‘La era de los pioneros. 50 obras clave del cine mudo’, de Guillermo Triguero Moreno. Aquellos antiguos tan modernos
Permitidme empezar con una de esas notas autobiográficas que tanta rabia dan en los textos ajenos. Conozco al tal Guillermo Triguero -sí, el autor de este compendio tan arriesgado como original- desde hará cosa de tres o cuatro años. Nuestros caminos se cruzaron por primera vez yendo o viniendo de la sede barcelonesa de la Filmoteca y ya en la primera tertulia tras la proyección de marras pude comprender (vehementemente) hacia donde apuntaban sus legítimos entusiasmos.
Porque era mentar una película muda -una de esas mainstream que yo recordaba haber visto en un lejano pasado y él daba la sensación de haber visionado ayer mismo- y un súbito milagro se obraba en su porte de apóstol hippie sacado de Jesucristo Superstar; sus ojos se iluminaban cuál faros en noche de tormenta y su conversación -generalmente amable y pausada- se convertía en un atropellado despliegue de pasión, datos que desconocía y sabiduría crítica sin atisbo de pedantería. El tal Guillermo, os aclaro ya, es una de las personas que más sabe de la etapa silente del cine en este país, un apologeta dispuesto a defenderte que determinado trienio de los años 20 del siglo pasado se corresponde con la verdadera etapa dorada de este arte con 130 tacos a sus espaldas.

Así que era cuestión de tiempo que este héroe del silencio -que ya, que el cine mudo nunca careció de refuerzo auricular… lo sabemos, lo sabemos- acabase seleccionando para nosotros un top 50 sintético y luminoso sobre aquello que se filmó -y que conservamos- entre 1895 y 1932.
Ya que la cosa va de confesiones, os reconoceré que el 40% de lo elegido por este tipo… no lo había visto. Aún diría más: desconocía siquiera que existiese. Y eso no se debe ni mucho menos a una intención relamida y snob, tratando de añadir a su ranking lo más extraño entre lo menos visto. Qué va: detrás de ello hay un decidido espíritu pedagógico, la intención de enriquecer un panorama estrechado por demasiadas lecturas en diagonal. Guillermo no cuestiona el canon -por supuesto que están El gabinete del doctor Caligari (1920), Nosferatu (1922), Avaricia (1924), El acorazado Potemkin (1925) o La pasión de Juana de Arco (1928)- pero se permite algún sacrificio en aras de ese goce infinito que suscita… el compartir con los demás un descubrimiento.
Yo en su lugar hubiese metido media docena de Langs, Murnaus y Dreyers y me hubiese solucionado así más de un tercio del trabajo. En un ejercicio de contención absoluto, el autor deja espacio a tramas de espionaje primigenias del cine danés, a cintas rusas anteriores al auge de los soviets, a gemas escondidas de la extensa filmografía de Cecil B. DeMille, a películas de divas cuando Italia era sinónimo de “una de romanos”, al papá de Jacques Tourneur y su imperdible El pájaro azul (1918), a un folletín de Feuillade que no es ninguno de los que estás pensando, al cine experimental (¡de tres continentes!), a la odisea artesanal de Lotte Reiniger, a una de Gance que no es el Napoleón (1927), a ese Epstein siempre poeta y a veces antropólogo…
En sentido cronológico asistiremos al nacimiento del cine con aquella Salida de los obreros de la fábrica Lumière (1895) que no llegaba al minuto de duración, a la apología de la ficción de Guy y Méliès (¿aunque había algo menos real que aquellos planos y anécdotas hiperensayadísimas de los Lumière?), a los primeros excesos de trasposiciones literarias y cine de qualité, a la supremacía de las propuestas escandinavas, a los elaborados y prestigiados filmes alemanes, a los freelances que no se casaban con nadie (y que los hubieron en bastante más cantidad que en la actualidad), a los movimientos artísticos con vocación totalizadora, a los cómicos que cosechan carcajadas un siglo después de sus patinazos, al cine naturalista, al cine constructivista, al documental hermosamente amañado, a la ficción generosamente costumbrista, a lo poco que sobrevivió de la cinematografía japonesa anterior a la Segunda Guerra Mundial…

Sí: reconoceréis muchos nombres y muchos filmes, pero sed sinceros… ¿cuándo fue la última vez que los visteis? ¿En la adolescencia, como complemento obligado a vuestra formación cinéfila? ¿Sin genuino espíritu de goce, como quien llena vacíos antes de volver a la dichosa cartelera semanal? Aquí se os pide poner en valor esa era en la que todo comenzó y donde se pasó de un lenguaje balbuceante a un complicadísimo sistema codificado de sobre entendidos, encadenados tendenciosos, fundidos a negro, elipsis y trucos mecánicos… ¡que querían seguir siendo aptos para todos los espectadores!
El resultado fue el establecimiento de un standard cinematográfico mantenido hasta la actualidad y que a veces nos hace olvidar que el mismo espectador impresionable que pudo asistir en plano fijo a la irrupción de un tren en la sala, tres décadas después -si la esperanza de vida de la época se lo permitió- estaba asistiendo a los desvaríos maléficos del doctor Mabuse o al desértico y espeluznante desenlace de Avaricia. Que sería básicamente como pasar de la escritura cuneiforme al soneto gongorino entre tu infancia y tu entrada en la cuarentena.
Para Guillermo Triguero no se trata de reivindicar ninguna lengua muerta: el cine mudo fue el laboratorio de ensayo de un arte que apuntaba a desprejuiciado y multidisciplinar y que indudablemente degeneró en los primeros y aberrantes años de incorporación del sonoro. Un medio, tampoco lo olvidemos, en el que se forjaron los directores que más se recuerdan todavía de la historia del cine.
No hay excusa. Las películas están ahí fuera, disfrutables en mejores condiciones que nunca. Copias cuidadísimas de filmes en continuo estado de crecimiento (en función de los hallazgos que se vayan haciendo de bobinas perdidas), filmografías enriquecidas año tras año, puesta en valor de realizadoras ninguneadas… un escenario apasionante del que este libro deviene guía imprescindible.

Volvamos todos pues al lugar del crimen: satélites con artefactos alojados en el ojo, pistoleros disparando a cámara, grandilocuencia babilónica que hace de Nolan un aficionado, estepas rusas y nieve sueca, la construcción de arquetipos con o sin bastón, esa sombra que se desliza por la pared y que desde entonces te hace llamar expresionista hasta a la humedad del techo de la cocina, esquimales haciendo épica con lo cotidiano (para ellos), un tipo colgado de la manecilla del reloj (¿era la larga o era la corta?), una escalinata donde sufrir martirio cuál santa barroca, tipos caminando hacia el trabajo con la cabeza gacha (¿cuántas veces no has hecho la comparación saliendo del metro?), una ciudad convertida en carrusel post-moderno, la Falconetti marcando el tono y la forma de cincuenta años de anuncios de perfumes en primerísimo plano o un lago del que rescatar, contrito, a quién esta mañana querías asesinar.
Todo esto se filmó cuando hasta el último fotograma tenía la obligación (casi moral) de significar algo. ¡Y lo teníamos tan, tan olvidado!
