hovik Keuchkerian apuesta por el humor como confrontación.

Grito es un espectáculo rico a nivel de texto y con una ejecución que te deja sin palabras. Confirma a Hovik Keuchkerian como una de las voces más singulares del monólogo contemporáneo. Un espectáculo humano y de una intensidad sin igual. Tremendamente recomendable.

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