Las 25 mejores películas de 2025

¿Un año para recordar? Ah, dejemos que el tiempo (¿dos, tres décadas a partir de ahora?) lo decida. Mientras tanto, ahí van los datos en bruto para los amantes de la estadística: 3 películas de 25 son españolas, hay 6 propuestas con aliento asiático -sí, incluyo Blue Sun Palace a pesar de su producción estadounidense- y una única película aportada por Francia, en un año francamente malo para la locomotora por antonomasia del cine europeo.

Tenemos cine de género de calidad (Weapons), animación (Memorias de un caracol) y un documental encabezando el top, aunque son varias las películas que hibridan la ficción con la realidad más recalcitrante e inasible. El cine de los USA sueña con la Revolución (Una batalla tras otra), mientras que el cine chino -el indiscutible protagonista del año- acierta ya a entrever la pesadilla capitalista en la que se ha embarcado el país.

El cine norteamericano sigue viviendo de los grandes apellidos (Cronenberg, Thomas Anderson, Linklater, Reichardt, Anderson, del Toro) y se vislumbra por barlovento talento femenino a raudales (Constance Tsang, Anna Cornudella Castro, Payal Kapadia).

Como cada temporada, allá vamos. En sentido ascendente y plenamente subjetivo de calidad, esto ha dado de sí el 2025.

* * * * *

25.- Sirat. Trance en el desierto, de Óliver Laxe

Sirat es muchas cosas… ¡y muchísimas más cosas que querría ser! Es un western con atajos a la manera del Meek’s Cutoff de Kelly Reichardt. Es una distopía plagada de extraños tullidos danzarines, como si de una extensión del universo Mad Max se tratase. Un continuo de catarsis musicales que nos devuelve a aquella Todo sobre Lily (2002) de Shunji Iwai. Una conquista de lo inútil sin barco fitzcarraldiano.

Es pomposa y nihilista, casi como marcan los tiempos. Y no, no le ha beneficiado en absoluto la sobreexposición en los medios a la que se ha sometido su director, Óliver Laxe, que a veces parece salido de la Waco de David Koresh y a ratos un vendedor a domicilio de libros de autoayuda (no hay top que se precie sin ejercicio gratuito de crueldad. Aquí lo dejo, palabra).

Sirat cautiva y por momentos hasta embelesa. Un gran logro que no le podemos negar ni sus teóricos detractores.

24.- Limónov, de Kirill Serebrennikov

El realizador que nos enseñó a dudar de la fe, de las pandemias y hasta de los hombres afamados, se atreve ahora (¡y en qué momento!) con Eduard Limónov, un personaje más allá de lo incómodo. Rusófilo furibundo, nostálgico del comunismo, bisexual, dios (o mejor efebo) de la Guerra… cualquiera que se haya leído el libro de Emmanuel Carrère convendrá conmigo en que el tipo era carne de novela, de musical, qué digo, ¡de ópera!

Serébrennikov no entiende de conveniencias y describe las hazañas de este hijo putativo de Putin -entre otras muchas cosas- que sirve, por sí mismo, para describir el alma rusa mejor que un novelón del siglo XIX. Anarquista, ingobernable, utopista a tiempo parcial, poeta a tiempo completo. El desparpajo y la soberbia del talento, sí, pero sobre todo la valentía de quien elige de manera natural el exilio para poder seguir amando / odiando a su país.

El resultado es… una película de Serébrennikov sobre un tío con el que posiblemente no tenga nada en común. Salvo quizás, esa certeza tan de artista: la vida será parte sustancial de la propia obra o no será. Para los anales, un plano secuencia donde se condensa toda una década (la de los ochenta) mientras un incansable Ben Whishaw va pegando brincos por un decorado que parece sacado de la Corazonada de Francis Ford Coppola.

23.- A Different Man, de Aaron Schimberg

El año en que murió David Lynch nos enamoramos del hombre elefante más clasoso y seductor de la historia del cinematógrafo. Sin autoindulgencia ni lamentos: la deformidad es aquí una virtud, sobre todo cuando se maneja con tamaña seguridad en uno mismo. ¡Mucho cuidado con esas Evas que surgen de la nada y se acaban apropiando de tu papel protagonista!

