‘Damas oscuras. Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes’.
Hoy os traigo a vuestra mesilla de noche (para que le haga compañía a ese ladrillo que creíste poder acabarte este verano o a las obras completas de ese pope incuestionable que te provoca somnolencia al tercer párrafo) otra alegría gentileza de la editorial Impedimenta: una recopilación de historias macabras con espíritus (o no), escritas por una pléyade de autoras activas durante una época muy determinada.

Empecemos delimitando la procedencia y tratando de explicar a qué se debió esta obsesión por lo mórbido. Lo “victoriano” lo acotamos en el tiempo tirando de una obviedad: sí, abarca lo que sería el reinado de la reina Victoria I, entre 1837 y 1901. En lo literario, podemos considerar esta obsesión por lo oculto como una prolongación del movimiento romántico, con su certeza de que una tuberculosis siempre pinta mal, cementerios visitados a deshoras, sus ruinas clásicas tan cuquis y esa necesidad compulsiva de completar en vida -si el tifus lo permite, repito- algo parecido al grand tour. Vamos: viajar mucho, dejar constancia de que uno pertenece a cierta clase social y olvidarse de tanta crítica de la razón pura en beneficio de… (complétese con cualquier apaño milenarista o new age de vuestro agrado). Lo de hacer un bonito cadáver se daba por supuesto, querido.
Byron había muerto en 1824 y la Shelley en 1851 y no nos cabe ninguna duda de que nuestra veintena de autoras los habían leído a ambos con fruición. Tenemos a Charlotte Brontë (que abre la antología haciendo temblar al mismísimo Napoleón) y a una alineación que incluye a Catherine Crowe, Mary Elizabeth Braddon, Margaret Oliphant, Violet Hunt o Ella D’Arey. Hay historias sintéticas y verdaderas novelas cortas, como ese Cecilia de Nöel (1891) de casi un centenar de páginas y firmado por Lanoe Falconer. Un remedo de Rashomon con múltiples puntos de vista sobre una aparición y de qué manera perturba a cada uno de los involucrados.
¿Qué rasgos en común comparten estas historias? En primer lugar, un escaso cuestionamiento del orden social (¿de qué otra manera podría ser si casi todas las protagonistas provenían del estrato privilegiado?). Además, la explicación “capillitas” termina casi siempre por imponerse; enfrentado a un personaje racional y científico, prevalece la explicación trascendente, ese más allá -con apoyo del cura local o de algún chamán que “ve cosas”- que irrumpe y desbarata el ordenadísimo mundo victoriano.
El protagonista acostumbra a ser un hombre. Y no es de extrañar este travestismo literario, puesto que era el género masculino el único que disponía de la independencia económica necesaria para moverse, indagar… ¿cuestionarse la realidad? Nuestras damas oscuras también quieren eso -que les pasen cosas sin tener que dar explicaciones a nadie, poder avanzar en la penumbra candil en mano y no ser la doncella asustadiza que aguarda en sus aposentos- y sus héroes se adentran en la noche -solos o acompañados- con la seguridad de poder desfacer entuertos espirituales que soliviantan a los suyos.

La narradora se entera de la historia a través de un tercero o su conocimiento incluso puede ser fruto de un intercambio epistolar. Ni siquiera estuvo ahí: “esto lo sé por lo que me contó esta otra que lo escuchó a su vez de aquél”. El momento de las confesiones puede darse a la hora del té, en la sobremesa en mitad de un paraje extranjero o durante otra noche lúgubre propensa a las confidencias. Hay casas encantadas, bosques umbríos en noches de luna llena y gentiles que -por su propia simplicidad- son más receptivos y crédulos con todo lo sobrenatural. Luego vendrá el lord, el aristócrata con el entendimiento necesario para calificar el suceso de trascendente (acostumbran a tener el mismo rigor que Iker Jiménez, porque a la postre tanto dan las pruebas… todo se reduce a cuestiones de fe). Nos basta con remitirnos a los títulos de los cuentos para ponernos en situación: “Junto al fuego”, “El abrazo frío”, “¿Realidad o delirio?”, “La vieja casa de Vauxhall Walk”, “El sitio de paso”…
Las almas en pena lo son por ser víctimas de alguna maldad cometida tiempo ha, vagando por toda la eternidad a la espera de alguien que sencillamente no salga por patas al verlos. Un crimen nunca aclarado, un niño que se perdió en la espesura y jamás regresó. Ahora les toca incordiar con sus lamentos y el deber de los vivos -piadosos, siempre muy piadosos- es proporcionarles el descanso que se merecen.
Volviendo a la procedencia de nuestras literatas, no confundamos su origen -a veces hasta aristocrático, otras hijas de pastores protestantes, de oficiales retirados de la Armada Británica… casi siempre educadas en casa- con la facilidad que tuvieron a la hora de ser publicadas o reconocidas en vida. Para la mayoría de ellas practicar el “gótico anglosajón” era un entretenimiento entre novelas de más volada, una forma de ver su nombre impreso en alguna revista de aparición mensual. Un ejercicio de escritura atenta a los gustos del público que en raras ocasiones era remunerado en consecuencia.
En nuestro plantel tenemos a biógrafas de la mismísima Charlotte Brontë, sobrinas de Sheridan le Fanu, amigas o frecuentadoras de Charles Dickens, Tomas de Quincey, William Thackeray u Oscar Wilde, algunas emparentadas con Rudyard Kipling, otras mujeres casadas con editores o editoras ellas mismas de revistas -sí, estas lo tenían más fácil-, e incluso otras que jamás se deshicieron de su seudónimo (Vernon Lee). Buscando rasgos en común podríamos hablar de mujeres cosmopolitas que acaban huyendo o refugiándose en Londres y cultivando círculos culturales (el grupo prerrafaelita, en el caso de Violent Hunt) en los que son admitidos con suspicacia, cuando no ninguneadas… por importante que fuese su apellido.

También las hay encantadas de su matrimonio (la señora de Henry Wood, apodada “la reina de las bibliotecas” firmó siempre así, como “señora de Henry Wood”), pero también hay defensoras de la “nueva mujer”: feministas, sufragistas y lesbianas heroicas (Amelia B. Edwards, Vernon Lee) con un arrojo a prueba de convencionalismos.
Así que, aunque a veces se respire orgullo de casta y regocijo colonialista, en otros muchos casos estamos ante escritoras precoces y de formación autodidacta, madres de familia numerosa que, no sabemos cómo, sacaron tiempo para aterrorizarnos (y alejarse así ellas mismas de su horror cotidiano).
