‘Gossette’, de Germaine Dulac. El cazafortunas, el lanzador de cuchillos, la huérfana y el garçonnière.

Durante dos semanas he vivido en un sin vivir en mí (y eso sin esperar ninguna alta vida postmortem, palabra). Los seis episodios que conformaban el serial mudo Gossette (1923) -que aquí se apostilló justicieramente “la hija del arroyo”– se proyectaban en la Filmoteca de Catalunya en tandas de a dos por sesión y la verdad… no las tenía yo todas conmigo.

Mis vecinos de butaca se mostraban confiados, “que tu tranquilo que esto siempre acaba bien”, “que al final comerán perdices o algún queso apestoso de esos franceses”, “que esto es más simple que el mecanismo de un botijo”. Pero… ¿lograría la pobre Gossette salir airosa de las confabulaciones tan poco maquiavélicas de Robert -el sobrino manirroto de la familia- y de su chófer extorsionador? ¿Acabaría -¡como tenía que ser!- entre los brazos de Philippe, bastante pánfilo pero con más bienes inmuebles que Amancio Ortega? ¿Le echarían una mano sus amigos bohemios del circo? ¿Cuánto se tiene que padecer antes de que un folletín arribe a buen puerto?

No tengo ningún rubor en reconocer que mi acercamiento al cine de Germaine Dulac -autora cinco años después de la presente del considerado como primer mediometraje surrealista, La Coquille et le clergyman– arranca con algo tan poco sofisticado y comercial como un serial por entregas. Porque alguien tuvo la gloriosa idea de dejar al público sufriente en suspenso durante 7 días antes de… antes de volver a dejarlo en la estacada otra semana entera, por supuesto. En esta contemporaneidad en la que el consumo visual se halla precisamente monopolizado por las series y su acumular de temporadas, retruécanos, perversiones, confabulaciones globales y secundarios muertos que retornan de ultratumba, no creo que deba de explicarte cuales eran las bases del éxito de esta fórmula heredada de la literatura más mercenaria, aquella que pagaba a tanto por palabra (y alucinarías de saber la de obras maestras que se publicaron inicialmente con cuentagotas).

Es curioso porque no creo haber visto más de media docena de seriales mudos en toda mi vida, reservando mi mejor recuerdo para aquellos que llevan la firma de Louis Feuillade, protegido y promovido por otra mujer fundamental en la era de los pioneros: Alice Guy. Hablo por supuesto de Fantomas. A la sombra de la guillotina (1913) y Los vampiros (1915). Aunque el formato perviviría con relativa buena salud hasta la época dorada de Hollywood (estos ya sonoros, sí), la bibliografía asegura que el primero de todos lo filmaron a pachas entre Ashley Miller y Charles Brabin, contaba con 12 episodios de unos 15 minutos de duración (una bobina de por aquél entonces, proyectada al sosegado ritmo del silente) y se tituló What Happened to Mary.

Corría el verano de 1912 y si os preguntáis si hubo secuela la respuesta es… sí, por supuesto. Se tituló What Happened to Mary? (ahora con el símbolo de interrogación al final) y la verdad es que no puede haber mejor enunciación quintaesencial del serial (americano y europeo). ¿Qué demonios le pasó y le pasaría a Mary? Y ya tienes a toda la platea con la comezón, porque no lo dudéis: Mary debía de vivir su pequeño calvario urbanita, de pasarlas canutas ni más ni menos que en la gran manzana. Y para asegurar un seguimiento mediático a la altura de su odisea, hubo novelón (bueno, casi podríamos llamarlo pulp) previo y posterior, concursos con premio para quién adivinase qué pasaría en el siguiente episodio y… ¡hasta una adaptación teatral! Disfruta a tu manera y a tu ritmo de las vicisitudes de la susodicha, con entregas con títulos tan sugerentes como Alone in New York, A Will and a Way o A Way to the Underworld.

Como podéis imaginaros, 10 años después el formato ya estaba más que consolidado y como en toda producción que deviene industrial no tardarían en parirse genuinos exploitations filmados con el único objetivo de dejar a la heroína colgando de un hilo en un grand finale. La trama era ya lo de menos: aquí se viene a sufrir.

En Gossette nos encontramos un producto prototípico: seis capítulos con finales en todo lo alto que dejan al espectador cariacontecido y sin una triste resolución que llevarse al coleto. Un niño de papá se ve envuelto en una trama tan perversa como evidente: un familiar cercano (Robert de Tayrac, más malo que la quina, que los apellidos aristocráticos nunca engañan) quiere quedarse con su fortuna involucrándolo en un crimen que comete, por delegación, un chófer opositando a asesino en serie.

En su huida hacia ninguna parte, el susodicho (Philippe de Savières) traba conocimiento con Gossette (pobre de solemnidad, olvidaos de conocer los apellidos), esa flor entre cardos y alma cándida libre de toda mácula (¡qué aburrimiento!) que todo Quijote mojigato querría salvar, redimir y adorar. Pasa por casa, se la presenta a sus padres -que lo creen responsable del crimen que la policía le endilga- y decide lanzarse nuevamente a la carrera, saltando fatalmente al vacío desde un puente para… ¡¿fenecer?! (todos sabemos que no está muerto, pero los guionistas persisten en sus malas artes).

¿Qué sería de los seriales sin resurrecciones sorpresivas, sin giros perfectamente previsibles, sin alguna que otra persecución, sin malos de opereta cuya perversidad (todo incluido) es más básica que un Dacia de serie? Gossette tiene un trío de perversos absolutamente planos, sin posibilidad alguna de ambigüedad moral. Odian porque sí, a rabiar: está en su naturaleza. Además del tal Robert destacan sus dos esbirros de confianza: el chófer (que se viene arriba y también se cepilla a los padres de Philippe, que llegar a fin de mes en París cuesta lo suyo y hay que sacarse un sobresueldo como sicario) y un inquietante tipo de eterna sonrisa impostada que parece sacado de Carretera perdida (David Lynch, 1997).

El hombre que ríe, el cochero psico-killer y el endeudado con soluciones imaginativas están condenados al fracaso en esta empresa tan perversa. Y yo como espectador avezado, lo sé. Aunque los finales agridulces no son una invención de la modernidad: siempre cabe la posibilidad de que en un último revés del destino los amantes no terminen de consumar su romance en diferido, la fatalidad se imponga a la fortuna y el Mal venza o el triunfo del bien (siempre en minúsculas) resulte pírrico. En realidad, os diré una cosa: uno lee y ve folletines con la secreta intención de que eso ocurra, de que la Odisea termine a las mismísimas puertas de Ítaca, con Ulises compuesto y sin Penélope.

Gossette es fiel al espíritu de la mitología y de los libros de caballería, a ese férreo sucederse de aconteceres en los que el protagonista tendrá numerosos encuentros indeseados, saliendo victorioso de todos ellos… con amor cortés incluido. Cien años después, uno se descubre igual de poco sofisticado que los espectadores de aquél entonces: a la ficción televisiva (que sería la heredera de este concepto, adaptaciones interminables de universos superheroicos al margen) le sigo pidiendo misiones imposibles del todo factibles, giros inesperados, malos de relumbrón, y finales relativamente felices.

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