¿Cuál es la máscara de la máscara en un actor? ¿Puede acabar constituyendo una maldición el tener una cara bonita? El protagonista de A Different Man vive ese viaje de ida y vuelta desde la vanidad hasta la completa insignificancia. Una penitencia que le lleva a querer liberarse de sus aparentes taras, para acabar descubriendo -demasiado tarde- que es lo único que lo acababa diferenciando del resto.

22.- Un simple accidente, de Jafar Panahi

El presente continuo de Irán es el presente de la represión salvaje e inmisericorde. Por lo que llegamos a conocer y por lo que se adivina: un régimen teocrático que saca pecho con el recuerdo de la revolución islámica, hijos putativos de un Jomeini revivido. No hay espacio para la ingenuidad: cualquier voz disidente (mujeres, jóvenes y artistas en estos últimos tiempos) ha sido silenciada a conciencia, a veces sin ni tan siquiera necesitar que parezca un accidente.

Porque eso mismo, un simple accidente, puede detener tu coche frente al portal de una de tus víctimas de antaño. De ayer o de mañana mismo: el régimen se pone más o menos intensito, pero jamás baja la guardia. Cuenta para ello con una legión de defensores beatos y cetrinos, que pululan por todas partes afeándote la conducta con una sola mirada (y ojalá se quedase en eso).

Un simple accidente, no nos cabe la menor duda, volverá a tener funestas consecuencias para su realizador y máximo artífice a medida que se confirme su participación en la carrera a los Oscars. Quizás porque da la sensación de que a Panahi se le han acabado ya las metáforas: esto es un gancho de derechas a los que miran con lupa su trabajo, un “sí, ¿qué pasa? ¿Tú y cuántos más, payaso?” que quizás -como los protagonistas de su historia- no calibra adecuadamente las innumerables formas en que los cobardes (que se saben impunes) pueden llegar a ejercer sus represalias.

21.- Los sudarios, de David Cronenberg (Filmin)

Señor Cronenberg… es usted la cosa más mórbida que ha parido madre. Y Los sudarios, cómo no, es otra reivindicación de la podredumbre, el decaimiento y el amor incondicional y morboso a los huesos, a las cenizas, a los gusanos.

La verdad es que no me habían interesado mucho el tríptico compuesto por Un método peligroso (2011), Cosmópolis (2012) y Maps to the Stars (2014). En cambio, con Crímenes del futuro (2022), Los sudarios y lo que quiera que venga se abre una etapa realmente fascinante en el cine del canadiense: la de “esto es lo que soy, esto es lo que hay”.

Enfermizas, pasmosas y terribles, Crímenes del futuro y la presente inauguran escenarios (presentes o futuros) en los que los cuerpos -o lo que queda de ellos- se convierten en territorios de resistencia. Imaginaos: un tipo que desarrolla una simpática app que te permite corroborar que tu ser querido se está pudriendo como la Nada manda a dos metros bajo tierra. Hasta se marca un restaurante en el cementerio, que por lo visto las autoridades sanitarias son bastantes laxas en este sentido en Norteamérica.

David Cronenberg entra en la octava década de existenZ y uno tiene el convencimiento de que no nos dirá adiós con ninguna peli cuqui o elegíaca, sino a tumba abierta (nunca mejor dicho), dejándonos bien claro, como siempre hizo, que los raros e inquietantes son siempre los demás, los que van de normales.

Dejadme solo con mis perversiones de escalpelos, forúnculos, prótesis y tumores tuneados.

20.- Blue Sun Palace, de Constance Tsang

Es tan cerrado y ubicuo el micromundo retratado en Blue Sun Palace que cuesta situarlo en el Nueva York de hoy, concretamente en el barrio de Queens. Tal es la sensación de gueto -apenas tolerado- en el que viven las protagonistas de esta casa de masajes unidas por el idioma, su condición de emigrantes y un inquebrantable sentimiento de fraternidad.

Los clientes van y vienen mientras conversaciones y esperanzas fluyen en la trastienda o en el descansillo de la escalera. Quizás alguien se interese por una. Quizás esta vez sea la buena. Quizás solo sea cuestión de esquivar la soledad, sin que importe con quién. Un disparo al atardecer pondrá a prueba las fidelidades y las afinidades electivas, enfrentando a los supervivientes con sus propias miserias.

