’El agente secreto’, de Klever Mendonça Filho. Corrupción total
Comienza El agente secreto en una gasolinera solitaria, uno de los muchos guiños spielbergianos (pero con saña, con mala leche) del film. Estamos en el terreno de El diablo sobre ruedas: un par de surtidores, aires de western, una marquesina que apenas protege del sol. Una pausa cualquiera en un largo viaje por carretera.
…hasta que irrumpe en escena la Amenaza. Lo que en el cine estadounidense es maldad sin rostro ni filiación (un gigantesco camión sin mucho respeto por el código de la circulación, por ejemplo), aquí resulta tan tangible como aparentemente invisible: la dinámica interna de un país en suspenso en el que el estado de derecho tiene una aplicación suigéneris.

Hay un muerto tendido en la arena. Lleva días esperando que la policía comience sus pesquisas… pero el calendario carnavalero no ayuda. Brasil sigue siendo una dictadura militar (lo era de facto desde hacía más de tres cuartos de siglo) y el general al mando desde hacía tres años (Ernesto Geisel) hablaba de volver a la democracia de una manera “lenta, gradual y segura”. Lo que suena siempre a continuidad e impunidad asegurada, a tomarse su tiempo. Y luego ya si eso.
Nuestro gentil desconocido conduce un escarabajo amarillo, toda una declaración de principios. En San Bernardo do Campo estuvo radicada durante casi 30 años la que fuese primera fábrica de la alemana Volkswagen fuera de su país de origen, un vehículo que no estaba al alcance del común de los brasileros. Descontrol y mordidas: territorio abonado para el “crecimiento económico” (la perpetuación de las desigualdades) y el desembarco de multinacionales deslumbradas por… la posibilidad de pagar unos sueldos sensiblemente más bajos.
Por fin hace acto de presencia la autoridad competente. Pero los dos gendarmes no tienen ninguna intención de arrancar con las diligencias del atestado. Qué va. Han visto un fusca (así se conoció por tierras cariocas al popular modelo de la marca germana) y atisban la posibilidad de rapiñar algo. Un día como otro cualquiera no muy lejos de Recife.
Con este prólogo vitriólico sienta Mendonça Filho las bases y el tempo emocional de su historia, que no es otra que la instantánea de un país carente de garantías constitucionales, con el bálsamo ilusorio de las máscaras, las comparsas y las rúas. Empieza engañándonos desde el mismísimo título (¿irá esto de intrigas internacionales?, ¿habrá maletines con microfilms?, ¿de qué huye este tipo?) para contarnos los que quizás sean los últimos días sobre la tierra de un profesor universitario rescatado de su ingenuidad por un vendaval de acontecimientos que le superan.
Arriba Marcelo -así se llama- a su rancho Notorius, y aquí la encubridora no es Marlene Dietrich sino una anciana que ofrece cobijo y segundas oportunidades. Los arribados no son, como en el western de Fritz Lang, forajidos más o menos legendarios. No, aquí van a parar refugiados de excolonias portuguesas, homosexuales rechazados por sus familias y quienes quieren salvar sus vidas alejándose de la peligrosa exposición pública.
Los proyectos del departamento capitaneado por nuestro Marcelo chocaron con los intereses caciquiles de un tipo peligroso que claramente contaba con el aval gubernamental (¿proteger la inversión del amigo alemán de indeseables competencias al motor alternativo de combustión interna?). El caso es que las cosas se pusieron feas (nunca sabemos cuánto, aunque lo intuimos) y Marcelo es ahora una diana andante, un objetivo declarado de contrapoderes plenipotenciarios.

La Operación Cóndor se cebó con estudiantes, sindicalistas, simpatizantes de izquierdas y, en general, con cualquiera que fuese una “amenaza potencial” conforme a los criterios de la inteligencia USA. Contó con la connivencia de los sectores más ultras de Brasil, Argentina o Chile, un tejido ideológico que terminaría constituyendo una maldición -de la que todavía no se ha recuperado- para todo el cono sur.
¿Cómo funcionó? En El agente secreto lo vemos muy bien: represión proveniente de las fuerzas del supuesto orden y, llegado el caso, empleo de pistoleros al servicio del régimen (que a su vez rendía pleitesía al patrocinador gringo). Lo fascinante de la película es la forma como nos lo cuenta su director: un continuo espacio para la fuga (a veces, hasta cómica), sembrado de un costumbrismo (casi etnográfico) capaz de describir sin tópicos lo que significa ser brasileño, con todos sus gozos y todas sus sombras.
Nuestro hombre, por ejemplo, acaba recalando en la administración pública, perfecta tapadera para el anonimato. Pero allí, como en el país, pasa de todo: desde componendas policiales a deshoras hasta encuentro furtivos y mercenarios a pie de archivo. Lo lúbrico y lo turbio se entremezclan en un ‘no lugar’ donde se acumulan expedientes de personas con identificaciones socorridas y ficticias, inmenso y desordenado cementerio de los tejemanejes gubernamentales, plagado de daños colaterales.
El viaje de Marcelo va desde su cátedra (en la que descubre que no puede ejercer la libertad consustancial al cargo) a ese mundo real de informantes y sobornos, de catarsis de brillantina y plumas, de pasados repletos de paternidades desentendidas, de población a la carrera huyendo de un Estado que coacciona, castiga y finalmente purga a algunas de las mentes más brillantes de su generación.
El epílogo no deja mucho espacio para la esperanza, como pasó en el caso de otras muchas dictaduras habidas en América del Sur en aquellos tiempos de ignominia. Los supervivientes -incluso los hijos de las víctimas- abrazan el olvido y la desmemoria, como si sus progenitores fuesen depositarios de alguna extraña culpa consustancial al hecho de pensar diferente. Sus nombres se pierden en el archivo, sus historias -escuchadas como tramas ficticias de podcasts retro- se inhuman para volver a yacer bajo tierra, deber moral de iniciativas de restitución que se quedan en… deberes.
Esta joya de Klever Mendonça Filhologra -como otras películas argentinas o chilenas ambientadas en tiempos de represión, juicio e ira hacia los evidentes culpables, blindados por leyes obscenas- logra la humorada final de ser elegida por la Academia de Hollywood para optar al Óscar en diversas categorías, destacando las de película y actor (lo de Wagner Moura no es una actuación: es un monumento). El país que patrocinó aquella represión (bajo el socorrido argumento de necesitar un “cordón sanitario” como salvaguarda de lo que ellos entendían y todavía entienden por “comunismo”) tiene a bien reconocer los méritos artísticos de la que sin duda es la mejor película en liza de este año. Otro proceso de restitución con algo de insulto final.

En El agente secreto tendréis la oportunidad de volver a ese Brasil de humedad, abanicos, niños pendientes de que alguien asuma su crianza, fiesta como antídoto al desamparo, corrupción generalizada, cines de barrio donde se proyecta el blockbuster del momento, sicarios con placa y soñadores que todavía no se hacen la idea de lo podrido que está todo. Mendonça Filho nos ahorra la imagen más típica (sus playas) pero no su amenaza más temible: ese tiburón que hoy en día también se enseñorea de países pobres con recursos, de economías depauperadas artificialmente, de cualquiera que suponga una amenaza a su supremacía.
Y todo ello con sutileza salpicada de exabruptos, con una forma de contar las cosas que va de lo tarantiniano a la sensibilidad de un Assayas (en lo político y en lo humano), de un Costa-Gavras sin presumir de indignación, de un hombre lúcido que mira hacia atrás con esa desesperanza consustancial al Brasil y al mundo en este lóbrego 2026.
