‘El sonido de la caída’, de Mascha Schilinski. Réquiem por las que han de vivir.
Que no se trata de un mero “sonido”. Que lo que es es ruido, impacto súbito, atronador sobresalto. El resultado de escuchar cómo un cuerpo humano rebota contra el suelo tras precipitarse desde una altura cualesquiera. Unas veces -las menos- podrá levantarse, otras tendrán que arrastrarlo en volandas. Esconderlo en un rincón tras la arcada de las caballerizas. Esperar la llegada de la autoridad competente. Adecentarlo, prepararlo para el ritual postrero. Y achacarlo todo a la inevitabilidad dictada por un Dios que en realidad es mortal, es falible, es hombre.

La muerte empoderada es la ama y señora de la segunda película de Marscha Shilisnki. Una danza macabra de dos horas y media que se extiende a lo largo de un tortuoso siglo y en la que las víctimas -mujeres, jóvenes, inocentes- ven repetida su condición por muchos avances que parezca haber experimentado la sociedad que las acoge y, aparentemente, tolera.
Una granja en algún lugar de Prusia, antes o inmediatamente después de arrancada la Primera Guerra Mundial. Y el primer sonido, el primer golpe. El de una de las sirvientas cayendo a plomo como consecuencia de una broma pesada de las señoritas de la casa -sus zuecos han sido claveteados al suelo-. El primer estallido, el primer atisbo de lo mórbido. ¿Está viva, está muerta? ¿A alguien le importa?
En realidad, no es la primera manifestación de la arbitrariedad del Mal. En la escena que sirve de prólogo -deudora del mejor Buñuel- vemos a Erika -por ese nombre la interpelan- hacerse pasar por tullida y avanzar con paso vacilante por el pasillo desierto, emulando la herida incapacitante infligida a un familiar cercano. La escuchamos ser reclamada para sus labores desde el patio, donde acabará acudiendo para recibir una bofetada que sella no solo su destino, sino que sirve para glosar -sin necesidad de palabras, tirando de cinematografía pura y dura- su presente. A merced de.
En esta casa de Bernarda Alba de acento teutón el negro lo abarca todo, el negro lo puede todo. Las estancias parecen cuadros de Hammershoi, con inquietantes instantáneas de hijas, sobrinos y hermanas muertas; dinastía fatalista acostumbrada a llorar, despedir y celebrar en el interín. La mirada es la de Alma, la más joven de la casa, testigo de la iniquidad de sus mayores, que disponen a voluntad de las vidas de aquellos que trajeron al mundo.
Por supuesto que esta pulsión de muerte que la rodea tendrá fatales consecuencias en su vida adulta. La suya y la de sus descendientes, que incorporarán en el ADN este pavor institucionalizado, este temor al castigo inopinado, al mandato incuestionable. 70 años después habitará esos mismos muros Irm, otra madre que tratará de sacar adelante a una adolescente convertida en blanco de la mirada -impúdica, lúbrica, sucia- de un tío dispuesto a aprovechar su preponderancia económica para disponer a voluntad del cuerpo de su sobrina. Un eterno retorno con roles que nunca resultan intercambiables.
Pero Angelika -así se llama- ya no es una testigo dócil de su desgracia, como antaño lo fuera su madre. Una madre con un rasgo que define prácticamente a toda una generación: la de reír a destiempo, la de ser incapaz de dilucidar dónde termina la humorada y dónde comienza la crueldad. La insegura Irm es una trasposición de aquella República Democrática Alemana que estaba obligada a ser país y símbolo, todo en uno. Con un muro recién estrenado y un temor inveterado a que él -porque puede, porque quiere- te lo acabe arrebatando todo.

Una tercera línea temporal, cercana al presente, surca este film-manifiesto de la intolerancia a través de los tiempos. Pero a diferencia del clásico de Griffith aquí el protagonista no es tanto el fanatismo como esa preeminencia del patriarcado, la preponderancia por decreto de un cierto genotipo humano. Y su fijación por las más débiles, las más desasistidas, la más fáciles de empujar y arrojar al suelo.
Dos hermanas nacidas y crecidas en la capital, un verano, un lago. Una desconocida que irrumpe en sus vidas -la hija, quizás, de aquella Angelika que tuvo que huir de lo que le vendían como inevitable-. Un ángel caído que arrastra a las profundidades, el desencanto femenino quintaesenciado.
Un joven en edad de ir al frente precipitándose desde lo alto del pajar. Otra dejándose caer entre las ruedas de un carro que parece sacado de un cuadro flamenco, evitando así ser malvendida a un granjero fiador. Las caídas se suceden, el carrusel de decesos -que en realidad son homicidios apenas encubiertos- dan cuenta del escaso valor de ciertas vidas, del papel como moneda de cambio de las que nunca tuvieron ni la oportunidad de salir corriendo.
La propiedad -dividida, heredada, mal vendida- sobrevive como espacio en el que perpetuar las desigualdades. Hay un arriba, hay un abajo. Hay habitaciones comunes, hay habitaciones propias. Hay estancias que siguen vetadas para la mujer, hay otras de las que se espera que nunca salga.
Alguien volverá a precipitarse al vacío. Alguien a quien nadie presta atención, prolongación de ese lamento finisecular que resuena por esta mansión de Alexanders sin Fannys. No, no es un simple epílogo nihilista: es otro grito de desespero ante lo impensable, ante lo que nadie quiere ver o poner nombre.
… y tras tanta atracción gravitacional, una elevación, una levitación tarkovskiana. Tiempo de siega, tiempo de vendavales. Porque si existe el cielo de los justos, este ya tardaba en reclamarlos.

El sonido de la caída no es una muestra más de ese “cine del sufrimiento” con el que algunos se empeñan en descalificar la plasmación en imágenes del dolor universal. Es un cine que llama al cine (además de las ya mencionadas, ecos de El árbol de los zuecos (Ermanno Olmi, 1978), de Tess (Roman Polanski, 1979), de Pelle, el conquistador (Bille August, 1987)) y que funciona como caja de resonancia donde reverbera la injusticia reiterada, la falta de empatía crónica, la desazón existencial de quien quiere hacer algo más que existir. Y la película no se traiciona a sí misma mostrándose ingenua en lo que a las posibilidades de ver revertida esta situación se refiere.
Un coro griego, un canto general que invoca a las parias de la tierra -sin falocracias marxistas- y nos recuerda al otro 50% que no habrá Humanidad sin paridad, sin libertad sexual, con más explicaciones rutinarias para tratar de justificar males endémicos.