Reconcentrada, emotiva y sutil: una de las óperas primas más prometedoras del curso.

19.- Una película inacabada, de Lou Ye

Los directores de la sexta generación están que se salen. Lou Ye siempre estuvo ahí y una rápida búsqueda te confirmará que ya has visto algo suyo. Sí, aquella película hiperestilizada y reconcentrada, por ejemplo.

Aquí se habla de algo que no pudo ser. Un proyecto fílmico que se remonta -en el plano de la ficción-a finales de la primera década del siglo XXI. Se adivina que la temática homosexual debió de resultar particularmente problemática en el marco de ese régimen chino poco amigo de diferencias, de versos libres, de tendencias no cuantificables.

Pero el golpe de gracia ocurre cerca de Wuhan en los albores del año nuevo chino de -para nosotros- 2020 (¿os suena?). El equipo se halla filmando una escena de celebración y termina confinado en su hotel, sin saber muy bien qué está pasando. Y Lou Ye se las ingenia para contagiarnos esa sensación -que todos experimentamos- de estar superados por las circunstancias, de no saber, de ser meros secundarios dentro de un plan mayor.

18.- Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa

¿Una peliculita para capillitas y progres despistados? ¿Un anillo para unirlos a todos en la fe inexplicable o en el agnosticismo recalcitrante? Los domingos es una cinta que ha permitido ejercer la crueldad entre la crítica más perversa y mal pensada. ¿Se queda a medio camino? ¿Toma un partido claro?

Ruiz de Azúa pretende que estos asuntos espirituales se queden en el ámbito de lo personal e intransferible. A los ateos nos hubiese gustado ver rescatada a esta criatura de las garras de la santa madre iglesia, pero por eso mismo nos parece la mejor película de terror del año. Disfrutadla como un ejercicio de libre albedrio -¿de verdad?, ¿antes siquiera de poder ir a votar?- o como una trama endemoniada que explica cómo captan adeptos la secta radicada en Roma.

Pero qué conflicto más terrible y doloroso el que plantea Alauda.

17.- La trama fenicia, de Wes Anderson

No me vengas con que Wes se repite, tú, que sigues viendo películas de superhéroes. Este hombre se ha construido su sitio seguro a base de retroproyecciones, tramoya, trucajes de cine de pioneros y personajes aparentemente alelados. Sus sospechosos habituales -actores y amigos- le siguen riendo las gracias y es difícil negarse al embrujo de un billete en primera a una confabulación internacional de insospechadas consecuencias.

Hay novicias sacadas de la portada del Lux de Rosalía, traficantes de armas, timos a escala planetaria. Es una montaña rusa de sinsentidos, quizás porque ya nadie se deja impresionar en este mundo de shocks semanales. Una pena, porque tras la flojita Asteroid City (2023) este vuelve a ser el Anderson de las grandes ocasiones… que coinciden con cada vez que nos regala otra película envuelta en papel maché, recortables y papel de pintar sesentero.

16.- Frankenstein, de Guillermo del Toro

Estamos ante la mejor película del cada vez más felliniano del Toro. Un proyecto que se nota ha barajado durante mucho tiempo y en el que propone variaciones polémicas, pero que respetan en todo momento ese original que está ahí para ser… pues sí, reinterpretado con clase, desparpajo y (en este caso) muchos, muchos medios.

Excesiva y tremendista, sí, pero con un inédito punto de vista (el del Monstruo) que romantiza todavía más el clásico de Mary Shelley. Cruel pero sobrada al mismo tiempo de piedad, de comprensión hacia cualquiera de los puntos de vista que nos acercan (¿o nos alejan?) de la inmortalidad.

Una delicia, de verdad, que te reconcilia con el cine comercial y esa voluntad (¿trasnochada?) de hacer disfrutar al espectador… mientras uno cuenta algo que le afecta personalmente.

