Alley Cats: gatos, palabrotas y Ricky Gervais
A estas alturas, alguien como Ricky Gervais no necesita presentaciones, pero… por si acaso. Fue creador de The Office, Extras y After Life, responsable de convertir la incomodidad en una de las bellas artes de la comedia británica y dueño de una capacidad aparentemente inagotable para meterse en jardines en los que otros ni siquiera se atreverían a plantar flores. Gervais vuelve a la carga con una nueva criatura. Y esta vez tiene cuatro patas, pelo y una tendencia bastante clara a hablar de sexo.
Después de haber convertido la televisión, el stand-up, el podcast o las entregas de premios en territorios abonados para su particular mezcla de cinismo, sentimentalismo y mala leche, Gervais se pasa a la animación para adultos con Alley Cats. Y sí: básicamente sigue siendo Ricky Gervais. Solo que ahora es un gato callejero.
Alley Cats es una sitcom de animación que sigue las desventuras de un grupo de gatos asilvestrados que sobreviven como pueden en una ciudad muy poco acogedora. Son seis capítulos de unos quince minutos, una duración que permite que la serie vaya bastante al grano: los gatos se reúnen en una casa abandonada, ven la televisión, discuten sobre temas diversos, salen a buscar comida, se meten en líos y, de vez en cuando, descubren que debajo de toda esa mugre, esos insultos y esa colección de comportamientos cuestionables hay algo parecido a la bondad y a la amistad.
La fórmula recuerda inevitablemente a algunas de las comedias anteriores de Gervais: personajes aparentemente despreciables que, cuando menos te lo esperas, dejan asomar una pequeña grieta de humanidad. La serie puede verse completa en Netflix, donde se estrenó mundialmente el 7 de agosto.

El reparto está a la altura de las circunstancias. Gervais ha vuelto a reunir buena parte de su pequeña troupe habitual y ha añadido a algunos cómicos británicos. El propio Gervais le pone voz a Gus, el gato pelirrojo, malhablado y misántropo que ejerce de líder de la pandilla. A su lado tenemos a Tom Basden como Ponce, el gato doméstico y bastante pijo que contrasta con sus compañeros callejeros; Basden ya había trabajado con Gervais en David Brent: Life on the Road y en After Life. David Earl, también habitual del universo Gervais, es Puke, probablemente el felino más desagradable de todos. Diane Morgan, creadora de la inolvidable Philomena Cunk, es Olive. Kerry Godliman, Lisa en After Life, le pone voz a Lara; Andrew Brooke interpreta a Fang, y Jo Hartley, otra veterana de After Life, interpreta a Kitten.
Buena parte de la química de la serie procede precisamente de escuchar a esta gente discutir, insultarse y comportarse como si llevaran toda la vida compartiendo sofá.
Hay momentos que resumen perfectamente qué clase de serie tenemos entre manos. Puke tiene como costumbre contar con toda naturalidad las relaciones sexuales que ha mantenido con animales de todo tipo. ¿Una rata? ¿Un erizo? Nada es demasiado extraño para el bueno de Puke. También podemos ver a los gatos enfrentándose a uno de sus grandes enemigos naturales: el pepino.
La combinación es muy Gervais: una situación potencialmente absurda que se convierte en una conversación de barra de bar llena de tacos, referencias sexuales y la incapacidad absoluta de mantener un mínimo de dignidad. Y, como viene siendo habitual en el universo del cómico, justo cuando parece que todo se reduce a una sucesión de barbaridades, aparece una pequeña dosis de ternura que recuerda que incluso estos desgraciados también tienen sentimientos.
Y precisamente ahí está el principal motivo para acercarse a Alley Cats. No porque vaya a cambiar la historia de la animación, ni porque Gervais haya descubierto de repente una nueva manera de hacer comedia, sino porque sigue teniendo una cosa que no tiene precio: voz propia. Puede gustar más o menos. Puede resultar excesivo, pueril, ofensivo o agotador. Pero cuando estos gatos se ponen a hablar, sabemos perfectamente quién está detrás.
Seis capítulos de quince minutos, un puñado de gatos miserables, muchos tacos, bastante mala leche, y algún que otro momento de auténtica humanidad entre toda esa inmundicia. Nueve vidas y cero filtros. ¿Qué más se le puede pedir a un gato?