15.- Bugonia, de Yorgos Lanthimos

Diez años lleva ya en Hollywood este griego merecedor de que su apellido acabe convertido en adjetivo calificativo (como felliniano, como buñueliano). Una década en la que -contra todo pronóstico- ha sido capaz de dirigir media docena de películas, las 4 últimas con la masoquista de Emma Stone, enfermizamente predispuesta a someterse a sus chaladuras. Y que dure.

 El montaje de Bugonia es posiblemente el más convencional de todas las películas que conforman su carrera, una carrera repleta de pausas incómodas, de personajes amantes del martirologio, de planos sostenidos hasta más allá de lo soportable. Bugonia es montaje norteamericano, es asimilación consciente… pero también es cualquier cosa menos rendición ante el mainstream.

Bugonia nos habla de un mundo grotesco del que hay que huir como alma que lleva el diablo. Un mundo gobernado por corporaciones, por matones que llegan a sheriff, por dinámicas laborales que rondan la esclavitud. Y por hombres blancos desencantados y peligrosos, capaces de cualquier cosa con tal de demostrar que tienen razón. Una sociedad, en suma, dispuesta a volver a creer -merced a la hecatombe neuronal de las últimas décadas- en la generación espontánea, la comunión de los santos, la curación por la mera imposición de manos o cualquier otro elemento mágico que sirva para parchear lo que la razón no entiende.

14.- Sueños de trenes, de Clint Bentley (Netflix)

La Pastoral Americana -así la llamo yo- es esa tendencia espiritual tan querida por el cine y la literatura estadounidenses. Y yo soy de los que cuando lee la palabra “espiritual” se pone en guardia, porque me suena a que alguien me pedirá dinero para la colecta después de hacerme creer que abrazar árboles es el camino.

Por supuesto que esta Sueños de trenes bebe de Whitman, del cine de Terrence Malick y de aquél Jeremiah Johnson empecinado y eremita. Y por supuesto que, si os ponéis cínicos, le encontrareis trampa a este viaje iniciático hacia la nada. Y sin embargo… joder, qué hermosa es esta historia mínima de un don Nadie.

Un leñador. Una casa junto al río. Un ver pasar la vida como si no fuese con uno. Algunos encuentros afortunados. Un par de traumas que no somos capaces de reconocer como tales. Más recuerdos y demasiada soledad. No hay mucho más, pero qué modo más calmado y terapéutico de contarlo al ritmo de los árboles cayendo, el agua pasando bajo el puente y las canas acumulándose en la barba.

13.- The Mastermind, de Kelly Reichardt

The Mastermind es el irónico título del compendio de tribulaciones inanes por las que atraviesa este niño bien de provincias (blanco, titulado, ocioso) mientras el país en el que vegeta se sume en la recta final de una guerra a la que ya solo van los desposeídos, los desinformados, los catalogados por el propio Estado como… sacrificables.

Un autista inteligente, un diletante a perpetuidad. ¿Su plan? Pues quizás vivir de los padres hasta que pueda vivir de su mujer. Un planteamiento que no tiene fisuras; lo único que exige es de un poquito de comprensión hasta que encuentre algo a la altura de su… ¿talento?

Kelly Reichardt parece haberse inspirado en los archiconocidos versos de Bertolt Brecht para alertar a todos aquellos incautos -ensimismados, pretendidamente autosuficientes, presumiblemente “apolíticos”- convencidos en el fondo de que no acabarán viniendo a por ellos. Espera y verás.

12.- Misericordia, de Alain Guiraudie

A Guiraudie lo conocimos con El desconocido del lago y más de uno se ha ventilado su última película rebautizándola como “el desconocido del bosque”. De acuerdo, vuelve a haber un escenario en abstracto, cambiando las riberas lacustres por el agro francés más reprimido y obtuso. Ah, y también un crimen…

Un crimen sin castigo. Más allá de la tortura moral, más allá de las consideraciones legales. Y en este pueblo finisecular -donde nadie se atreve a vivir abiertamente su homosexualidad- la llegada de un cierto halo de libertad las vísperas del entierro del antiguo panadero removerá conciencias y desinhibirá al personal de la misma manera que lo hacía la irrupción del efebo pluscuamperfecto en la Teorema de Passolini.

No perderse a ese cura que hace de Maquiavelo un diletante a tiempo parcial.

11.- The Human Hibernation, de Anna Cornudella Castro

Si el cine se midiese por la sensación de extrañeza que suscita… The Human Hibernation estaría la primera de mi top. ¡Qué película más hermosamente alegórica, triste y profética!

El agujero nos llama. Llegado el momento -el cuerpo sabe- volveremos a esos abismos, a esas oscuridades donde nos refugiamos del frío. A su debido tiempo retornaremos, nos buscaremos y ensayaremos una vida en común, tan breve como la temporada estival imponga. Y entre equinoccio y solsticio, el abandono de un mundo que ya no nos pertenece, que se multiplica a nuestras espaldas y nos acoge de mala gana.

La lírica, muy de vez en cuando, encuentra también su salida a la superficie en forma de fotogramas-misterio.

10.- Weapons, de Zach Cregger

Si el cine de terror (el mejor) vive de crear imágenes inquietantes sin importar cuán ridículo pueda parecer el punto de partida… Weapons es su quintaesencia.

Un arranque Shyamalan (cuando molaba), unos niños que quizás sean chungos, una profesora haciendo oposiciones a alcohólica, un poli descontrolado que parece tener un imán para las agujas hipodérmicas… ¡pero si hasta viene de visita una tía entrañable, con un outfit que funde a la perfección el vestuario de Isabel II con el de Agatha Ruiz de la Prada!

Una película-viaje contada de manera muy inteligente (con un solapamiento de puntos de vista que se las apaña para no caer en la repetición) y que no te la pueden destripar de ninguna manera: desde el minuto 5 sabemos del aparatoso mcguffin que va a desencadenar la de san Quintín.

Por favor, que no la conviertan en franquicia insulsa.

9.- Tardes de soledad, de Albert Serra

Arranca todo negro sobre negro con ellos, con los que indudablemente van a morir. Toros en la oscuridad de la dehesa. Algunos dormitando, otro mirando a cámara desafiantes. Ajenos a su destino, a ese sacrificio ritualizado que incomprensiblemente perdura hasta bien entrado el siglo XXI.

Nuestro matarife viste de luces, suda en el interín y lidia con el miedo como buenamente puede. Le acompaña un séquito variopinto: el apoderado (el de las frases grandilocuentes, el que presume de educación secundaria), el encargado de su conspicuo vestuario y la atribulada cuadrilla que se encarga de dorarle la píldora, de quitarle hierro a las malas tardes, de echarle la culpa a un público poco entendido, de los “¡ahí tus huevos, maestro!” y que lo suyo sí que es arte y lo de los demás son tonterías.

Albert Serra logra un milagro de objetividad que algunos confundirán con un calculado ejercicio de equidistancia. Los amantes de la lidia lo agasajarán con escaso sentido del decoro (“¡esto es la fiesta! ¡Ole tú!”), mientras que los animalistas pueden también recomendar su visionado a cualquier despistado que todavía se afane en sostener que “el toro no sufre, la lidia es justa y necesaria para la supervivencia de la especie”“qué pruebas tienes de que la tierra es redonda” y que si la abuela fuma.

8.- Memorias de un caracol, de Adam Elliot

Que sí, que la del gatito letón estaba muy bien. Pero la película de animación adulta del año ha sido esta Memorias de un caracol, pergeñada en rigurosa plastilina fotogramera.

Pero olvidaos de la técnica artesanal. A la protagonista de la película le da por los caracoles en lugar de por los gatos, abocada a lo que viene siendo… pues una vida de mierda. No por la compañía animal (se entiende) sino por las puñaladas traperas que le pega la propia existencia: huérfana desde bien joven, con un hermano exiliado en la Australia profunda, un marido perverso que se dedica a cebarla como a un pavo de Acción de Gracias… para qué seguir.

Y a pesar de todo, ¡qué película más luminosa! A través de la lectura, de su vocación (todavía no frustrada) como cineasta, de su coleccionismo nerd… Grace logra hacernos creer que de todo se sale, hasta de un tiempo y de un lugar nefandos.

7.- La luz que imaginamos, de Payal Kapadia

Megalópolis a la india. Rutina sin filiación ni nacionalidad: madrugar, autobús, trabajo y vuelta; entrada y salida con el sol en cuarentena, sólo luz artificial en las calles superpobladas. Mucho tiempo para elucubrar, hacer balance, decirse a una misma que de nada sirve darle vueltas. Travelling perpetuo a través de tu mirada desapasionada escurriéndose por la ventanilla.

Prabha, Anu y Parvaty son mujeres de la India de hoy. Durante media película las vemos haciendo frente a un día a día estrictamente dictado: su desempeño laboral está constreñido a lo que se espera exactamente de ellas, excluyendo cualquier posibilidad de promoción social o perspectiva de carrera profesional.

Kapadia deja que el espectador decida si lo que les ocurre a orillas del mar es real o purita ensoñación. Tanto da: les ocurre a ellas y al compartirlo (al ser testigo unas de los avances desprejuiciados de las otras) es cuando cobra ese significado transformador que les hará emerger de esa última noche de duermevela y guirnaldas… ¿liberadas? ¿Concienciadas?

Iluminadas. Siquiera por el empleo indiscriminado de esa última herramienta pendiente de censura masculina: la imaginación.

6.- Blue Moon, de Richard Linklater

Todos queremos algo (2016), ¿Dónde estás, Bernadette? (2019), Hit Man: asesino por casualidad (2023)… venga, reconozcámoslo: la última década nos hacía pensar que habíamos perdido para siempre a Linklater, totalmente desorientado en esa tierra de nadie entre la autoría responsable y las intentonas por hacer un cine más asequible, menos… menos, en todos los sentidos.

Pero luego van y se estrenan con un margen de dos meses Nouvelle Vage y sobre todo esta deslumbrante y arrolladora muestra de talento oral titulada Blue Moon. El guion del año, de eso no hay duda, con tantas réplicas (y contrarréplicas a uno mismo) brillantes que termina por aturdir.

Un letrista de musicales a punto de abandonarse al alcoholismo. Una noche de estreno en la que por una vez él no será el protagonista. Y el bar del hotel, un único espacio donde ejercer la esgrima verbal, la autoindulgencia, el tráfico de influencias y el recuerdo tambaleante (y adornado) de cualquier tiempo pasado.

Un recital alrededor de la decadencia, el éxito comercial y la fuerza redentora de un amor postrero (y platónico, of course).

5.- Black Dog, de Guan Hu

El westerazo del año nos ha llegado desde las estribaciones del desierto del Gobi. Mientras la capital se engalana para acoger la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, Lang vuelve a su pueblo. Cumplió condena, pagó por sus excesos juveniles. Ahora sólo le queda ser dueño de sus silencios.

Una jauría de canes parece haber tomado las calles de la localidad. Campan a sus anchas, restándole atractivos a una región que -como todo rincón de la China que se precie- se muere de ganas por atraer inversiones, por “modernizarse”, por dedicarse a otras industrias que no sean la extracción de veneno de las serpientes. El más temido de estos cánidos es un perro negro con muy mal carácter, quién sabe si capaz de contagiar la rabia…

No os cuento más. Black Dog es un monumento al perdón, a la supervivencia y al reconocimiento entre iguales, sean estos bípedos o no. Un zoológico abandonado, un asentamiento con los días contados y ciertos vestigios de Humanidad desperdigados donde menos se esperaría uno.

4.- Valor sentimental, de Joaquim Trier

Nora (sí, como la protagonista de Casa de muñecas) es una actriz en la cresta de la ola. Trata de lidiar con sus miedos (el pánico escénico, la incapacidad crónica para el compromiso) mientras es cada vez más consciente de que todos ellos tienen su origen, por supuesto, en los tiempos de una infancia determinante. No ayuda la reciente muerte de la madre -la casa paterna nos habla de una larga enfermedad, de gritos y susurros, de horas del lobo, de secretos de un matrimonio, de prisión, crisis, rostros, carcoma e infidelidades- ni la presunta felicidad en la que se haya instalada su hermana, alineada siempre con el dogma del patriarca, esa caricatura de padre que (re)aparece de tarde en tarde, entre proyecto y proyecto.

El padre, la casa. Un protagonista por sustracción, una construcción omnipresente. El escenario de nuestros melodramas y el actor que estuvo de paso, representó un par de funciones y decidió fundirse a negro cuando los problemas apenas empezaban a manifestarse. Quizás un cobarde, quizás un desalmado, quizás un descerebrado. Pero aun así… su puñetero padre.

Valor sentimental es una película brutalmente deshonesta, brillantemente montada, excepcionalmente interpretada. Un espectáculo de cine adulto en el que pesan -¡por fin!- las palabras, los gestos, la intención, los movimientos de cámara, el orden en el que desfilan los planos. Tiene todo lo que tenía un Bergman, todo lo que ha hecho inmortales a ciertos arquetipos escandinavos que empiezan en el individualismo y terminan en el nihilismo como grito sordo de afirmación.

3.- Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson

Los héroes del cine de Paul Thomas Anderson son tipos disfuncionales, nerds, gualtrapas, colgados en el sentido más amplio del término. Gente, a veces incluso gentecilla que quiere triunfar en el amor, en los negocios, en la alta costura, en la manufactura (contra reembolso) de necesidades espirituales, en un concurso de la televisión o en el competitivo mundillo del porno. A todos les dijeron que podían lograrlo, que todo era posible en esa tierra de promisión (los países anglosajones) donde el esfuerzo y una religión que lo sublima te convierte en… la mejor versión posible de ti mismo. Si triunfas, claro está, porque si no lo haces… ¿a quién carajo le importas, perdedor?

Si algo nos enseña Paul Thomas Anderson es que el Mal pocas veces improvisa. Frente a esta cohorte de guerrilleros esforzados hay… pues ejércitos perfectamente organizados que operan tanto en la sombra como a plena luz del día. En su película más política -y esto posiblemente desconectará de la historia a más de uno, alienado en su propia concepción del mundo- el director californiano se las apaña para dotar de una apariencia de comedia al argumento de lo que podría ser una sesuda novela de Phillip Roth. Pero no, esto es un Pynchon. Y para que no duela -o para que lo haga el doble- lo cotidiano es terrible, es risible, es impepinable.

Ni se os ocurra pensar en que tenemos la más mínima posibilidad.

2.- A la deriva, de Jia Zhang-ke

Esta canción triste por la China de hoy se completa con la última película de un habitual en cualquier top anual, de la década o del siglo. Si Una película inacabada nos sumergía en el caos de la creación y Black Dog en el derecho a seguir buscando tu lugar en el mundo, A la deriva nos invita a repasar este gran salto adelante de la mano de algunas de sus víctimas colaterales.

Una mujer que contempla los cambios sin intentar calificarlos, sin derecho a la palabra o simplemente conocedora de que nada de lo que diga tendrá valor alguno. Y un hombre con una capacidad infinita para el cambio, convencido de que lo mejor está por llegar… que a todo el mundo empezará a irle bien a partir de ahora.

No qué va. A la deriva es un brindis amargo a la salud de la China actual y de la venidera, la que destruye, cimenta y corre al unísono… ¿hacia dónde?

1.- Banda sonora para un golpe de Estado, de Johan Grimonprez (Filmin)

Un documental lo suficientemente potente como para hacerte cambiar la perspectiva de la historia. Y descubrir así no solo que el jazz puede llegar a ser un excelente embajador del Mal sin apenas subterfugios, sino que algunas de las imágenes más potentes del siglo pasado… eran mentira.

Dos horas y media de mercenarios nazis, presidentes de la Asamblea General de la ONU que se ponen de perfil, Eisenhower mintiendo mientras en paralelo (como si del clímax de El Padrino se tratase) son eliminadas las amenazas potenciales para los intereses económicos de los EEUU, Louis Armstrong y Nina Simone instrumentalizados, Malcolm X predicando en el desierto (moral) y… y las vergüenzas del Nuevo Orden (el único que hemos conocido) totalmente al descubierto.

Si queréis saber qué pasó realmente en aquél arranque de la década de los 60, preparaos para el enésimo coup al ritmo de John Coltrane, Dizzy Gillespie y Thelonious Munk. Una danza macabra al contradictorio ritmo de alguno de mis popes más absolutos.

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